Día de la Madre es hoy y cualquier día, porque ella cumplió su misión todos los días de su vida, pues no existe cuerno de la abundancia más pródigo, ni ancla que nos ate más a su amor y a su eterna protección, que la de ella. Y desde el lugar donde esté, mis hermanos y yo, recibimos su bendición con la seguridad de su intermediación ante Dios, para que su efecto sea patente.  Al recordarle, como en todos los momentos relevantes de mi vida, le doy las más sentidas gracias porque ella supo de mi vida desde que fui parte de sus entrañas; me sintió en sus intimidad y en mis primeras manifestaciones, cuando di mis primeras paradas y me acomodé dentro de su vientre y me dispensó el calor y las caricias que mis sentidos naciente y mi piel,  aún inmadura, aprendió a conocer como señal primaria de su querer. Ella fue, también, origen de las primeras notas melódicas que percibí a  través de inadaptado oído, pero que deben haber  sido  parte de mi tranquilidad prenatal. Entregado al sendero múltiple de la vida, de ella conocí sus destrezas y especializaciones natas, extraordinarias y múltiples, de las que no tuvo título pero sí inigualable desempeño; ella fue para mí y mis hermanos, que pudieron percibir sus dotes, el ser más multicapacitado para nuestros excelentes cuidados diarios y continuos, sin descuidar ningún detalle: con ella, y prendidos de sus manos, dimos los primeros pininos y luego caminamos con firmeza por la vida (fue nuestra entrenadora insigne, nuestra fisiatra,  en los primeros trechos o “raunes” que proveen los caminos del vivir;  fue médico muy eficiente, aunque empírica, para detectar nuestros males o dolencias (recuerdo sus acertados cuidos durante una severa otitis que tuvo mi hermana Olga, y la entrega, sin horario ni descanso, durante mis repetidos episodios de insuficiencia respiratoria por asma; cómo podemos olvidar los deliciosos y exquisitos cuidados y alimentos cuando a todos (menos a  Luis Alfredo) nos dio sarampión y, a manera de pequeño hospital de guerra, hizo una sala de atención, con todos, y salimos bien recuperados. Cómo no recordar su extrema angustia cuando, por no atender sus llamados y una advertencia de lluvia inminente, me lanzó una piedra que fue a parar en mi frente y entonces, con sangre en la cara, sí corrí velozmente y mi madre daba gritos para que me detuviera y averiguar qué me había  pasado, era evidente su angustia de aquel inolvidable día. Parte del método de aprendizaje de entonces. Nuestra madre fue, además, una guía excepcional del saber para la vida y para el crecimiento interno, en lo espiritual y lo moral, para entender la necesidad del respeto mutuo para mejor llevarse por el sendero que, también ella, iluminó. Nos enseñó de las leyes de Dios y de las normas humanas, antes que lo  hiciera mi libro de “Moral y Cívica”, y a pesar de los conflictos entre hermanos, que siempre hay, aprender a querernos y respetarnos y a ser solidarios. Nos educó, junto a nuestro padre, a su manera y nivel, con buenos resultados, hoy todos mis hermanos son personas de bien, responsables, profesionales (los que lo lograron), pero en buena lid con la vida. Al celebrar el Día de las Madres, nos sobran las razones para el orgullo bien obtenido, para el recuerdo con amor eterno. Con respeto y agradecimiento. Para el agradecimiento perpetuo. Para el deseo de que la Paz Celestial y el Creador le hayan recompensado lo mucho que hizo por mí y por todos mis queridos hermanos. (José Ramón Castillo)

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