El asalto a la Asamblea

77

Lo ocurrido el 5 de julio en el recinto de la Asamblea Nacional, o el asalto violento perpetrado por la hegemonía roja –vía sus colectivos armados y custodiados por “efectivos militares–, es algo barbárico y brutal, pero no es algo nuevo. Variaciones de lo mismo, con más o menos violencia física e institucional, vienen aconteciendo desde principios del siglo XXI. Espero que la razón ya no sea difícil de entender: la hegemonía roja es radicalmente incompatible con la democracia, y lo ha sido así desde el principio, por lo que todo aquello que represente una oposición democrática es considerado como un enemigo que tiene que ser destruido. Y no sólo en su acepción más usual, sino también en el sentido de anular, inhabilitar, impedir que el contrario pueda surgir como un contrapeso efectivo al ejercicio del poder despótico y depredador.
¿Cuántas veces el predecesor amenazó al Congreso inicial y luego a la Asamblea subsiguiente, de mandarlos a cerrar si no se doblegaban a su voluntad? Y de hecho el Congreso de la República elegido en votaciones democráticas, fue cerrado sin aviso y con protesto de senadores y diputados, que tuvieron que saltar las rejas del Capitolio para poder entrar en su lugar de trabajo. ¿Cuántas veces el predecesor amenazó con asaltar el máximo tribunal si este decidía en contra de su parecer? Y cumplió la amenaza, porque la ley que se hizo aprobar para ponerle la mano al TSJ y garantizar su sumisión, fue eso, un asalto.
¿Cuántas veces los colectivos armados –y armados por la hegemonía—no se han atrincherado en las aceras del Palacio Legislativo, manteniendo secuestrados a los diputados de oposición, insultándolos, agrediéndolos físicamente si intentaban salir, y todo ello bajo la mirada complaciente de los funcionarios militares que tienen el encargo de la seguridad parlamentaria? ¿Cuántas veces? Innumerables veces. Y no de ahora, desde que existe la Asamblea Nacional prevista en la Constitución de 1999.
¿Cuántas veces numerosos miembros de esos colectivos y otros grupos de choque del oficialismo, se han aposentado en las barras del hemiciclo, profiriendo todo tipo de vituperios y, con no poca frecuencia, agrediendo directamente a sus diputados menos preferidos? O es que acaso un diputado herido es un hecho insólito de estos años de mengua. Por supuesto que no. Pero repito, no sólo se trata de violencia física, sino de violencia política de naturaleza totalitaria, aunque se la pretenda disfrazar de leguyería “emergente”. ¿A cuántos diputados y diputadas de oposición se les ha despojado de su investidura parlamentaria, con la excusa de un “allanamiento” antilegal? ¿En cuántas ocasiones la hegemonía “reformó” el reglamento interno de la Asamblea para preservar su dominio? En fin, con las Asambleas la hegemonía ha hecho lo que le ha dado la gana. Con mayoría, con paridad, con minoría. No importa. Hacen y deshacen a su antojo.
Sin ir muy lejos, el asalto a esta Asamblea Nacional empezó al día siguiente de ser elegida, el lunes 16 de diciembre de 2015, y probablemente el mismo día, el domingo 15, cuando el transparente CNE contaba y recontaba los votos. A ver, ¿qué no ha hecho la hegemonía con esta Asamblea? ¿Qué? Faltaba, en cierta medida, el asalto sangriento del 5 de julio, amparado por las figuras más notorias del poder hegemónico, aunque después algunos de ellos se dieran unos golpecitos de pecho, pensando en las noticias del exterior.
Y la llamada “constituyente de Maduro” es para terminar de ponerle el candado a la Asamblea Nacional. Y literalmente hablando. El asalto a la Asamblea el 5 de julio es una expresión notoria de matonería. Pero no es un hecho novedoso. Por el contario, es un hecho connatural al régimen que sojuzga a Venezuela. Un régimen de asalto a la república, a la democracia, al Estado, a la nación plural.
(Fernando Luis Egaña)
flegana@gmail.com