Han dado rienda suelta a sus ocultos demonios para aferrarse al poder y en este propósito cuentan con la parcializada e ilegal institucionalidad que justifica sus desmanes y legaliza su violencia, de igual manera se apoyan en grupos parapoliciales dispuestos a todo y constantemente amenazan con las tropas milicianas que, por cierto, fueron rechazadas en el referéndum del año de 2007 por la mayoría de venezolanos; para complementar la intimidación, el presidente se rodea de un grupo de militares que le declaran fidelidad personal, se autoproclaman revolucionarios, socialistas y chavistas. En ese panorama no hay duda al señalar que abandonaron la Constitución para buscar otros atajos que les faciliten perpetuarse y ejercer una blindada supremacía carente de apoyo popular; por eso, ahora no les interesan los procesos electorales ni hacen alarde de los triunfos obtenidos en el pasado.

En ese desesperado trajín relegaron la gobernanza al sótano del olvido y se han dedicado a privilegiar el ultraje y la represión en todas sus modalidades. Son muchas y terribles las evidencias que se han visto en estos días de abril; aún retumban las imágenes del helicóptero lanzando bombas lacrimógenas en Caracas y para colmo, cerca de un centro de salud; duelen los seis asesinatos de jóvenes venezolanos en las protestas que se suman a la lista de otros que han perdido la vida por reclamar sus derechos; golpea los cientos de detenidos acusados de terroristas y las torturas aplicadas a los hermanos Sánchez Ramírez, estudiantes y dirigentes del partido Primero Justicia, para obligarlos a firmar falsas acusaciones contra algunos diputados de su partido. En todos estos pavorosos actos también se describe la esencia del modelo cívico-militar bolivariano, sintetizada en esa tenebrosa consigna vocalizada con tanta vehemencia, patria o muerte. La patria es la minoría privilegiada que pretende aferrarse a un poder que se les desmorona, la muerte todos los demás.

No es exageración, es lo que aflora en tiempos de pérdida de las mayorías electorales y hasta de las ausencias de otrora fieles en el fatídico puente Llaguno para celebrar en necrófila bailanta muertos y balaceras; es también la manera de maquillar el estallido de los huevos y tomates podridos en los rostros revolucionarios. Y por supuesto, es la forma brutal de reprimir a la mayoría de ciudadanos que en las calles reclaman el respeto a sus derechos constitucionales, una vida digna, mejor calidad de vida y un gobierno democrático, eficaz y decente.

Ante todo ese paisaje gris, se anteponen la esperanza, la persistencia y la mesura; pero sobre todo la sensatez para reconquistar los procesos electorales que pondrá fin a esta salvajada revolucionaria e iniciar la difícil y dura tarea de reconstruir a Venezuela en todas sus dimensiones. En ese rehacer del venezolano, salvo las cúpulas que nos arruinaron, todos somos necesarios con nuestras diferencias, virtudes, defectos y desavenencias. (Mario Valero Martínez) / @mariovalerom