En buenas condiciones, saludable y sonriente, da gracias a Dios por su centuria, desde su residencia en el sector El Topón.

De recoger café en el campo pasó a levantar una familia de 16 hijos, en la Ciudad de las Palmeras. “Con mucha brega les dimos estudio”, cuenta la matrona que, con lucidez, alcanza la dicha de vivir un siglo.

En buenas condiciones, saludable y sonriente, da gracias a Dios por su centuria, desde su residencia en el sector El Topón.
En buenas condiciones, saludable y sonriente, da gracias a Dios por su centuria, desde su residencia en el sector El Topón.

“La gente rabiosa como que no hace nada. Hay que hacer todo lo posible por no desesperarse, porque con pelear no se gana nada. La rabia es dañina”. Quien lo dice, con voz dulce y calmada, es María Eulogia Chacón Borrero. Tachirense, nacida el 13 de septiembre de 1916, quizá esta que comparte sea la clave de vida que hoy, 13 de septiembre de 2016, le permite celebrar en Colón 100 años de edad.

El trabajo la define. La primogénita de los nueve hijos de Encarnación Chacón y Marcelina Borrero, agricultores ambos, lo ejerce desde que a sus nueve años, en las montañas de La Soledad, la levantaban a hacer desayuno para luego recoger, pilar o secar café. El mismo aroma que ahora no falta en su cálida vivienda por la bebida mañanera que acostumbra tomar.

Su memoria es un baúl en el que un legajo de recuerdos se conserva vívido. Cuando con su esposo, Valentín Díaz, se bajó del campo a un ranchito en el pueblo, Ramona -la primera de sus 16 hijos- tenía siete meses, “pero ya caminaba solita, era muy guapa”, recuerda en diálogo de una hora con Diario La Nación, para el cual se preparó elegantísima.

Luego de Ramona nacieron Gerardo, María, Amarilis y Gonzalo. De ese San Juan de Colón del siglo XX extraña su tranquilidad y evoca como cada mañana salía a recoger el agua que bajaba por la toma dispuesta en medio de la calle. Porque en la capital del municipio Ayacucho, en otro tiempo como ahora, en pleno siglo XXI, no había ni hay servicio hídrico continuo.

Después de Gonzalo, vinieron al mundo Juvencio, Porfirio (de feliz memoria), Alida, Anselmo y Lorenzo. Ama de casa abnegada, María Eulogia rememora que por entonces los llevaba a la Casa Cuna y en la tarde volvía por ellos. Amén del trabajo, apartar chance para la misa y el mercado, hacían parte de su rutina. Una rutina que terminaba a la luz de las lámparas de querosén, pero que empezaba tempranito.

Tras Lorenzo, la familia Díaz Chacón terminó de crecer con la llegada de Darío, Marlene, Mireya, Alfredo, Marino y Gilberto (el menor, que tempranamente partió a la eternidad). Luego de cargar la leña, en casa se comían arepas de maíz cocinado, rellenas con queso o con lo que hubiera.

Esta gran familia de la cual María Eulogia es raíz, se asemeja a un árbol frondoso que, con 97 ramas extendidas, sigue echando frutos. 10 son los varones y 6 las hembras que parió, 40 sus nietos y 41 los bisnietos, contabiliza de memoria la matrona. “Y viene uno en camino, van a ser 42”, advierte, mientras la nieta embarazada hace registro audiovisual de la entrevista y el pequeño José Ángel (bisnieto) la invade a besos. “Él me quiere mucho”, suelta, dejándose consentir.

¿Pensó ella que iba a alcanzar una descendencia tan numerosa?, surge la inquietud, en una sala de la casa llena de flores naturales y de familiares contentos en torno a la protagonista. “Pues como que no”, contesta María Eulogia. “Pero se llegó el momento en que los tuve todos. Y todos son muy buenos, muy nobles. Con mucha brega les dimos estudio”, dice.

Mireya, hija y su centinela por las noches, lo certifica: “De niños siempre nos decía: ‘estudien, no se queden sin estudiar’. Ella nos preparaba con todo y su pobreza, porque quedó sola”. Enviudó hace unas décadas, cuando el señor Valentín se dio un golpe y falleció. Pero el sacrificio no la amilanó para echar adelante a los suyos y ver titularse a un par de hijos militares, otros educadores, uno farmacéutico y trabajadores en general todos.

Serena, mantiene buen apetito (que no falten los guineos al almuerzo) y duerme toda la noche (a veces hasta habla). Activa, todo el día está pendiente de abrir la puerta, de contestar el teléfono y de cumplir el horario de sus medicamentos. Saludable, no es hipertensa ni diabética, como la mayoría de sus contemporáneos (en diciembre pasado superó sin complicaciones el chikungunya). Juiciosa, si la dejaran ella misma haría los oficios del hogar. Cristiana, tiene horario para rezar el rosario y ver la misa por televisión.

“Las gracias (por cumplir 100 años) hay que dárselas a Dios y a la Santísima Virgen, porque ellos son los que ven de nosotros”, tributa la mujer de ojos marrones, cabello plateado, piel blanca, modales educados y caminar pausado pero estable, que en la intimidad de la oración les habla a Santa Lucía y a María del Carmen.

Pero, además de depositar la fe en Dios, ¿qué debemos hacer los que queremos, como ella, celebrar un centenario y más? Con tono de maestra, y con el dedo índice en alto, María Eulogia contesta: “Cuidarse mucho, de muchas cosas. De no tomar mucho, porque eso perjudica. De no trasnocharse tanto, también es maluco. Tener mucho cuidado”.

Si lo sabrán los Chacón Borrero, pues el ADN familiar traduce longevidad. La cumpleañera, que es la mayor entre nueve hijos, mantiene buenas conversaciones cuando la visitan sus hermanos Pablo, de 98, y Marcelino, de 96 años de edad. Un primo de la familia recién falleció a los 105 años.

Los cumpleaños de antes no se festejaban mucho. “Eran un día más de trabajo”, zanja la homenajeada, con humildad. Pero la celebración de su siglo de vida, si bien no durará tres días como los fiestones del viejo Colón, sí incluirá una misa de acción de gracias, esta noche en su casa, y un compartir familiar el fin de semana. Seguramente todos cantarán el corrido mexicano “Dos pasajes”, ese que, sin dudarlo, María Eulogia considera su canción favorita.

Daniel Pabón

Fotos/Carlos Eduardo Ramírez