En las universidades de la región se mantiene una generación expectante a los cambios.

Una diáspora indetenible hace que Venezuela desaproveche su bono demográfico, consideran académicos. Los que se fueron, lo hicieron porque aquí vieron imposible forjar un patrimonio propio. Eso, precisamente, les enseñó el sistema de valores de la posmodernidad. Los que preparan la migración se enfrentan a las trabas de la administración pública: ahora mismo no hay citas para apostillar documentos en el estado. Algunos alzan vuelo apenas terminan quinto año o último semestre, sin pasar frente a un rector a recibir su título. La profesionalización pierde sentido en el contexto de la crisis económica nacional

Daniel Pabón

Fotos/Carlos Eduardo Ramírez

No juzgo a los que prefieren salir en busca de sus sueños y admiro a los que deciden quedarse dando lo mejor de sí”

Carla Ramírez (26), ingeniero tachirense en Chile

Es joven el 25% de los habitantes del Táchira. Uno de cada cuatro. Un contingente de 320.940 muchachos con edades comprendidas entre 15 y 29 años; el rango internacional de la juventud. O esto, por lo menos, refieren papeles del Instituto Nacional de Estadística. En la vida real, todas las semanas el éxodo le resta cabezas a esta cifra.

Ahora, más que en años anteriores, los padres tachirenses despiden a sus hijos. Las lágrimas corren, ya no solo en los aeropuertos de Santo Domingo y La Fría, sino también en los terminales de San Cristóbal y Cúcuta, porque muchos hacen travesías terrestres de hasta una semana con tal de abaratar costos. Ellos no celebrarán este domingo el Día de la Juventud.

Desde Chile, uno de los cinco destinos preferidos de los jóvenes tachirenses, junto a Colombia, Panamá, Ecuador y Argentina, Carla Ramírez lamenta a sus 26 años la época que les tocó vivir a los de su generación: “Por una parte, me siento egoísta, por no poder retribuir a mi país todo lo que él invirtió en mí. Siento tristeza también de ver que cada vez somos más profesionales los que salimos, y son muy pocos los que se quedan apostando por el país”, considera la ingeniero mecánico egresada de la Universidad Nacional Experimental del Táchira en 2013.

Recién graduada, Carla empezó a trabajar en la empresa privada más importante de Venezuela. Un empleo ideal para conquistar metas y desarrollar sus planes de vida. En Polar, cuenta la joven, era normal que cualquier profesional novel pudiera comprar carro al cabo de un año o apartamento luego de tres a cinco años. “Yo, en mi primer año solo pude salir de vacaciones a Ecuador y comprarme un televisor”. Entonces empezó a darse cuenta de que cumplir los sueños demoraría más.

Si a esto se suma que el Gobierno les disminuyó el otorgamiento de divisas para los alimentos, que Carla empezó a sentirse poco productiva por la baja demanda laboral y que las noticias de delincuencia, inflación y escasez la agobiaban, dará como resultado la idea de emigrar. “En un principio dudaba si era la mejor opción, pero con el pasar de los meses la situación país me restregaba en la cara que ni trabajando allí podía lograr todo lo que había soñado cuando comencé”. En Chile lleva 10 meses de estadía.

Gerardo Galvis, coordinador del Programa de Liderazgo Ignaciano de la Universidad Católica del Táchira -un proyecto que se encarga de vincular a la juventud tachirense con su sociedad-, analiza un par de efectos de esta diáspora. En primer lugar, Venezuela está desaprovechando su bono demográfico, o ese altísimo índice de población que ahora se encuentra en edad estrictamente productiva, tanto en lo físico como en lo intelectual. Esto favorece la llamada “fuga de cerebros”, o el éxodo de mano de obra capacitada, indispensable para una futura reconstrucción nacional.

En segunda instancia, tantas migraciones contribuyen a un proceso de desinstitucionalización. Las instituciones se han corrompido, al punto de perder toda validez y confianza, así como calado en la sociedad. “Esto incide en la pérdida de ciudadanía y en la deslegitimación de la democracia”, razona el investigador. En la cotidianidad, esto violenta la integridad de los jóvenes: “Ante la violación de tus derechos, ¿ante quién acudes?”, se pregunta.

Sin poseer, ni tener

Leidy Vicuña no responde “sí”, sino que contesta con un natural “¡claro!” cuando le preguntan si a sus 25 años tiene un plan de emigración en marcha. Genera ingresos propios desde los 17, ejerce la Contaduría Pública, su profesión, desde los 22 y, aun así, no ha podido forjar patrimonio: ni la inicial de una vivienda, ni un carro usado. Para siquiera comprar una nevera modesta, de 1.5 millones de bolívares, necesitaría juntar ya la totalidad de más de año y medio de su salario. “Aquí es casi imposible surgir, ya no se puede ni ahorrar”, lamenta.

Por eso, y porque también guarda bajo la manga la nacionalidad vecina, mira a Colombia. Leidy sabe, como la mayoría de sus amigos de promoción que ya adelantaron la ida, que a mediados de este año viajará dispuesta a trabajar en cualquier oficio. “Lo más difícil para mí va a ser eso: empezar de cero. Aquí ya tengo una posición laboral y una experiencia acumulada, pero en el exterior uno es uno más entre muchísimos”, pisa firme.

La decisión juvenil de irse también es un espejo de la posmodernidad, el sistema de valores imperante. Reflejo de una “modernidad líquida” (como la enunció el recientemente fallecido Zygmunt Bauman) sujeta al vaivén efímero de las emociones. “Los jóvenes viven un ritmo de vida trepidante, que los obliga a generar adrenalina para cultivar emociones”, teoriza Galvis, educador en la mención de Ciencias Sociales y profesor, entre otras cátedras, de Pensamiento Político Venezolano en la UCAT.

