Márquez considera que “nuestra crisis, más que económica, es moral y de valores”. (Foto/Carlos Eduardo Ramírez)
Márquez considera que “nuestra crisis, más que económica, es moral y de valores”. (Foto/Carlos Eduardo Ramírez)

El obispo auxiliar emérito de Mérida, monseñor Luis Alfonso Márquez, nació el mismo día, mes y año que el papa Francisco: 17 de diciembre de 1936. “Nos pusimos de acuerdo”, bromea. “Me invitó a la misa de los 77 años en Roma y, como se puede hablar en castellano con él, al final bromeamos sobre esa coincidencia”. Ahora, con 80 años cumplidos, el tovareño de nacimiento reside -desde hace casi cuatro años- en San Cristóbal. De ahí que colabore con la Iglesia del Táchira en lo que lo necesiten.

-Muchos dicen que también en Venezuela se libra una lucha espiritual, ¿es así?

-La Conferencia Episcopal en sus exhortaciones siempre ha insistido que nuestra crisis, más que económica, es una crisis moral, de valores. Una falta de espiritualidad. Por lo tanto, una vez que la gente se olvida de lo espiritual, se deja dominar por lo material y solamente se fija en ello para actuar. Todo el mundo habla de sus derechos, pero nadie habla de los deberes, y esto es grave; así como reclamamos nuestros derechos también tenemos que cumplir con nuestros deberes.

-De esa crisis moral, ¿qué es lo que más le preocupa?

-El no reconocer a los demás. Cuando alguien se empecina en negar que los demás pueden tener razón, sencillamente se rompe toda convivencia y todo diálogo. Lo fundamental en la democracia es que podamos expresar nuestras ideas sin que eso tenga una repercusión en un lenguaje ofensivo. Cada uno puede defender sus ideas, pero sin insultar al otro.

-¿Cuál es la vía para bajar, precisamente, el tono del discurso público?

-Hace muchos años, siempre se decía que el que da el tono para la discusión es el Gobierno. Entonces, si el Gobierno no da un tono de paz y fraternidad, sencillamente los otros no van a seguir. El Gobierno es el primer obligado a tener un lenguaje de paz, tranquilidad y respeto a los demás.

-En estos tiempos de crisis, ¿la gente suele refugiarse más en Dios y en la Iglesia?

-Es interesante ver cómo, desde hace unos años para acá, la asistencia a las misas y a los oficios de las diferentes ramas religiosas ha ido aumentando. Y ha ido aumentando porque el único refugio que nosotros tenemos, cuando no tenemos ninguna solución humana, es Dios. Lamentablemente, eso no tendría que ser así: debemos acordarnos de Dios continuamente, para que no sea un “dios-bombero”, al que solo llamamos cuando lo necesitamos. Tenemos que olvidarnos del Dios-bombero y acudir al Dios-Padre, que está siempre esperándonos.

-¿De qué forma cada cristiano católico puede obrar para vencer esta crisis moral?

-Coherencia. Tenemos que ser coherentes entre lo que nosotros pensamos y lo que nosotros hacemos. En casa, a veces el padre de familia le enseña al niño algo, pero al rato le demuestra lo contrario.

-¿Y de qué forma podemos volver a reconocernos entre iguales?

-La cultura democrática nos lleva a respetar las ideas de todos. Yo viví en Francia en una época en que el Partido Comunista era de los más grandes de Europa, en los años 70, y yo veía que ellos tenían libertad para decir todo lo que quisieran y el Gobierno no les prohibía hablar.

-El papel de la Iglesia católica históricamente ha sido clave en estos procesos ¿Cómo le pareció el comunicado del obispo Moronta del domingo 23?

-Sí, ha sido así. La famosa pastoral de monseñor Arias Blanco en los años 50 decía que en Venezuela hay personas que viven en condiciones que no se pueden llamar humanas. Eso sigue, yo creo que es primera vez en la historia que un país petrolero quiebra. Ahora, no solo el comunicado de monseñor Moronta, sino los que ha hecho la Conferencia Episcopal son contundentes, fehacientes, clarísimos. Lo que pasa es que a veces muchos no quieren leerlos bien, o cuando los leen los tergiversan.

-Usted recibió una marcha opositora que llegó al Palacio Episcopal ¿A una marcha de revolucionarios también la recibiría?

-Claro, claro. Yo fui allá porque monseñor Moronta tenía un compromiso con ordenaciones sacerdotales en El Cobre, y me pidieron que estuviera allí. Si fueran los del PSUV también los recibimos, porque todos somos hermanos e hijos de Dios y tenemos que respetarnos. Además, todo lo que nosotros hacemos tiene que convertirse en oración. Yo, por ejemplo, rezo mucho por el Presidente de la República y por todos los gobernantes. Siempre, lo que pido para ellos es dos virtudes: la prudencia y la sabiduría, las únicas que pidió Salomón a Dios cuando le dijo “pídeme lo que quieras”.

Orar sin importar religión

Próximo a cumplir 55 años de vida sacerdotal, monseñor Márquez pertenece a un grupo de oración que no distingue cultos. “La oración tiene que estar en medio de todos nosotros para hacer que las cosas funcionen. Fundamos un grupo de oración de varias religiones, porque hay que rezar mucho por el país. Hay representantes de siete u ocho iglesias. No nos reunimos a criticar al Gobierno, solo a orar”, aclara. Se congregan casi todas las semanas. Rotan los sitios de oración, así como la persona que la dirige. “Lo más bonito es el respeto al otro”, considera, porque todos rezan las oraciones de todos, y oran también por los enfermos. (DP)