Obama antes que asuma Trump

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La correcta contextualización del temerario azote que Barack Obama le asestó a Israel en el marco de la O.N.U. (Organización de Naciones Unidas) faltando al veto y confiriendo al Estado de Israel a merced del antiisraelismo disciplinado, dejó boquiabiertos a propios y extraños. Aunque algo intrincada, hoy aflora la impresión de que el estado israelí resultó muy agraciado con la reciente carambola que le regalaran las elecciones en Estados Unidos, sorteando puniciones venideras. Resulta harto factible suponer que al igual que el acuerdo nuclear con Irán, el partido demócrata bajo la batuta de Obama, dispusiera de un aventurado proyecto anti israelí que, la imprevista consagración de Donald Trump proscribió y encajonó, avivando manotazos anti israelíes practicables hasta el 20 de enero del 2017 solamente. Debemos tener presente que todas las interpretaciones que pudiéramos endilgarle a las resoluciones de los foros internacionales contra Israel y especialmente de la O.N.U., se hayan  invariablemente atravesadas por el antisemitismo. – ¡Si no los apoyas eres antisemita! – afirman los enemigos occidentales de Israel. – ¡Pues sí!, casi siempre lo son. De ahí que a Israel le resulte tan frustrante exponer sus penurias y reclamos en materia de Seguridad Nacional, a pesar de que éstas asoman tan nítidas e irrefutables a la vista de todos los ojos tapados. Con especial énfasis en aquellos que sin ser enemigos de Israel, votan en su perjuicio con el mayor rigor, revelando su más censurable cobardía y montándose sobre lo que la sociedad internacional asume como políticamente correcto; arremeter contra Israel que no toma represalias. Pero si caricaturizáramos la imagen de una personalidad musulmana cardinal, podríamos perder la vida. Por demás la O.N.U. resulta un ámbito de cuidado por su indeleble compromiso con los palestinos de manera indistinta. De ahí que el premier israelí le reprochó al presidente norteamericano haber acompañado la votación en ese foro, opositor a Israel por excelencia. Por último debemos añadir la pavura que tanto estigmatiza a Europa, hundida en atentados, y que aún cree que congraciándose con la causa palestina quedará exenta de ser el blanco terrorista que padece cada vez con mayor asiduidad. Esta condición patológica, anexada al pro palestinismo y al antisemitismo, impele esa ferocidad anti israelí a la que Estados Unidos le ponía límites de veto. De la expansión de habitantes israelíes en Cisjordania  se desprende un implícito religioso que no facilita el análisis, aunque muchos son los israelíes que se oponen a esa dispersión territorial. No obstante y “si de convivencia se trata”, porqué no podrían  300 mil judíos vivir en Cisjordania, si más de un millón y medio de árabes habitan en Israel con plenos derechos ciudadanos. Lo cierto es que los israelíes habitantes de Cisjordania, esperaron varias décadas para materializar su voluntad, ya que la mayoría de los palestinos, lejos de negociar, sólo abogaron por todo el territorio del estado de Israel, que demandaban y atacaban antes de la Guerra de los 6 Días, no después. La vuelta a las fronteras del 67 no es más que un eufemismo cínico, que sólo Naciones Unidas abraza. Estimados lectores, les presento un conflicto irresoluble. Que tantas célebres y calificadas personalidades no lo hayan desentrañado en casi 7 décadas, no es un dato menor.  Para ambos pueblos Jerusalén es inconciliable, indivisible e incompatible a una negociación.  El imperativo que demanda  el retorno de 5 millones de refugiados palestinos que harían añicos a la democracia israelí convirtiéndola en otro país árabe, resulta inabordable por inercia. Pero en rigor estas no son las más substanciales razones del conflicto. Vale recordar que la trama se subscribe al análisis bajo un clima de hostilidad mayúscula. Hoy el conflicto palestino israelí se ha disuelto, dándole lugar a una paradójica anomalía de vaciamiento analítico que le cede el espacio al odio. El único contenido que hoy se cierne en torno a esta disyuntiva es quién evita que el enemigo lo mate, matando a éste primero. Es el único desenlace que habita  en el raciocinio de ambas partes, y guarda coherencia porque va de la mano con la milenaria sangre ya vertida. Vale detenerse en este punto y  revisar la reacción israelí que,  desde un gobierno de derecha conservadora cedió territorio cuando el difunto presidente de Egipto, Anwar Sadat, viajó a Israel en noviembre 1977 para proponer el  fin de la rivalidad entre Egipto e Israel y se llevó consigo la Península del Sinaí, que Israel conquistara en la Guerra de los 6 Días. Pero ni los palestinos, ni Siria, ni Irán, conjuntamente con los grupos terroristas Hamas, Hizballah y Jihad Islámica, imitaron la iniciativa de Anwar Sadat, sino que se situaron siempre en las antípodas, en aras de abordar el designio de exterminar a Israel, como declaró tantas veces Irán mientras las Naciones Unidas no ve, no lee, no escucha. ¿Debemos entonces considerar sus resoluciones?, por supuesto que no.  En cuanto a la pasmosa animosidad que el saliente presidente norteamericano revelara hacia Israel, podríamos cotejar la siguiente analogía;  los europeos aún no logran descifrar el genoma islámico, y se preguntan estupefactos, patidifusos y atónitos, cómo es posible que hijos y nietos de musulmanes nacidos en tierras europeas, se presten para perpetrar atentados terroristas contra sus propios compatriotas… Pues he aquí otra de esas incredulidades clásicas e incomprensibles que el sentido común occidental rechaza: Hussein Onyango Obama, el abuelo del expresidente Barak Obama, nació en Kendu Bay, en el oeste de Kenya, en 1895, y en 1916 se convirtió al Islam. No sabemos a ciencia cierta, si las brujas existen… pero que vuelan, vuelan… (Daniel Teleson)