Precisamente, uno de los valores fundamentales de la posmodernidad es el sentido de la vida puesto en lo material: se es exitoso en la medida en que se posea y se tenga. “Quienes se van reflejan sobre todo la posibilidad de acceder a bienes materiales o de consumo y, en esta Venezuela, ello realmente es muy difícil de lograr. Luego, en segundo lugar, es que hablan de una mejor calidad de vida, como seguridad o espacios de ciudadanía”, observa el también coordinador del programa de Identidad y Misión en su universidad.

Sin condenar este pensamiento imperante, a Galvis le gustaría que la migración respondiera a una reflexión más profunda, que trascendiera el deseo de tener.

Papeleo a cuentagotas

En casa de los Bautista las ganas de abandonar Venezuela se sienten por partida doble. El miércoles de esta semana, Génesis, de 24 años, y su hermano Josué, con 19, engrosaron la que se ha convertido en la cola diaria más larga del Registro Principal del Táchira: la de mandar a apostillar y al día hábil siguiente retirar documentos personales y académicos, para que cobren validez en 110 países del mundo signatarios del convenio de La Haya.

Con su título recién apostillado en brazos, Génesis recuerda que ha buscado empleo pero no ha podido ejercer en el Táchira su licenciatura en Administración de Empresas. “Ya ni hay ofertas de trabajo”, dice. Cual mantra, esa frase la repiten en la cola jóvenes ingenieros, médicos, abogados, educadores y bioanalistas. Al igual que su hermano todavía universitario, comenta que quiere oportunidades, otro ambiente. Y ambos esperan que Argentina se los ofrezca. “Sin embargo, es triste tener que emigrar”, admite ella. “Esto lo que hace notable es que en Venezuela hay un problema”, completa él.

En las aulas universitarias, Galvis ha encontrado un altísimo porcentaje de estudiantes que ya no valoran tanto la educación formal, porque entienden que lo que necesitan es un título que les brinde mayores oportunidades de ingreso al emigrar. “Unos entienden la profesionalización como un trampolín hacia el exterior”, señala.

El profesor universitario también se ha encontrado con muchos jóvenes que son reflejo del proceso de modernización de la Venezuela posterior a la dictadura de Pérez Jiménez: una herencia del positivismo que supuso que únicamente la educación y el progreso serían los pilares fundamentales para hacer de este un país moderno, evoca Galvis. “Estos otros asumen el estudio como la posibilidad de escalar socialmente”, complementa.

Al final del día, a unos y a otros la realidad se les viene encima cuando constatan que un profesional gana mucho menos dinero que un chofer de autobús, un mecánico o una peluquera. “Esa juventud, entonces, se desencanta de tal modo de la profesionalización que pasa a formar parte de los que emigran o del sector terciario del consumo”, remata el profesor.

La idea es que Génesis viaje primero y Josué, luego. Pero a la joven la frenan dos tareas pendientes: apostillar ahora sus notas certificadas y recibir un pasaporte renovado. Uno y otro trámite se han vuelto problemáticos en Venezuela: “Disculpe, por el momento no hay disponibilidad”, se lee ahora en la web de citas del Ministerio de Relaciones Exteriores al solicitar legalización de documentos en el Táchira. La misma respuesta arroja para los estados vecinos, Mérida y Barinas, constató Diario La Nación. En tres palabras: no hay citas. Y diligenciar con gestores la legalización de cada documento en Caracas puede costar hasta 50.000 bolívares. En cuanto al pasaporte, el Gobierno ha prometido que las demoras generalizadas en las entregas (que en el caso de Génesis ya cumplió dos meses) se acabarán a partir de marzo.

La demanda de documentos académicos para ser usados fuera del país crece de forma exponencial. En la Universidad de los Andes, por lo menos un tercio de quienes se titulan en cada grado de Aula Magna solicita estos papeles, calculó el rector Mario Bonucci durante un acto reciente. Otros, ni siquiera esperan: un profesor de otra casa de estudios estimó que, de 130 alumnos del último semestre, por lo menos 20 terminaron pruebas y emigraron sin tramitar nada más.

Regresar o quedarse

Aunque no se conozcan entre ellos, Leidy Vicuña y los hermanos Génesis y Josué Bautista opinan igual: les gustaría regresar a Venezuela cuando la tormenta de la crisis se calme. También a Carla Ramírez, como a otros jóvenes que ya emigraron y que fueron consultados para este trabajo, le encantaría volver cuando la situación nacional mejore. “La condición para esto es el tiempo en que eso suceda y qué tanto haya vivido y logrado aquí”, advierte Carla. Dependerá de las raíces que pudiera llegar a tener para ese momento en su nuevo país de residencia, comenta por mensajería, desde Chile.

A Galvis le gustaría que los de la diáspora volvieran algún día con el enriquecimiento intelectual y emocional que pudieron haber ganado con la experiencia de una migración, pero, en la práctica, es un poco más pesimista. “Una vez que estás establecido en el exterior, que has superado esa gran prueba, es difícil regresar. Y gran parte de esta población migrante ha venido encontrando las bases para quedarse”, reconoce.

Teniendo o no facilidades para emigrar, otros muchos de esos 320.940 jóvenes tachirenses siguen aferrados a su tierra, dedicándole a una Venezuela en crisis los años más productivos de sus vidas. “No juzgo a los que prefieren salir en busca de sus sueños y admiro a los que deciden quedarse dando lo mejor de sí”, balancea Carla, desde su posición de joven sancristobalense en el exterior. Una entre los muchos tachirenses en el mundo que este 12 de febrero no podrá celebrar en casa -y en su caso, por primera vez- el Día de la Juventud.