Constituyente universitaria

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Las universidades venezolanas y del continente han sido fuente de saber, asiento de generaciones de investigadores y académicos que constituyen orgullo nacional, reserva de dignidad, sustento de años luminosos para el conocimiento, la ciencia y la cultura. Sin embargo, aquellos tiempos de luz de la academia nacional, aunque cercanos, parecen alejarse. “Esta casa que vence la sombra”, parece extraviada en su propia oscurana al aliento de un sector político muy oscuro y retrogradante, en permanente agite desde que perdió el poder en los últimos años del siglo anterior. Desde entonces, todo  vale para intentar la restauración de los tiempos de su ambiciosa nostalgia, sin criterios ni postulados, sin razones ni argumentos, pero también –¡ay, dolor!- sin escrúpulos. Con excepción, por supuesto, de una buena porción de sus ilustres catedráticos, investigadores,  en quienes reposa un gran soporte de dignidad personal y académica,nuestras universidades, en manos de autoridades que en otros tiempos no llegarían a serlo, halan la institución de los pedestales del saber y el conocimiento, para aventurarse en el farragoso terreno de la cotidianidad política sin más, en la cortedad de su contingencia vulgar, para realizar  funciones  de tercera fila, después de haber conquistado la avanzada,  la vanguardia, el faro que alumbró mil veces los días aciagos de la patria.
Son los riesgos que corren las instituciones cuando se entrega su timón a operadores políticos sin destino preciso ni carta de navegación, más impulsados por el deseo de zarpar que de arribar a buen puerto. Por ello el clientelismo, la demagogia, el despilfarro complaciente, el pago de favores y la factura de los financistas, a expensas de lo realmente importante e institucional: la investigación, la docencia, la formación, las publicaciones y otros muchos etcéteras.
La universidad muestra hoy serias deficiencias en su presencia social y parece andar sin rumbo preciso en medio de la tormenta. Muchos de esos males son de reciente data, pero con certeza achacables a su condición de institución medieval negada a la actualización. Hace tiempo que nuestra alma mater clama por procesos serios de una necesariapuesta al día, de una revisión a fondo de su misión, su rígida estructura, su condición democrática, su lento andar, su inserción social y sobre todo, de la contextualización de su diario accionar. En el año que transcurre tenemos dos ocasiones propicias para iniciar esta perentoria transformación: la Asamblea Nacional Constituyente que se elegirá en los próximos días y el inicio del año centenario de la emblemática Reforma de Córdoba, iniciada en 1918 en la Universidad de esa ciudad argentina, la cual legó al continente, entre otras, la noción de autonomía que obviamente requiere redimensionarse ante las caprichosas interpretaciones presentes.
La universidad debe, en lo posible a partir de su propia iniciativa invocando sus reservas morales y científicas, reafirmar su razón de ser como fiel exponente de la universalidad de donde proviene su nombre, centro donde se venere el saber universal, la producción del conocimiento, su búsqueda y difusión, como sustento fundamental de la formación basada en el discernimiento, la razón, la ética inquebrantable y el servicio a la patria. Nuestra universidad debe ser luz tanto en el saber y la ciencia como en su actuar apegado a una amplia vida democrática interna, la convivencia en el cultivo de la pluralidad, el libre juego de ideas, el respeto a la disidencia, la estimulación del debate, la confrontación de saberes y verdades con la más absoluta consideración a la condición humana, a la par de una transparente y pulcra administración de sus recursos. (Gustavo Villamizar D.)