Dr. Fermín: médico y amigo

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Múltiples cualidades de la personalidad del Dr. Fermín Carrillo León fueron resaltadas, con admiración, durante sus exequias, tanto en la liturgia de la misa como en el camposanto. Hombre vinculado con una de las familias más honorables, de mayor emprendimiento social y económico, y de consubstanciación con las aspiraciones comunitarias más auténticas del municipio Córdoba, el Dr. Fermín se hizo acreedor de una estima general como pocas personas, en los últimos tiempos de la sociedad tachirense, pueden exhibir. De todas esas facetas, todas ejemplares, deseo destacar dos: La primera es su condición de médico, con una vibra de sensibilidad humana que es modelo para los galenos, especialmente para las recientes generaciones médicas. Con mucha frecuencia se escuchaba de sus pacientes cómo al ser examinados, ya fuera en el Hospital Central, o ya fuera  en su consulta privada, el Dr. Fermín se identificaba de lleno con las dolencias, con las afecciones, con el padecer de ellos. Para sus enfermos siempre había una palabra de estímulo, de alivio, de bálsamo, tan efectiva como el propio tratamiento indicado por su pericia y experiencia como cardiólogo y anestesiólogo. Testigo, de fuente directa, fui de ello. Y ello era así, porque, a tenor de ese juramento presentado por Hipócrates ante Apolo, Asclepio, Higía y Panacea,  en el régimen de la relación médico-paciente que establecía el Dr. Fermín Carrillo León, anteponía su percepción bienhechora, para hacer más provechosa la auscultación del convaleciente. Es que el Dr. Fermín, al entender perfectamente la simbiosis de cuerpo, mente y alma, fue un arquetipo de cómo antes de médico, quien evalúa clínicamente primero es persona, es gente, es un ser que vive de emociones, de razones y de ideas, tal como lo hacen sus propios pacientes. Y esta enseñanza fue transmitida a sus hijos, especialmente a nuestro cercano amigo y compañero de estudios secundarios, el Dr. Fermín Carrillo Chacón, quien ha sabido reflejar tan sabios aprendizajes. Soy testigo también de ello.
La segunda dimensión que quiero resaltar en esta semblanza del Dr. Fermín, es el concepto y ejercicio de una de las virtudes que más ennoblecen y perfeccionan al hombre. Me refiero al sentimiento de la amistad. Él siempre hizo gala de aquella observación que Séneca refirió sobre la fraternidad entre amigos: “Las palabras de un amigo aligeran tus preocupaciones, su consejo aclara tus dudas, su alegría disuelve tu tristeza, y su sola presencia te hace sentir feliz”. Así fue el Dr. Fermín con quienes consideraba sus auténticos pares en las relaciones humanas. Para él era un sumo placer contemplar a fondo a sus amigos muy cercanos, para apreciar sus alegrías y para acompañarles en los sinsabores. Esas eran relaciones entrañables, recíprocas, desinteresadas, sin reproche alguno, nacidas de construir y cultivar, a tiempo completo, esos vínculos de afecto. Para el Dr. Fermín la amistad entre los buenos estaba fuera del alcance de las calumnias, porque no es fácil hacerse partícipe de ofensas sobre un amigo, cuando uno mismo ha podido comprobar que ese aliado nos ha demostrado su confianza y adhesión inquebrantable.
El Dr. Fermín llegó a acompañar a sus amigos en la pobreza, en las desgracias, en los triunfos, en los éxitos, en los reconocimientos. Es decir, a él le resultaba grata la vida provechosa de sus amigos y tendía la mano solidaria al momento de las perturbaciones que el recorrido existencial coloca como pruebas. Yo diría que el Dr. Fermín consideraba a sus verdaderos amigos como aquellos por los cuales vale la vida custodiarlos hasta el destierro, hasta la culminación de las suertes, hasta el último suspiro y exhalación. También fui testigo, de fuente directa, de ello.
El Dr. Fermín Carrillo León nos hace tener presente ese sublime pasaje bíblico que ocurre en una de las relaciones más famosas de amistad, protagonizadas por Rut y Noemí, cuando aquélla le sentenciaba a ésta: “No insistas más en que te deje, alejándome de ti. Donde tú vayas iré yo. Donde tú habites, habitaré yo. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, moriré yo también, y allí seré enterrada”.
(Isaac Villamizar)
isaacvil@yahoo.com