La convocatoria írrita a Constituyente no tiene ni pies ni cabeza. Contrariando la Constitución la iniciativa no la aprobará el pueblo y la mitad de sus integrantes serán electos entre partidarios gubernamentales.
Al oficialismo, que le gusta comparar la situación nacional con aquella que derrocó a Allende, habría que dejarle claro que el presidente chileno, ante la protesta generalizada, decidió convocar a un plebiscito para que el pueblo dijera si se quedaba o se iba. Cometió el error de comunicárselo a Pinochet, quien lo persuadió para que pospusiera el anuncio unos días. Ese fue el detonante del golpe. El felón se levantó en armas, justo antes de que Allende hiciera pública la decisión. La propuesta del presidente desarticulaba cualquier alzamiento, quitándole la razón de ser. El plebiscito significaba la pacificación del país, ya que todas las fuerzas políticas se concentrarían en las elecciones, y si el problema era Allende, ahora con votos y no con botas, ni balas, podrían sacarlo del poder. Dejaba a las Fuerzas Armadas sin pasaportes pretextos.
Algo parecido sucedió en el país galo en 1969, como uno de los coletazos del Mayo francés. El general De Gaulle, a pesar de ser un héroe de guerra y fundador de la Quinta República, convocó a un plebiscito, sometiéndose a la voluntad popular. Nuestra Venezuela toma cuerpo el 19 de abril de 1810 gracias a la renuncia de Emparan. El presidente José María Vargas da muestras de grandeza y desprendimiento al dejar de manera voluntaria la presidencia, a pesar de contar con Páez. Medina Angarita no confrontó a la Revolución de Octubre para evitar derramamientos de sangre.
Nuestra Constitución de 1999 consagra la figura del referéndum en el artículo 71 para materias de especial trascendencia nacional. Se trata de oír la voz del pueblo, que en la Odisea de los griegos se la compara con la voz de Dios. Sin miedo se debería usar esta figura novedosa y democrática en el constitucionalismo nacional que se tomó del proyecto presentado por el presidente Caldera. Hay que preguntarle al pueblo si quiere la continuación o no del gobierno y si aprueba la Constituyente o no, tal y como está planteada. En caso contrario, el pueblo en la calle se hará respetar.

(Oscar Arnal)
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