Hace ya casi dos meses Venezuela es un hervidero de marchas, manifestaciones, “plantones” y las más variadas demostraciones de protesta y rechazo a las políticas oficiales, acciones replicadas también en cualquier ciudad del mundo donde viva un grupo de venezolanos. Hasta hace poco, el Gobierno y sus partidarios, señalaban con satisfacción que estos hechos se circunscribían a  algunos sectores del este de Caracas y a nuestro estado Táchira. Hoy, el descontento con el régimen y la decisión de tomar las calles y hacerse sentir en paz pero con firmeza y determinación, es común en todo el país. En Caracas, el Gobierno ha perdido el control de las zonas más populares. En escala nacional, sobran dedos de una mano para contar los estados en los que no se han producido demostraciones callejeras. Ni la propuesta engañosa de “constituyente”, hecha para distraer y desviar la atención de la gente, ni el marcado incremento de la represión dura, constante e implacable – como pocas veces se ha visto entre nosotros -, y que ya ha cobrado un buen número de víctimas, ha logrado su objetivo de vencer el ánimo y la conciencia popular. No nos alegra, en lo absoluto, pero el país está gravemente convulsionado y paralizado, y el Gobierno es el principal responsable de lo que ocurre y pueda ocurrir.
La afirmación anterior no es un capricho sino la pura verdad. De haber tomado el Ejecutivo las medidas adecuadas, no viviéramos la espantosa crisis económica que nos azota sin piedad. Si se hubiera aceptado la ayuda humanitaria internacional, en mucho o algo se hubiera resuelto la escasez de alimentos, medicinas y otros insumos básicos. Si el gobierno no hubiese bloqueado con maniobras tribunalicias la justa solicitud del Revocatorio, hubiera cumplido con las elecciones de gobernadores  y asistido al diálogo  con franqueza y buena fe,   otro gallo cantaría, no habría razones para la protesta y el descontento masivo. Pero, temerosos de una abrumadora derrota en las urnas y su consecuente salida del poder, escogieron el peor camino, tratar de ganar tiempo, confundir y burlar la voluntad popular, por medio de una supuesta constituyente que no representa solución alguna sino otra demostración de viveza y espíritu antidemocrático.
Toda Venezuela ansía regresar a la normalidad y poder trabajar y desarrollar sus actividades en paz, y que la vida política se desenvuelva por los cauces más adecuados, con las garantías debidas y el respeto entre las partes. El logro de ese objetivo, que todos debemos compartir, es la tarea más urgente de ambas partes, pero el gobierno por su propia condición y el poder que ostenta, tiene el margen más amplio de decisión y acción. Por el bien del país, así debe ser.
(Tomas Contreras V.)