Realismo Mágico

89

En nuestro último artículo, titulado “Con el agua al cuello” y publicado en este diario el pasado viernes 7 de abril, hicimos énfasis en el desmedido incremento de la persecución y represión a los opositores por parte del gobierno de Nicolás Maduro, situación lamentable y peligrosa que ha continuado subiendo de tono con su inevitable saldo de muertos, heridos, lesionados, y detenidos cuyos familiares y allegados han denunciado variados atropellos, desconocimiento de sus derechos como ciudadanos, e incluso hasta maltratos y torturas. A esta nueva escalada de la violencia oficial, hay que sumar la medida de inhabilitación contra el gobernador de Miranda y excandidato presidencial en dos ocasiones, Enrique Capriles Radonski.

Estos hechos, como era de esperarse, han producido un categórico y profundo rechazo en escala nacional e internacional, pues constituyen, con máxima claridad, pruebas muy concretas y fehacientes del talante anti-democrático que anima y orienta al régimen, y de su decisión de emplear el enorme poder institucional que posee y todo el peso de las armas para tratar de acallar la creciente protesta popular, sembrar el terror, interpretar las leyes y la Constitución a su conveniencia y así mantener el poder a costa de lo que sea, y esto último no es un simple decir, pues varias declaraciones públicas de altos dirigentes del partido oficial así lo han afirmado.

Como venezolano, libre de cualquier aspiración política pero sí legítimamente preocupado por el presente y futuro del país, no puede uno menos que sentirse conmocionado y preocupado por los hechos que hemos presenciado y que seguramente seguirán ocurriendo, así como por la ausencia de toda señal de rectificación por parte de quienes nos gobiernan y tienen todo el poder en sus manos. Son ellos con sus erradas políticas, su sectarismo, soberbia y menosprecio por todos quienes se les oponen o simplemente disienten de sus ejecutorias, los únicos responsables de la dramática crisis que vivimos en todos los órdenes. No hay tal “guerra económica”, sino una política económica errada en sus principios y en su práctica la que ha destruido la economía productiva. No son los  pretendidos “sabotajes”, sino la incompetencia, la mala gerencia y la falta de inversión, las que tienen colapsados a los servicios públicos: electricidad, agua potable, telefonía e internet, entre otros, por no mencionar el calamitoso estado de los hospitales, las carreteras, o la muy baja calidad de la educación pública. Lo mismo puede decirse en materia de seguridad: no es el imperio el que manda e infiltra a los malandros, sus fechorías y crímenes, al contrario: son el producto inevitable del clima social de pobreza, caos y descomposición, y del rotundo fracaso de las acciones de prevención y control del delito.

Así estamos en esta Venezuela “Bolivariana”, en la que el jefe supremo, como si protagonizara una de las famosas novelas teñidas de nuestro tradicional y celebrado “Realismo Mágico”, se encadena casi  todos los días por horas y horas en horario preferencial,  para tratar de convencernos de los logros y virtudes de su administración. (Tomás Contreras V.)