Después de la Segunda Guerra Mundial, el comunismo pasó a ser una ideología decadente y ahora, con el resurgimiento del populismo extremista, proteccionista y demagogo, se constituye una nueva amenaza para la democracia liberal de países desarrollados y subdesarrollados. El comunismo perdió vigencia cuando desapareció la Unión Soviética, por el fracaso en la solución de los problemas económicos y sociales de la sociedad rusa y herencia de la apertura y la interdependencia entre naciones nacidas con el derrumbe del Muro de Berlín en 1989.  El mejor ejemplo lo representa el viraje de la China Popular, un comunismo radical centralista pasa a una economía abierta propia del liberalismo y se transforma en una superpotencia económica con régimen político autoritario. Los regímenes comunistas que sobreviven, como Corea del Norte, con un sistema cerrado centralista, están viviendo graves problemas socioeconómicos y de  aislamiento  de la dinámica del modernismo o sociedad del conocimiento global.

El comunismo, como enemigo de la democracia, experimentó una degradación histórica desde la oprobiosa de la era de los regímenes totalitarios del estalinismo y el nacismo, teniendo como epílogo en las dos grandes guerras mundiales. Este hecho fue la génesis de la democracia como sistema político de libertades y de igualdad de oportunidades. El surgimiento del eurocomunismo en 1970 en la Europa Occidental, contra la ideología de la Unión Soviética, especialmente en Italia, Francia y España, significó el inicio del fin del comunismo. El eurocomunismo y el eurosocialismo se basaron  en la reformulación  de las ideologías comunistas soviéticas, pero orientadas en las características específicas de las sociedades europeas. Surgieron  nuevos grupos políticos socialistas en varios países en el mundo,  al margen de la política tradicional. Se esperaba que, al desaparecer la amenaza comunista, se afianzara la democracia liberal, pero surge el populismo demagogo que se está extendiendo por el efecto dominó.

El populismo de Donald Trump se propaga como una epidemia y los países de raigambre democrática, como Inglaterra y Francia, no están vacunados contra esta enfermedad. El ejemplo más reciente lo encontramos en el triunfo del Brexit en Inglaterra, una corriente populista extremista logra ganar el plebiscito para salirse de la Comunidad Europea. Las consecuencias no se dejaron esperar, en detrimento de la economía  y la calidad de vida del pueblo inglés. Los sondeos de opinión en la sociedad holandesa y francesa revelan que la mayoría de los votantes está orientada a los candidatos de los movimientos de extrema derecha, populistas, ultraconservadores. El populismo es una política irresponsable y  demagógica de gobernantes que no dudan de sacrificar el futuro de una sociedad por un presente transitorio. En Perú, el presidente Alan García, durante su primer gobierno, produjo una bonanza temporal que disparó su popularidad, surgiendo una grave hiperinflación y una elevada desigualdad social.

El populismo fanático del inquilino de la Casa Blanca es inseparable del nacionalismo, el falso proteccionismo, el racismo y xenofobia, creando una absurda división de la sociedad en un mundo cada día más global. Este movimiento político está teniendo trascendencia en varios países, especialmente en aquellos que están inmersos en crisis sociopolíticas, y es provechado por los oportunistas que venden la idea de mejores tiempos. El populismo mediático tendrá su fin, como todas las utopías ideológicas, con el fracaso traumático de unas políticas insensatas que agravarán todos los problemas sociales y económicos de los países. Nuestros  pueblos, rezagados en  vías de una subcultura, nos enfrentamos a un peligro, no contra el fascismo o el liberalismo, sino entre la verdad y la mentira de populistas demagogos  de los gobiernos de turno.

(Oscar Roviro Villamizar) /

 

Gral. de Brig.

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