Quienes han pretendido descalificar la utopía como propuesta colectiva, de quienes aspiramos cambiar radicalmente los modelos civilizatorios conocidos hasta ahora, han olvidado con o sin intención, que cuando el poder que conocemos hasta ahora, que es vertical y que lo poseen minorías privilegiadas que se organizan, crea y produce un discurso en relaciones de dominación, esa misma dominación lleva consigo resistencia a lo impuesto y que se manifiesta en la sociedad en la lucha de contrarios, que no es otra cosa que la lucha de clases. Incluso, a veces va más allá de la lucha de clases y esa lucha se desarrolla en una conflictividad que no es otra cosa que la lucha de valores contra valores, que a su vez contiene en sí la lucha de clases.

Es más, la utopía siempre se ha alimentado de los mismos procesos históricos que hemos vivido, desde la misma guerra de independencia hasta nuestros días, la utopía pasa a ser un conocimiento acumulado que sigue permaneciendo en la memoria histórica de nuestros pueblos. Eso que se dice, que nuestros pueblos inconscientemente han asimilado las cadenas que llevan puestas mentalmente y que no les permite pensar en otra cosa que no sea la resignación al modelo que los domina, ya que esa resignación se ha convertido y forma parte ya integrada a su naturaleza, es producto del discurso de quien domina y en otros, es parte del discurso del derrotado. Pero en el fondo de todo este planteamiento, considero también que es parte del miedo a la libertad, porque a decir verdad, nunca la hemos tenido, no la hemos conocido y no existe en el planeta Tierra país que la tenga, no olvidando que el eurocentrismo intenta por todos los medios presentar sus ideologías de manera divinizada, enseña a la población a venerarla, a respetarla y de allí, parte de llevar consigo el miedo que se le inculca a la sociedad, abriéndole camino a la logofobia, especie de miedo sordo frente al discurso ideológico que además aliena y domina.

Pero dentro del marco de este espacio, hay que tener claro que para llegar allí, se hace necesario no un proceso electoral a los que nos tienen acostumbrados las clases que dominan y sus respectivos partidos, sino hechos constituyentes que rompan con la funcionalidad de los conflictos, del cual ya hemos hablado y que nos puedan conducir a una constituyente originaria y no derivada del poder constituido, para plasmar allí en colectivo el proyecto de civilización que aspiramos.

No es que estemos negando los procesos electorales, lo que sostenemos es que esos procedimientos electorales tal y como están planteados, responden a situaciones manipulables, que siempre favorecen a las clases dominantes desde todo punto de vista, ya que los mismos tienen como finalidad impedir cualquier proceso de cambio que requiera la sociedad, desde el punto de vista estructural, que beneficie el colectivo. Colombres, al respecto nos indica: “Ese vasto sector indiferente, neutralizado y conducido a la total indiferencia por la cultura de masas y la desinformación, es el que impide que por la vía electoral se produzcan en nuestras sociedades los cambios urgentes que necesitan. La desinformación busca convertir una información falsa en una información verdadera, creíble, que llevará al que la recibe a actuar en un sentido que le es desfavorable. ¿Puede considerarse un legítimo ejercicio de la democracia esta actitud que no defiende el viejo ethos social ni propugna la vigencia de nuevos paradigmas más perfectos y justos?

La democracia es el gobierno del pueblo, no del hombre masa. Del pueblo, que es el hombre organizado, pensante, creativo, que defiende como algo muy valioso los lazos morales y de solidaridad”. (COLOMBRES, Adolfo. “América como civilización emergente”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2004. pp.204). (Enrique Contreras Ramírez)