El párroco José Lucio León Duque es uno de los tres hijos del nuevo Siervo de Dios tachirense. (Foto/Omar Hernández)
Asistía a misa, todos los días, antes de ir a trabajar. Divulgaba la palabra de Dios por escrito y por radio. Hombre de paz, prefería hablar del Santísimo y de la Virgen

Ahora es cuando José Lucio León Duque cae en cuenta de por qué aquellas actitudes, por qué tantas enseñanzas y hasta aquel regaño oportuno. La Iglesia católica, desde el mismísimo Vaticano, acaba de convertir a su papá, don Lucio León Cárdenas, en Siervo de Dios.

Cuando se enteró, el pasado Día de la Cruz de Mayo, el cuarto de sus cinco hijos sintió una felicidad de esas que ni él, que es sacerdote, puede explicar muy bien con palabras. ¿Qué virtud del padre guió tal decisión de la Iglesia? Seguramente la perseverancia de fe de don Lucio, contesta el hijo. “Fue perseverante en el camino de la fe y demostró a todos que sí es posible seguir las huellas de Cristo en contextos de sencillez y humildad”.

Nacido en la aldea El Recreo, municipio Libertador del Táchira, el comienzo y el final del paso terrenal de don Lucio León Cárdenas estuvieron signados por fechas especiales en el calendario litúrgico: nació un Día de la Candelaria, el 2 de febrero de 1932. Murió un Día de los Reyes Magos, el 6 de enero de 2010. Alcanzó una edad bendita: 77 años.

La vida trasladó a Don Lucio del campo a San Cristóbal. Empezó vendiendo productos en el antiguo Mercado San Carlos y después emprendió, con su propia Fábricas Pirineos, la elaboración y comercialización de lavaderos, inodoros y demás artículos de baño, así como materos, lápidas y cruces, todo en granito y cemento.

El legado de don Lucio fue el amor al Santísimo, a la Iglesia y a la Virgen María, el respeto al Papa, al obispo y a todos los sacerdotes
Era 1977, cuando el artesano de 45 años hizo un cursillo de cristiandad. Entonces, considera el presbítero, don Lucio formalizó ese camino perseverante de cristiandad que había ensayado desde niño, cuando aprendió a ir a misa al lado de su madre o su abuela y a siempre rezar el rosario en casa.

Antes del trabajo, don Lucio se levantaba bien temprano para leer la Biblia o documentos de la Iglesia, y para asistir diariamente a la santa misa. La mayoría de las veces, iba a la iglesia de Nuestra Señora de Coromoto de Barrio Obrero, la que justo ahora regenta su hijo sacerdote. “Su vida pastoral inicial fue aquí”, evoca el párroco. Otras veces iba a El Santuario y otros días al templo de San Juan Bautista, en La Ermita, donde sirvió como cofrade. “Definitivamente, la eucaristía era su amor”, resume el hijo.

Que fuese obrero no era excusa como para ir mal vestido a misa. Siempre, con la ayuda de su esposa, llegaba impecable a cualquier oficio religioso. La eucaristía era su cita con Dios y su fuente de serenidad. “Prácticamente nunca lo escuché pelear, ni por política, ni por religión. Era un hombre de carácter fuerte, pero era sobre todo un hombre de paz”, se expresa el padre José Lucio.

No importó tampoco que don Lucio hubiese cursado estudios formales de primaria apenas hasta el cuarto grado. Con facilidad en la prosa, se volvió articulista habitual de Diario Católico. Con igual soltura en la oralidad, habló muchas veces en la sección “Un momento con mi pueblo” de la predilecta Ecos del Torbes. Por sus conocimientos teológicos, participó como laico comprometido en el II Sínodo Diocesano de la Iglesia del Táchira.

Después de inhalar cemento y arena durante más de 60 años, don Lucio sobrellevó con serenidad un cáncer pulmonar. “Nunca se quejó. Yo pienso que lo ofreció a Dios, para dar testimonio”, supone el hijo. “Con las visitas, solo hablaba del Santísimo y de la Virgen. Y cada vez que iba un sacerdote a visitarlo, pedía que lo arreglaran bien, eso sí”, destaca.

“Definitivamente, la eucaristía era su amor…”
Dos de sus cinco hijos fallecieron de pequeños. A sus tres muchachos, Aura, José Gregorio y José Lucio, a su esposa, doña Mercedes Duque de León, y a sus nietos, el mayor legado que les heredó don Lucio fue el amor al Santísimo, a la Iglesia y a la Virgen María, así como el respeto al Papa, al obispo y a todos los sacerdotes.

Habiéndose cumplido cinco años de la partida de don Lucio (este es el tiempo reglamentario para empezar a hacer diligencias de esta índole ante la Santa Sede), fue el obispo de San Cristóbal, monseñor Mario Moronta, quien tuvo la iniciativa de consignar la petición, refiere, agradecido, el padre José Lucio. Un informe tan especial como este debe incluir, entre otros requisitos, una biografía sobre su vida y virtudes junto con testimonios de conocidos.

“De verdad, todo mi agradecimiento a monseñor Mario por promover esta causa y las otras cinco del Táchira que hay. Y, por supuesto, agradecimientos al papa Francisco, quien tiene la última palabra”, comentó el hijo y presbítero. La Congregación para la Causa de los Santos, con sede en el Vaticano, también acaba de aprobar la dignidad de Siervo de Dios para monseñor Martín Martínez Monsalve, un sacerdote sencillo y muy querido de Santa Ana.

“Nihil obstat”, dijo el Vaticano. Este decreto traduce que nada impide iniciar una causa de beatificación.

El párroco de la Coromoto interpreta esta gracia como una recompensa para un hombre de Dios: “Uno veía esto lejano, en otros santos, en otras personas, y ver que tu papá, un miembro de la familia, es Siervo de Dios, es una alegría muy grande. Fue Diario La Nación quien lo buscó a él, y no al revés. Mi papá, como nosotros, no buscamos honores, ni figuración”.

Por eso mismo, el padre José Lucio se llama en voz alta a mantener el equilibrio mental y espiritual. A esta dicha, quiere darle la siguiente lectura: “Esto es para que nosotros sentemos las bases y veamos que es posible ser santo, y más en estos tiempos que estamos viviendo. Mi papá era un hombre de la vida ordinaria, de la vida cotidiana, que agarraba buseta, iba al mercado, hacía diligencias y trabajaba como obrero”.

El testimonio cristiano de don Lucio León Cárdenas, Siervo de Dios, es una demostración de que en las calles del Táchira es posible caminar al lado de un bienaventurado o, mejor aún, de que es igual de posible buscar y alcanzar por cuenta propia la santidad en la tierra.

¿Qué es un Siervo de Dios?

Un Siervo de Dios es una persona que durante su vida sirvió a Dios y guardó sus preceptos con reconocida piedad. A los siervos de Dios, como don Lucio, se puede pedirles que intercedan ante Dios por favores que se quieran obtener. Sin embargo, no se les puede dar culto público. El de los siervos de Dios se puede considerar el primero de cuatro peldaños que conducen a la canonización. La segunda etapa del proceso, que ahora se abre, es la de “venerable”. Luego, un venerable puede ser ascendido a beato, previa comprobación de un primer milagro. Y, finalmente, el beato puede ser elevado a santo, una vez se ha validado un segundo milagro. Cada etapa es exigente y comprende por lo menos cinco pasos internos.

 

Daniel Pabón