Don Pedro Gómez, campeón centenario

1615

En la casa de Don Pedro Gómez en Las Vegas de Táriba hay trofeos, muchos trofeos. Representan la historia de un agricultor y ganadero de varias buenas fincas que, en 1983, incluso alcanzó el récord nacional en producción de leche: 60 litros, recuerdan los suyos. Otros tantos méritos, como este, engrosan la vida exitosa de un campeón que este sábado celebró 100 años de edad.

Hijo de Juan de Jesús Gómez y de Ana Victoria Arias de Gómez, Efraín Emilio Gómez Arias, que es su real nombre de pila, nació el 8 de abril de 1917 en la localidad de El Socorro, Colombia. Cuando él contaba 30 y ella apenas 17 años, contrajo matrimonio con Lucila Covelli Plata, ama de casa ejemplar y ayudante disciplinada en las faenas del campo. Al poco tiempo, la joven pareja tuvo que huir de la férrea violencia entre conservadores y liberales de aquella época neogranadina. Se sembró en el Táchira para el resto de su vida.

En estas tierras, la familia Chacón Varela los recibió desinteresadamente y de brazos abiertos. “Yo había hecho el servicio militar, no más”, evoca el cumpleañero. Cuando pisó Táriba, el poco dinero que traía se lo encomendó a Don Pablo Emilio Cárdenas, famoso dueño de una farmacia del pueblo. Nada de bancos. En él, ha brillado el valor de la palabra.

A Don Pedro, un hombre blanco de casi 1 metro 80 centímetros de alto, nada se le dio hecho. El terreno que pudo comprar, lo embelleció mientras su esposa le dio calor de hogar. El capital inicial que invirtió, lo multiplicó sin créditos ni auxilio de terceros, sino con trabajo y sudor.

“He andado desde Atlanta hasta La Patagonia, lo que es la América me la conozco toda, y algunos países de Europa también”, cuenta. “A mí me gustaron todos esos países, y en todas partes me ha ido bien, he encontrado amigos y me han querido y me han sabido atender, gracias a mi Dios. Cuando me venía siempre me decían que no lo hiciera”, relata, sobre sus años de plena juventud y adultez.

Ahora que se convirtió en un tachirense centenario, Don Pedro se sigue levantando a las 5:30 de la mañana. Pide su café, lo sacan al jardín y desayuna a la hora en punto. Esa es otra característica de su vida: la rigurosidad en los horarios de las comidas y en las cantidades de los alimentos.

Entre ración y ración, siempre ha acostumbrado hacer siestas y comer piña. Bastante piña. Esto, entrelazado con la siembra, con el ordeño y con el ganado, sus grandes pasiones, además de votar, porque no se pierde una elección de cualquier cargo público para ir a expresarse y entintar su dedo de morado.

A sus 100 años, Don Pedro no consume medicamentos. ¡Increíble! ¿Será que su mejor remedio contra los achaques del mundo es su fino y continuo sentido del humor? Como cualquier otro joven o adulto, lo único que ingiere es un multivitamínico y vitamina C. Nada más. “En los exámenes médicos sale mejor que nosotros”, compara su única hija, María Victoria. Es la segunda de sus tres descendientes directos; el primogénito es Efraín Enrique y el menor, Juan de Jesús.

María Fernanda, una joven que se cuenta orgullosa entre su árbol genealógico de 10 nietos y 15 bisnietos (a la mayoría de los cuales Don Pedro les tiene graciosos apodos), le dedicó un mensaje en Instagram en el que lo cataloga como el mejor productor agropecuario del estado.

“Papá nos ha inculcado la honestidad, el trabajo, el levantarse temprano y el amor a la naturaleza: sembrar y cuidarla. Él, adonde quiera que iba, solía traer semillas”, se expresa, emocionada, María Victoria. Pero no solo la familia de sangre le profesa amor. El Táchira también le ha enseñado gratitud: en la década pasada el Consejo Legislativo le confirió la orden más importante del Táchira por sus aportes a la agricultura, a la ganadería y a la producción regional.

En un momento de la entrevista, desde su silla de ruedas y con el sombrero en las manos, Don Pedro también demostró que los centenarios viven tanto porque respiran el aire puro de la humildad: “Les agradezco mucho que hubieran venido, porque yo no merezco tanto”.

Daniel Pabón