Con la palabra “amables” en su franela, Hedilen sirve a los ancianos. (Foto/Jhovan Valdivia)

El papa Francisco ha dicho que es una palabra incómoda. Para los psicólogos, se trata de una actitud y un comportamiento. Los sociólogos refieren que el espíritu de esta época de la humanidad viene determinado por todo lo que sea contrario a ella. La solidaridad. Puede que en las calles escasee tanto como la leche en polvo en los supermercados, pero hay tachirenses que se encargan de demostrar con hechos que no, que en ellos este valor habita en abundancia. Claro que existen muchos casos más, pero si se ignoran es porque el verdadero generoso no anda publicando sus obras del bien en la foto del WhatsApp. Callados, entre quienes cruzan las avenidas, existen. En momentos en que la mayor parte de la población activa busca dos y tres ingresos para surfear sobre la ola inflacionaria, ellos laboran a honores. Con asiento en San Cristóbal, Táriba y Rubio, las siguientes podrían ser tres historias representativas de cómo, en tiempos de crisis nacional, las manos de la solidaridad se siguen abriendo para ayudar. Ojalá y sea contagioso

 

 

Daniel Pabón

 

Los supervoluntarios que llenan estómagos y alimentan corazones

 

33.282

almuerzos y unas 10.000 arepas rellenas repartió Pan de Vida en los primeros siete meses del año.

Hedilen Jaimes es profesora independiente de inglés; los esposos Teresa Serrano y Henry Arellano se dedicaron durante años a una línea ferretera. Ahora la vida los juntó para servir, en el refugio de la Fundación Pan de Vida, de La Ermita, en San Cristóbal. Ayudar a otros les quita horas de sus días, sin enriquecimiento material. “El Señor se encarga de proveernos a nosotros lo que necesitamos, las bendiciones las recibimos de Él”, despeja Serrano.

Encargada de la cocina, Jaimes prepara con sus manos los alimentos. Llega a la sede a las 7:30 de la mañana, a lavar baños, prender las luces y limpiar el área. Luego se hace apremiante pasar revista por la despensa: “¿Qué hacemos? ¿Tenemos arroz?, ¿cuánto arroz?, ¿sí alcanza?”, son preguntas que se repiten a diario.

Para cada jornada de almuerzos, de las que brindan entre lunes y sábado, requieren, como mínimo, cuatro kilos de arroz. Lo mismo con el pollo; tiene que tasar los cinco kilos estimados, para que rindan.

Antes recibían más donaciones de parte de vecinos y personas de buena voluntad, aunque también las provisiones se nutren de las visitas a mercaditos donde los conocen y les hacen ofertas. “En víveres, comida seca, ya estamos con la existencia al mínimo”, preocupa a Serrano, ecónoma de ese refugio y supervoluntaria (así los llaman en la Fundación) junto con su esposo, destacado en la portería.

Las caras de muchos de los beneficiarios revelan hambre, necesidad. Algunos tienen la calle por residencia y este podría ser su único chance de comer en todo el día. La mayoría son adultos mayores. como Cecilia Calderón, una jubilada de 70 años que a veces ni puede movilizarse, o como Luis Cristancho, que se traslada desde la vía a Rubio. “Por allá medio comemos, porque casi no se consigue. Aquí sí come uno completo”, agradece el hombre alto, mientras degusta un plato de arroz con pollo.

Si cada mediodía se forma una cola desordenada en la acera, es porque la capacidad física da para 27 comensales por ronda. A medida que van saliendo, dejan entrar a quienes esperan. Estos voluntarios llenan los estómagos de entre 90 y 120 beneficiarios al día, pero ¿hay gente que se está quedando sin comer? Arellano responde: “Antes más bien nos sobraba comida, pero últimamente hay gente que se queda sin comer; cubrimos hasta donde tenemos”. Serrano ratifica el criterio: “Mientras haya alimento, a todo el que llega se le da el plato de comida”.

La obra también pasa por la entrega de alimento espiritual: antes de servir la mesa, una joven dirige la oración del padrenuestro y le reza a Jesús de la Misericordia. Todos contestan con respeto.

