El inquietante libro de Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano ya fallecido, una de sus obras más importantes, La Silla del Águila, es una novela de reflexión política de lacerante actualidad en nuestro espacio geopolítico. Sus casi 400 páginas leídas con renovado interés, constituyen una crítica mordaz al poder, a los políticos y los gobiernos falsamente democráticos de México y por extensión legítima de América latina, empeñados en repetir los mismos errores que han conducido a la miseria y al deterioro creciente de sus pueblos.
Escrito utilizando el género epistolar y ambientado en el México del año 2020, ilustra con la maestría propia del insigne novelista las miserias y tentaciones del poder, degradado en las mayores bajezas del alma humana. Crímenes, corrupción, traiciones, ineptitudes, crueldades, celadas, servilismo y perversiones de todo género desfilan en el conjunto de acciones de numerosos personajes –hombres y mujeres- que han hecho de la política una manera de vivir.
El libro se sitúa en un momento crucial para el conjunto de los pueblos latinoamericanos y comparte una interesante meditación sobre la necesidad de darle a la política un nuevo sentido y contenido que la haga útil para el progreso de los pueblos. ¿Será la política la actuación pública de pasiones privadas, como apunta en la larga carta, uno de los personajes de la novela? Y sobre las debilidades de América Latina en la misma misiva, asienta: “Es difícil llegar al poder sabiendo que el ejercicio sereno y objetivo del mismo es imposible. Lo avasalla la pasión, el placer, el dolor, el amor y el miedo, y como trasfondo real, la corrupción gigantesca, los préstamos internacionales que acaban en cuentas suizas, las campañas de intimidación, las torturas. ¿Cómo va a ser respetable la América Latina? ¿Cómo evitar el escarnio, el escándalo, el repudio, el ridículo?
Esta nueva aproximación a La Silla del Águila nos sirve para poner sobre el tapete la dolorosa tragedia de Venezuela, que ha juntado, gracias a las miserias y torpezas de un gobierno autoritario, militarista, populista, comunista y corrupto, todos los vicios del pasado, con las novedades y excrecencia de su propia actuación. En consecuencia debemos ir a una renovación de la política –que no siga haciendo una “cena de bárbaros”- donde la moral y los principios recuperen dignamente el sitial que les corresponde.
Los hombres de pensamiento, de la cultura, los universitarios, no podemos perder la perspectiva en una lucha menuda, banalizada, sin grandeza, destinada a defender nuestros exclusivos intereses políticos o personales. Debemos mirar el horizonte bajo el impulso de nuestra fe y la entrega de nuestras obras. Cuando presenciamos una quiebra de valores nunca vista en la más reciente historia venezolana nuestra palabra debe ser firme e inconfundible. Al pueblo hay que alertarlo sobre la gravedad del presente y del futuro que nos amenaza. En esto debemos ser claros y contundentes.
A los intelectuales se les respeta, pero no se les sigue, ha sido arenga constante e interesada, para desprestigiar y dañar a quienes pueden señalar caminos, frente a los demagogos y politiqueros. En la vertebración de un genuino perfil nacional, la inteligencia tiene una misión insustituible. Callar, o ceder en la predicación de los ideales, porque hemos sido envueltos en un ambiente de ambición y mediocridad, es faltar a deberes elementales. Inmersos como estamos en la degradación de los valores y desfallecimiento del sentido moral, debemos elevar el timbre de la voz para la denuncia y el alerta.  (Julián Castro Contreras)