Un bachaquero en Sicar

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El texto del evangelio de este domingo es bello y largo. Los jóvenes que se comunican por el teléfono celular están acostumbrados a recibir y enviar mensajes lacónicos, por eso no resisten una lectura detallada como la de este evangelio. Se relata el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, una mujer anónima, cuyo nombre personal se desconoce. Es el primer dato a tener en cuenta. El encuentro tuvo lugar en el brocal de un pozo, dentro de un campo árido. El evangelista concretiza la escena: era mediodía, hacía calor, Jesús llegó cansado y con sed, pero no tenía cadena ni cubo para sacar el agua del pozo (Jn 4, 5-42)
Fue Jesús quien inició el diálogo, pidiendo a la mujer: “dame de beber”. Durante varios minutos el diálogo se desarrolló en paralelo: la mujer no entendía las palabras de Jesús, y Jesús no quería entender el lenguaje de la mujer. ¿De qué sed y de qué agua estaban hablando?
Cuando los venezolanos escuchaban al presidente Maduro, que hablaba de democracia protagónica y participativa, se quedaban sin saber a qué país se refería. Porque el país venezolano estaba hambreado y se le negaban las leyes dictadas por la Constitución y la Asamblea Nacional. Se vivía en dictadura, declarada hasta por la Conferencia Episcopal. Menos mal que Jesús era más inteligente que los presidentes bárbaros que hemos conocido en nuestra América.
Jesús preguntó a la mujer por sus maridos: ella no había tenido acierto en la vida sentimental. Pero era creyente. Ella preguntó a Jesús por el templo desde el cual se debía dar culto a Dios, si era el de Jerusalén o el de Samaria. La respuesta de Jesús esclarece todavía las dudas de muchos creyentes actuales: “es la hora en que los creyentes que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. La mujer, como buena israelita, esperaba la venida del Mesías y confiaba que el Mesías le aclararía las dificultades. La afirmación categórica de Jesús la dejó desconectada: “El Mesías soy yo, el que está hablando contigo”.
Aquella mujer de vida errante se convirtió en apóstol e hizo propaganda a Jesús. Contó a sus paisanos lo que le había sucedido junto al pozo. “Muchos samaritanos creyeron en Jesús por el testimonio que había dado la mujer”. De hecho invitaron a Jesús y se quedó en el pueblo de Sicar por dos días. Todavía esta mujer dicta cátedra en nuestra época. Proporcionó a Jesús agua del pozo y Jesús le dio “un agua que salta la vida eterna”.
Ojo a los turistas: en el pozo de Sicar hay ahora un bachaquero que cobra el agua en dólares de los fuertes… (Benjamín García Fernández)
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