La Fundación Pan de Vida cumplirá el martes 13 años de actividad. Empezó con seis supervoluntarios y ya son más de 80, recuerda su fundador, el presbítero Iván Jaimes. Además de esta sede de La Ermita, tienen casas en El Cobre, La Tendida, y cerca del Hospital Central (allí familiares de pacientes pueden bañarse y lavar ropa). En todas regalan almuerzo a los más necesitados; solo entre enero y julio de este año sirvieron 33.282 platos. “A veces compramos el arroz o la harina extremadamente caros, a veces de donaciones, de repente no tenemos algo y nos llega, pero Dios nunca se deja ganar en generosidad”, confía el sacerdote.

La actividad más reciente en la Fundación, llamada “Pan de Vida en la Calle”, se repite cada tarde-noche del miércoles: tres grupos de bienhechores toman las rutas de La Ermita hasta el Seguro Social, del centro y La Concordia hasta el terminal de pasajeros y directo al Hospital Central, a repartir arepas, unas 500 por semana.

La Fundación solo da una colaboración a quienes cocinan, pero los supervoluntarios lo son totalmente ad honórem y, para repartir las 10.000 arepas que han entregado hasta ahora, incluso ponen a disposición sus carros. Son jóvenes, o profesionales, o adultos mayores que sirven de corazón. “La clave para que ellos se mantengan está en que amen a Dios”, revela Jaimes, también párroco de la iglesia Divino Redentor en la Unidad Vecinal.

 

La hermana que depende de la caridad para hacer la caridad

 

“La vocación de servicio se ha acabado mucho”

No recibe salario, ni pensión. Depende de la caridad de otros para hacer la caridad a otros. Este podría ser el lema que define a la hermana Cecilia Contreras. La religiosa es la piedra fundamental de su obra social, aunque en su caminar ha conseguido benefactores y un grupo de voluntariado que le asiste. Es afortunada en un mundo donde, considera, la vocación de servicio se ha acabado mucho.

Su trabajo es a tiempo completo por los demás. Desde que fundó su plataforma de acción, la Fundación Civil Misionera de la Misericordia (Fundacimmi) no conoce un día de descanso.

La más reciente de las líneas de trabajo que fortalecen su obra es la Guardería Geriátrica “Cabellos de Plata”, idea que nació para dignificar la vida de los adultos mayores. Tres veces por semana un grupo de entre 15 y 20 abuelos asisten, juegan, meriendan, conversan y se distraen en la casa del barrio Monseñor Briceño, en Táriba.

Entre sus próximas metas está recorrer los sectores Santa Eduviges, El Hiranzo y El Vegón, para captar más ancianos que estén solos y requieran de esos servicios. En ocasiones no necesitan tanto una ayuda, como sí alguien que sencillamente los escuche. “Ahora todo está muy difícil, a veces no tengo mucha comida, ni para mí, pero Dios es muy grande”, cuenta la hermana, que como muchos por estos meses también ha bajado de peso.

Pero, como el árbol se conoce por sus frutos, como dice una cartelera que hizo la hermana Cecilia, la Guardería Geriátrica es apenas el último en aflorar. Más longevos son los programas de visitas domiciliarias a enfermos (desde 1996), los talleres de capacitación (1996), los encuentros navideños de la tercera edad (a partir de 1999) y la celebración de la madre abuela (2005).

Es miércoles por la tarde, y aunque en la planta baja reina el silencio, entre la colección de rosarios y de nacimientos, y sobre todo dentro del oratorio, arriba en la terraza hay pueblo que se está beneficiando. Un grupo de mujeres escucha atento a la profesora. Asisten a un curso de capacitación para aprender a confeccionar lencería de cocina y baños.

La hermana Cecilia emprendió esta obra hace 20 años, con lo que tenía puesto. Pertenecía a la congregación de las Hermanas Adoratrices, pero se retiró con una finalidad muy clara: insertarse en las comunidades, a trabajar más cerca de los hijos de Dios. Escogió, incluso, su propio hábito, de un azul (color mariano) que, por único, llama la atención de quienes la conocen.

