Venezuela no muere el 30 de julio

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No me voy a referir en este escrito a la diferencia entre plebiscito y referendo desde el punto de vista del Derecho Constitucional. Ratificando mi único escenario que he mantenido y sostengo de que la convocatoria a esta Asamblea Nacional Constituyente, al ser producto de actos sucesivos inconstitucionales e ilegales, ni existe ni tiene eficacia jurídica, así se elijan y deliberen presuntos constituyentes, tampoco voy a insistir en que cualquier documento que denominen  Constitución es una legislación fraudulenta,  la cual, según los deberes que nos impone a cualquier ciudadano el Artículo 333 de la Carta Magna vigente y el Artículo 350 ejusdem a todo el pueblo de Venezuela, debemos desconocer como sistema de normas que pretendan regir un Estado que no sea el que deba preservar la libertad, el ordenamiento jurídico, la democracia, los derechos humanos y fundamentales del ciudadano y la plena institucionalidad de sus órganos de poder.

Voy a referirme a que Venezuela no va a morir en este intento por acabarla, con un posible ataque al orden constitucional el 30 de julio. Venezuela no se muere, porque sencillamente la historia del país ha evidenciado que cuando hemos atravesado momentos difíciles, trágicos, tensos y de fractura, siempre nos vienen algunas preguntas esenciales para seguir sobreviviendo, para trascender las dificultades y para restaurar el orden, la cordura y la herencia cultural e histórica de nuestros antepasados. La Guerra de Independencia acabó con la población. Pasamos por caudillismos y anarquías que se entronizaron en el poder, nos volvimos manirrotos con la bonanza petrolera y no invertimos en diversificar la economía. Dictaduras con regímenes personalistas y duros han acomodado la Constitución a los antojos del tirano de turno. En los últimos años la división entre hermanos venezolanos, la intolerancia y la crónica crisis tanto de valores, como de factores sociales, económicos, políticos y hasta culturales  nos han puesto en el borde del precipicio. Pero cuando esto ha ocurrido es cuando nos volvemos a hacer preguntas existenciales colectivas.

¿Cómo se hizo esta nación? ¿Quiénes la han construido y en qué forma? ¿Cuáles han sido los momentos decisivos de su transcurrir? ¿Cómo llegó a ser un país que, aunque con sus críticas, vivió de una democracia que se consideraba referente mundial? ¿Cómo pueden nuestros recursos territoriales, marítimos, hídricos, energéticos, mineros, petroleros, de potencialidad turística revertir la debacle en que nos encontramos? ¿Cuánto talento han formado las universidades venezolanas de renombre? ¿Cómo esa alforja del pasado nos ha definido como país y cuáles son las perspectivas de llegar, con mucho trabajo y formación, a ser una nación de avanzada, si contamos con el concierto de todos los que realmente queremos a Venezuela y deseamos el bienestar individual y común?

Peligros, confusiones, mentiras, extravíos, vicios, no hacen fáciles estas respuestas. Cierto. No faltan momentos de desesperanza, de frustración y de profundo malestar. Pero cuando aterrizamos en estos parajes de “Tierra de Gracia”, de generaciones jóvenes con ímpetus de lucha, de recursos que se pueden movilizar desde la corrupción hacia una economía verdaderamente transformadora, productiva, inclusiva, cuando el concepto de venezolanismo se inserte en estas épocas de sociedades dinámicas, de altos retos tecnológicos, de fortaleza del conocimiento como el capital que inclina la balanza, encontramos afirmaciones que pueden hacernos cambiar de actitud, nos orientan hacia la realidad de que la creación de la riqueza y prosperidad está en el trabajo concertado, en la educación integral, donde un país netamente rentista petrolero, pase a ser un país productor de innovación, creación y de auténtica transformación industrial.

No es la hora de mostrar las puertas del cementerio o del crematorio. Es el momento de cultivar nuevos y grandes desafíos, de hacer reajustes difíciles y necesarios, de mostrar las inmensas potencialidades de un futuro cierto. Para ello hay que convocar a los trabajadores, a los empresarios, a los universitarios, a los juventud estudiosa, a la  cual hay que volver a enamorar para que no emigre, a los agricultores, a todas las fuerzas de trabajo, a la familia, como centro espiritual y de modelaje, a los científicos, a los medios, a los escritores, a los artistas, a la mujer guerrera. Venezuela no va a perder su orden político, republicano y democrático, porque sencillamente el pueblo, como un todo unitario e indivisible, no va dejar que se implanten los reveses ni la maquinaria del terror. Una Constitución no crea ni determina la realidad social, ni mucho menos limita la conciencia. Es al contrario. Nos lo recuerda Bolívar: “Cada pueblo será libre a su modo y disfrutará de soberanía, según la voluntad de su conciencia”.

(Isaac Villamizar)

isaacvil@yahoo.com