El escepticismo de un cubano en Táchira, después de Fidel

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Seguirá lo mismo. Ahí está el hermano, y detrás del hermano vendrá el hijo. De ellos no podemos esperar nada”, opina un habanero adoptado por San Cristóbal

 

 

Vallas propagandísticas alusivas a la muerte de Fidel invadieron la isla. (Foto/AFP)
Vallas propagandísticas alusivas a la muerte de Fidel invadieron la isla. (Foto/AFP)

Cuando Pedro encendió el televisor la mañana del pasado sábado 26 de noviembre, ni se inmutó. La pantalla enseñaba imágenes de archivo de aquellos tiempos en que Fidel Castro, él y millones más compartían el mismo suelo. Había fallecido el hombre que en medio siglo transformó su nación. “Lo vi como si nada. Me da igual que se muera Fidel a que se muera el señor del edificio de al lado que falleció en estos días, al que ni conocía”, equipara.

Este domingo, puede que Pedro vuelva a encender el televisor. Encontrará imágenes de la ceremonia de inhumación de las cenizas de Castro en el cementerio de Santa Ifigenia; el último de los muchos actos protocolares sucedidos en los últimos siete días. “Fidel debió haberse muerto 50 años atrás. Ni muriéndose cuatro veces pagará lo que le hizo a mi país”, continúa Pedro, al revestir de dolor aquella indiferencia inicial.

El Táchira es habitado por casi 150.000 personas que, al igual que Pedro, nacieron en otro país (INE, 2011). Cubanos, como él, nadie sabe precisar cuántos son. En parte porque muchos, como él, prefieren pasar desapercibidos. “Es que el que opina en mi país, va preso”, argumenta este empleado de una empresa privada, al solicitar la reserva de su identidad. “Todavía tengo familia en Cuba y uno nunca sabe qué pueda pasar”.

Como mantiene raíces de sangre en la isla, en San Cristóbal Pedro vive arrancado de los familiares suyos, que hace tiempo huyeron a Estados Unidos. Sobre el deshielo de las relaciones La Habana-Washington, opina que obedece a dos motivaciones castristas: que les entreguen la base de Guantánamo y que les quiten la Ley de Ajuste Cubano de 1996; un instrumento que otorga discreción a la Fiscalía norteamericana para conceder residencia a inmigrantes de la isla. “Cuando les den eso, se acabará otra vez el acercamiento”, augura.

En territorio, Cuba es igual de grande que Zulia, Táchira y Barinas juntos. En sistemas políticos, Pedro cree que “el gobierno de Maduro está enseñado por aquel”. Pero ahora, con la desaparición de Fidel, más de un analista ha sentenciado que Cuba acaba de ingresar al siglo XXI. Nada de eso, zanja el extranjero en el Táchira: “Seguirá lo mismo. Ahí está el hermano, y detrás del hermano vendrá el hijo. De ellos no podemos esperar nada”.

Hace nueve años Pedro abandonó Cuba enrolado con un grupo de médicos de la Misión Barrio Adentro, el programa social bandera que salvó a Hugo Chávez de perder un revocatorio. En Caracas reparó plantas eléctricas, hizo de chofer y notó, sobre todo, que en la Venezuela del año 2007 había comida suficiente. “A la isla no regreso más”, sentencia, con tono firme. “Y aquí, la comida que había se la tragó la tierra. Me quedaré en San Cristóbal hasta que tenga trabajo, o cómo vivir”, añade el hombre que, por indocumentado, no puede ni comprar alimentos a precios regulados en los supermercados.

De La Habana recuerda las tantas veces que, con libreta de racionamiento en mano, iba a la bodega y “muy baratamente” compraba cinco libras de arroz o dos de caraotas para todo el mes. “La carne de res la comen apenas los niños y los viejos mayores de 60 años. Todavía ahora, año 2016, solo dan media libra una vez por mes”, asegura.

Eso es el comunismo para él. Eso, y que un litro de gasolina cueste dos dólares, pero casi nadie pueda surtir. Eso, y que hayan llegado carros nuevos a los concesionarios, pero los precios sean tan exorbitantes que el pueblo no pueda acceder a ellos. Eso, y que a su abuelo, que tenía una tienda de ropa, una zapatería y una carnicería, todo se lo expropió el Estado. “Esta gente acostumbró al pueblo cubano a ser carnero de ellos”, resume en una oración.

Claro que sería imposible generalizar que todos los cubanos dispersos por el Táchira opinan como Pedro. Otros de sus coterráneos, consultados informalmente para este trabajo, se desvanecen en agradecimientos hacia Fidel, han llorado su muerte y pronostican que la isla tendrá un futuro próspero en manos de su hermano Raúl. Son devotos del comunismo.

Con 70 años de historia personal, con el localismo “toche” a ratos pronunciado con un acento inconfundiblemente cubano, y con un futuro tan incierto como el de su patria de origen, Pedro debe seguir trabajando. En la última media hora, fue a La Habana en recuerdos y regresó escéptico, tal vez decepcionado. “Nunca en mi vida he votado por nadie, y creo que nunca lo voy a hacer. No elegí a Fidel, pero gracias a Fidel no creo en la política, sino en trabajar para medio comer”.

Daniel Pabón

 

 

Carías durante su entrevista con Fidel, en las páginas de El Nacional.
Carías durante su entrevista con Fidel, en las páginas de El Nacional.

El primer latinoamericano

que entrevistó al victorioso

Entre más de 2.000 de todo el mundo, Germán Carías Sisco fue el único periodista venezolano que cubrió los históricos hechos del triunfo de la Revolución Cubana, en enero de 1959. Enviado especial de El Nacional, llegó a la isla el día 2 y de inmediato buscó a Camilo Cienfuegos, mano derecha de Castro, a quien el experimentado reportero había conocido antes. “Voy a hablar con Fidel a ver si te cuelo por ahí”, le prometió el revolucionario.

Lo convenció. El 3 de enero de 1959 en el Cuartel de Santa Clara, donde llegaron los rebeldes luego de derrocar a Fulgencio Batista el 1° de enero, Carías se convirtió en el primer latinoamericano que logró una entrevista con Fidel Castro. Diez minutos de diálogo, que se convirtieron en noticia de primera página al día siguiente. El segundo, después de Carías, fue el editorialista del New York Times Herbert Matthews, quien ya era próximo al líder.

Carías, el cuarto director que tuvo Diario La Nación y ahora hijo adoptivo de San Cristóbal, también presenció los primeros fusilamientos en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, entre ellos el del venezolano Cornelio Rojas, jefe de policía de Santa Clara. “Lo fui a ver a la celda el día anterior. Se arrodilló y, llorando, me imploraba que hablara con la Cancillería o el embajador. Fue el quinto en ser fusilado”, evoca el maestro del periodismo.

Testigo del primer gran mitin de la Revolución Cubana en el malecón de La Habana, el 8 de enero, Carías se coló entre la multitud y, al acercarse a la tribuna, recuerda el diálogo privado entre los oradores: “¿Cómo voy?, preguntaba Fidel. “Vamos bien”, le contestaba el “Che”. Metido entre la masa, un pelotón de entre siete y ocho milicianos disparó en conjunto varios tiros de salva con sus fusiles, causándole al reportero lesiones en el oído izquierdo.