Comenzó trabajando y catequizando en el Psiquiátrico de Peribeca, visitando a los enfermos, sola o acompañada por la comunidad, e ideando estos talleres para amas de casa. Después llegó a una vivienda que estaba abandonada en la misma Peribeca y, a punta de pico, pala y machete, la convirtió en todo un hogar.

Se trasladó luego a Barrancas y, desde una pequeña casa cural, desplegó su labor social. Allí fue donde montaron la tradición de celebrar la Navidad con la tercera edad. Ha tenido bienhechores a su lado, entre ellos una amable comerciante sancristobalense con quien solía ir al Supermercado Gómez a organizar bolsas y repartirlas. Se llamaba “la obra del doble pan”, porque no solo les dejaban el material, sino la oración espiritual.

Con esfuerzo, le ha ido insuflando calor de hogar y con sus propias manos le ha hecho mejoras materiales a la casa que ahora habita y que es sede de la Fundación, en Táriba.

 

El joven que vio en el reloj la hora de ayudar

 

A pesar de que hoy los canastos de alimentos estén vacíos, llegará el momento de abundancia, refiere

Conversaba con su hermana, quien le comentaba la necesidad de hacer algo para ayudar a los niños que aguantan hambre. Francisco Javier Rincón, 31 años, padre de dos hijos, se despidió y encendió su moto rumbo al centro de Rubio. En pleno semáforo, se le atravesaron dos niños con un potecito. “Colabórenos, porque tenemos hambre”, le suplicaron.

La frase quedó orbitando en su memoria. Un equipo de amigos voluntarios, encabezado por su esposa Astrid, le ayudó a preparar más de 60 cenas y, el fin de semana pasado, al atardecer del sábado y el domingo, salió al encuentro de unas 15 familias necesitadas del municipio Junín. “Hicimos un recorrido previo para puntualizar, pero esos dos días les llegamos de sorpresa”. Este fin de semana, y los que vengan, repetirán la acción. Está naciendo el Programa “Es tiempo de ayudar”.

“Vivimos tiempos en los que mucha gente se acuesta decepcionada, golpeada psicológicamente por no poder ayudar a sus parejas y a sus hijos, y han olvidado el tema de la oración. Nosotros, antes de que empiecen a comer, hacemos oración por la familia y por los alimentos que van a consumir”, explica Rincón, cristiano que asiste a la iglesia Unidos Para Cristo.

Como padre de familia, le preocupa que los niños dejen de estudiar por falta de alimentos. Una noche de esta semana que termina, cuando con los suyos estaban a punto de servir las arepas de la cena, escucharon que en la calle dos niños gritaron que tenían hambre. “Los mandamos a pasar y compartimos la comida”, relata.

Educador de profesión, Rincón es también uno de los concejales de Junín. “Pese a estar vinculado a lo político, yo rechazo la politiquería”, diferencia quien en el contexto de la gestión pública también ha podido diseñar y aplicar programas de útiles escolares para niños, cine popular en las comunidades, peluquería infantil, atención primaria en salud, deporte, recreación y ecología.

El Proyecto “Es tiempo de ayudar” arrancó con recursos propios y por ahora solo ofrece cenas. “Esperamos una bendición del cielo para ayudar más allá”, augura el joven. Las perspectivas, en todo caso, son buenas. Cuando a través de sus redes sociales invitó a colaborar, se sorprendió con la respuesta privada de mánagers de artistas nacionales y de músicos regionales interesados en conocer más de la iniciativa.

“Dios quiera que la divulgación de todas estas ideas de tachirenses sirva para que pueda abrir muchos corazones de muchas personas”, espera Rincón, quien recordó un mensaje contenido en el libro bíblico del Levítico: a pesar de que hoy nuestros canastos de alimentos estén un poco vacíos, llegará el momento de abundancia donde tendremos que sacar lo poco que tenemos para echar lo nuevo, parafraseó. “Confiamos en esa palabra de Dios”.