Entre el amor y el odio

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Eros, el amor (Cupido entre los romanos), a quien los griegos representaban como un jovenzuelo alado portando arco y flechas y una antorcha con la cual inflamar los corazones, nace de la oscuridad de la noche y el caos. Esta primaria simbología nos pone al tanto del poder y del carácter del amor, opuesto en todo al odio, ligado al desorden y a las tinieblas. Es decir, el amor nace del odio, porque ambos son inseparables, eternamente adheridos, inmutables y llenos de la más profunda pasión en sus manifestaciones. Lo afirmó Ortega y Gasset: “Odio y amor son, en todo, dos gemelos enemigos, idénticos y contrarios. Como hay un enamoramiento, hay (y no con menos frecuencia) un ‘enodiamiento’.”

El amor se muestra, desde el principio de los tiempos, como un impulso generador y constructivo, y así, Venus, la diosa romana de la naturaleza y la primavera, simboliza la vitalidad y la alegría de la creación natural. Las leyendas romanas suponían un ardiente romance entre Venus y Marte. Venus, imagen de la belleza, del éxtasis, de la atracción, de la delicadeza, del deleite. Marte, el dios de la guerra, que en el Ares griego se asociaba a la venganza, a la temeridad, a la violencia, la brutalidad, al tumulto, a la confusión, al horror. De esta forma queda cerrado el círculo inmortal que une las dos caras de los más profundos sentimientos humanos: el amor y el odio, marcados para siempre en el corazón del ser humano.

Buen amor, loco amor, amor divino, amor humano, amor de poetas, amor de caballeros, amor cortés, amor carnal, amor filial, maternal y paternal, amor de claustro, amor ciego, amor propio. Tantas maneras de emprenderlo. Odio con rencor, odio con violencia, odio por envidia, odio para aniquilar, odio de muerte, odio con la palabra y el gesto, odio con hipocresía, odio desde el resentimiento, odio para execrar. Infinitas abominaciones del mal que aborda la inquina. Todo cabe en la historia de la persona zarandeada por esas conmociones emotivas. Filósofos, escritores, religiosos, muchos han dado su parecer en asuntos tan sensibles, tan profundos y a la vez  tan livianos. Con el odio se puede expresar la mayor antipatía hacia algo o hacia alguien. Y cuando está dirigido al otro, se le desea el mal mayor. El odio parece vinculado a la enemistad y la repulsión, muchas veces a la intolerancia. Las personas tratan de evitar o destruir  aquello que odian. En algunos casos se odia sin ambages, sin esconderlo. En sobradas ocasiones se odia con la careta, con la amargura enmascarada. Lo dijo Solón: “A menudo el odio se disfraza con una cara sonriente y la lengua se expresa en tono amistoso, mientras el corazón está lleno de hiel”.  Y aunque por lo general se considera que el odio es lo opuesto al amor, muchas veces del amor al odio solo hay un pequeño paso, y viceversa. Es que el odio se dirige hacia alguien que se considera importante y que moviliza al individuo. Es que no existe nada que odien más los mediocres que la superioridad del alma y del talento.

Pero el odio no siempre es irracional, porque es normal odiar a quien hace sufrir o amenaza la existencia. Entonces, es cuando, aunque parezca un contrasentido, el odio es santo. Es la indignación de los corazones fuertes y paternos, el desdén militante de aquellos a quienes la mentira, la vulgaridad, la chabacanería, la ordinariez y la futilidad enojan. Entonces, en estas circunstancias, odiar es amar, es tener el alma ardiente y generosa, es vivir desahogadamente, despreciando las cosas estúpidas, vergonzosas y humillantes. Porque si nos han robado la tranquilidad, nos han quitado a nuestros seres queridos, nos han hecho sufrir de hambre, nos han postrado ante el robo y la miseria, han llevado nuestros latidos del corazón al borde del cementerio, entonces odiar no es punible, no se decreta su silencio, no se le impone las cadenas y el yugo. Tal vez, ese odio lo que exige, en la realidad de su efervescencia, es justicia, es respeto, es dignidad. 

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Isaac Villamizar