Lo primero que Dios crea para vencer el caos absoluto es la luz.
Lo primero que Dios crea para vencer el caos absoluto es la luz.

Uno de los símbolos naturales más empleados en la Escritura Santa es el de la luz. De hecho, lo primero que Dios crea para vencer el caos absoluto de la nada es la luz. En el Antiguo Testamento, la esclavitud y el pecado se definen como oscuridad y la luz viene a ser la fuerza que destruye las tinieblas. Los profetas emplean este símbolo para hablar del salvador prometido y que vendrá en la plenitud de los tiempos. En el Nuevo Testamento, Juan Bautista es presentado como testigo de la luz que llegaría con el Redentor, quien se autopresenta como la luz que da vida al mundo. Luego Pablo hablará de los cristianos como portadores de la luz, “hijos de la luz”, al ser convertidos por ella. En el fondo, la luz es el símbolo de la salvación. En nuestro caso, personificada en Jesús, el auténtico salvador de la humanidad.

La Iglesia retoma en variadas ocasiones este símbolo en sus celebraciones litúrgicas: en el bautismo le es entregada al nuevo hijo de Dios para que camine ayudado por ella y salga al encuentro de su Señor; la liturgia pascual habla del triunfo de la luz sobre las tinieblas del pecado y de la maldad. En Epifanía, que significa resplandor o brillo de quien es presentado en público como redentor, la luz es un símbolo promovido por la misma Iglesia.

La Iglesia, el día de Epifanía, se vale de la enseña profética de Isaías para animar a todos a mostrar la luz del redentor: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti”. Es interesante la unión entre luz y gloria de Dios. La gloria es la revelación de la divinidad, del poder infinito y salvífico de Dios; y es la luz de Jerusalén -y de toda la Iglesia- la que permite reconocer esa gloria divina. Aunque haya tinieblas en el mundo, la luz está siempre iluminando a Jerusalén -y a la Iglesia-, sencillamente por venir del Señor Liberador nacido en Belén. Esa luz adquirirá mayor brillo con la Pascua, cuando se derrote la causa de la oscuridad y del pecado.

La Iglesia, presentada como luz de las naciones -Lumen Gentium-, tiene como misión testimoniar la luz de Cristo. Para ello, con su misión evangelizadora se lanza al encuentro de la humanidad para darle a conocer el resplandor de esa luz que puede transformar la tristeza en alegría, el mal en bien, la oscuridad en amanecer de un solo radiante. Y cada creyente, al igual que Juan el Bautista, debe sentirse servidor y testigo de la luz de Cristo. Como candeleros que la hacen brillar por todos los sitios y haciendo, a la vez, que se abran los ojos cegados por el mal y el pecado.

La Epifanía es una fiesta importante por ser la que nos recuerda cuando Jesús es presentado a los gentiles, a los no creyentes en Yahvé, representados en los Reyes Magos En esta fiesta, vinculada a la Navidad, se hace realidad la propuesta de Pablo a los efesios: la manifestación de la gracia de Dios, la revelación del misterio oculto, el anuncio del Evangelio a israelitas y paganos para llegar a constituir un mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Aun cuando vivimos en un mundo que quiere ser dominado por las tinieblas del mal y del pecado, con la fuerza del Espíritu de Dios, nos corresponde la tarea de hacer brillar el esplendor de la auténtica luz, la del Salvador. Somos luz del mundo, nos decía el mismo Jesús; y serlo implica asumirla en nuestras propias vidas y darla a conocer. No la tenemos para ocultarla, sino para que la gente la pueda ver. Una Iglesia en salida debe llevar a las periferias existenciales, como nos lo pide Francisco, la luz única y verdadera: la prometida ya en el mismo acto de la creación, anhelada por los profetas, testimoniada por Juan el Bautista, la cual comenzó a destellar desde Belén.

Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.