30 mil muertos

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La cifra es escalofriante. Y no se refiere al número de muertos por año en la guerra de Siria, o en el conflicto de Afganistán, o en la anarquía de Irak, o en los ataques del ISIS. No. Se refiere al número de homicidios que se estima se cometerán en Venezuela en este año de 2017. Estimación que se puede quedar corta, porque el Observatorio Venezolano de la Violencia, una ONG de reconocida solvencia internacional, dirigida por Roberto Briceño León, acaba de informar que el número de homicidios perpetrados en Venezuela en el 2016, fue de 28.479, y la tendencia va en aumento.

Para entender esta tragedia –que nos convierte en una de las naciones más violentas del mundo–, hay que poner las cosas en perspectiva histórica. A finales del siglo XX, el número de homicidios llegó a situarse en 4.500 por año. Una cifra elevada para la tradición venezolana en tiempos de paz, pero que se situaba muy por debajo de los más de 20 mil muertos de la violencia colombiana, o de otras regiones de América Latina. Empero, en el siglo XXI las estadísticas comenzaron a reflejar un aumento sostenido de las muertes violentas en Venezuela, muy pero muy por encima, por cierto, del natural aumento de la población.

En estos años de supuesta “revolución”, el número de homicidios alcanza la cifra de 283 mil, es decir 43 homicidios cada día. Informaciones validadas y documentadas por el Observatorio Venezolano de la Violencia, que algunas veces han suscitado carcajadas nerviosas en altos funcionarios, para añadir insulto a la herida de todas las familias venezolanas que han sido víctimas de la violencia criminal. Sólo en la Caracas del 2016, se cometieron más asesinatos que en toda la Venezuela de 1998.

En Nueva York, que es percibida como una ciudad violenta, se producen entre 400 y 500 homicidios por año; los que ocurren en Caracas en menos de un mes. A finales del siglo XX, la violencia colombiana cobraba más de 20 mil víctimas al año, y esa cifra la han logrado reducir a poco más de 10 mil. Nótese que Colombia tiene casi 20 millones de habitantes más que Venezuela. Y en nuestro país, en ese mismo período, el número de muertes violentas se disparó de 4.500 en 1998 a 28.479 en el 2016, y muy probablemente a 30 mil, o más, en el 2017.

Nada de esto es casualidad, o consecuencia de la mala suerte, o del influjo maléfico del Imperio. La hegemonía roja con su naturaleza violenta, ha transmutado la sociedad venezolana, otrora relativamente tranquila, en una explosión continuada de violencia criminal. Y mientras más “planes de seguridad” implementan al respecto, más se profundiza y expande la violencia en todo el país. Por eso uno se indigna cuando escucha, por ejemplo, al expresidente colombiano Ernesto Samper, en su condición de secretario general de Unasur y vocero no oficial de Maduro, que “el diálogo contuvo la violencia en Venezuela”. ¡Por favor!

Lo peor de la crisis humanitaria que azota al país –con el barril de petróleo en la vecindad de 50 dólares, que es un precio importante en términos históricos–, es la violencia criminal. Comer menos, pasar hambre, buscar la comida hurgando en la basura, son consecuencias terribles de la crisis humanitaria. No poder encontrar las medicinas indispensables también es un efecto terrible, y muchas veces fatal, de la crisis humanitaria. Pero un tiro en la nuca, así como si nada, para robar un celular, o una cadenita, o hasta por pura maldad, es algo que no tiene vuelta atrás. Destruye una vida, y con ella golpea duramente a una familia, va corroyendo a las comunidades, va asolando a una nación entera.

Venezuela está inmersa en esa realidad trágica, si las hay. Y lo está, principalmente, por la acción y omisión de una hegemonía despótica, depredadora y envilecida. Superarla es, entonces, cuestión de vida o muerte. Así, literalmente. (Fernando Luis Egaña) /

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