El estigma de la mujer ebria

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“Lo mejor que me ha podido pasar es ser alcohólica, cuando llegué al grupo escuchaba a la gente decir gracias que soy alcohólica o alcohólico, y al principio me sorprendía, lo negaba. A medida que ha pasado el tiempo me fui dando cuenta que es una bendición, porque estoy dentro de un programa que me enseña a amarme y a perdonarme”.

Esta es la historia de Lisbeth, una mujer emprendedora, elegante, llena de vida, madre de dos hijos,  trabajadora, con una posición social y económica equilibrada para sostener a su familia; sin embargo, una enfermedad llegó a su vida y de una manera silenciosa se apoderó de ella, le fue quitando su personalidad y su paz interior hasta resquebrajar su alma, pensamientos,  sentimientos, emociones y  acciones. Este tipo de mal que destruye al ser humano se llama: alcohol.

La mujer alcohólica no tiene ningún tipo de límites, sea de clase alta, baja, educada, profesional, joven, vieja, abuela. Hay mujeres que se alcoholizan después de cierta edad adulta. La persona está reprimida y le dio paso porque se sintió liberada al tomar.

“Yo empecé a tomar los fines de semana, cuando venía el viernes yo lo esperaba. Cuando me di cuenta  tomaba miércoles, jueves y  viernes. Siempre buscaba excusas para beber. Tomaba sola en mi casa. Llegó  el tiempo en que dormía en el piso, amanecía  en el baño, me desnudaba y despertaba al lado del sanitario  y con lagunas mentales. La mujer se vuelve como la expresión ´mango bajito´, a uno no le importa ser infiel, no se respeta, se pasan los límites y para uno es normal”.

Oración de la serenidad

“Dios concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar… valor para cambiar las que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia…”, Reinhold Niebuhr

Ella se desprende entre sus comentarios y expresa: “La realidad es aceptar que todo es una careta.  Mi familia me decía tú no eres alcohólica, si tú tomas igual que todas  en la casa, porque en mi familia todos toman. Por eso al principio me negaba a admitir mi condición”.
El estigma de la mujer alcohólica en la sociedad venezolana y en este caso la tachirense, donde el consumo de alcohol es aprobado en todas partes, se inicia en la mayoría de los casos desde el  hogar. Cuando se tienen padres muy permisivos con los hijos y también cuando padre  o madre son bebedores y es el ejemplo que los hijos ven, expresó Lisbeth.

Señala que cuando se habla de la mujer alcohólica, la gran mayoría de las personas se imaginan aquella mujer que  está en  situación de calle, una mujer de bar, una  prostituta o una mujer que está  tomando en una esquina; pero no es así, dice completamente segura.
“Por lo menos en el caso mío,  yo vengo de una familia donde estaba mamá y papá; sin embargo, mi papá tenía una familia paralela, además era un hombre muy fuerte y se hacía lo que él decía. Nunca hubo una palabra cariñosa, una palabra de amor, aunque no nos faltara nada, yo como niña siempre busqué la aceptación de ese padre, querer que él me amara”.

Creció  con una serie de miedos y  temores, para luego convertirse  en una mujer brabucona,  que copió conductas de su padre. Así lo reveló serenamente, explicando cada paso de  su vida,  hasta  llegar a  Alcohólicos Anónimos (A.A ), lugar que le dio un vuelco  al despeñadero de destrucción al que se dirigía.

En el Táchira hay grupos  de A.A en los diferentes municipios, a los cuales llegan mujeres cuyo común  denominador las caracteriza, situaciones de: tristeza, frustraciones,  miedos,  autoestima baja,  divorcio, violaciones, entre otras causas que las han hecho caer en el alcohol como medida de escape.

Un llamado a todas las mujeres: “Yo he sufrido mucho en la vida, yo puedo divertirme; pero hoy pregunto: ¿De qué manera te estás divirtiendo mujer?, ¿Qué mensaje le estás dando a tus hijos o si no tienes hijos, al resto de tu familia, amigos o personas que te rodean?, ¿Cómo te estás valorando?, ¿Que daño te estás haciendo?

Doctor traigo a mi hijo para que lo enseñe a tomar

Imagen de referencia.

Lisbeth cuenta  en un instante de la conversación, el motivo de su despertar ante la crisis con la que  estuvo pendiendo de un hilo y  casi pierde la vida: “Tengo dos hijos, una hija de 27 y  un hijo de 23 años. Cuando ellos comenzaron a crecer veían todo lo que ocurría a su alrededor en el hogar.

A la edad de 14 años mi hijo comenzó a consumir alcohol, para mí  fue algo normal.  Yo me hice  amiga de sus amigos y empecé a tomar con ellos.

Al cumplir los 18 años estalló la  alarma, cuando mi hijo, carro que agarraba, carro con el que tenía un accidente. Fueron siete accidentes de tránsito, el último con heridos. Yo dormía con el celular en la mano porque no sabía a qué horas me iban a llamar para darme una noticia de mi hijo.

Jamás me di cuenta que el problema grave lo tenía yo. Le pedía a Dios que me ayudara con mi hijo y que él dejara de tomar”, suspiró, hizo una pausa y enmudeció por un momento.
La recuperación del hijo de Lisbeth comenzó en una clínica  de rehabilitación. Ella lo llevó y en la consulta le contó lo sucedido al doctor y le dijo: “Doctor,  traigo a mi hijo para que  lo enseñe a tomar”, el doctor sonrió y contestó  “es que este no es un programa para aprender a tomar, es para dejar de tomar”.

El alcohol es una enfermedad,  explicó  el médico -es como una alergia,  es como cuando usted se come un camarón y, si es alérgica, se empieza a ahogar. Así es el alcohol-.
Todas las personas no tienen ese problema, hay gente que se toma dos o tres copas y no más, en el caso  de Lisbeth era otra cosa.  “Yo tenía que tomarme hasta la última copa, hasta el otro día, soy de las personas que se preparaba con una botella en el bolso cuando me iba a  una fiesta, si se acababa el brindis yo sacaba la mía”.

Dijo Lisbeth que, muchas mujeres, como  en su caso, buscan la aceptación de amigos -y somos aquellas que vivimos  comprando el cariño de otras personas, brindando espléndidamente, porque tapamos esas carencias con el alcohol-, reafirma- así era yo.

La decisión

Durante la rehabilitación de su hijo,  un día unos integrantes de Alcohólicos Anónimos lo visitaron en la clínica y lo invitaron al grupo, pero ella fue la que comenzó a resistirse, entre conversación y conversación finalmente convino. Ella entró solo para acompañar a su hijo y observaba.

Las historias de cada persona comenzaron a resonar en sus oídos y se fue dando cuenta que ella tenía el mismo problema, y hasta peor. Recuerda que su primera reacción fue de rabia y se preguntaba por qué una mujer exitosa tiene que terminar en alcohólica.

Actualmente Lisbeth, una empresaria tachirense de 46 años de edad,  tiene  dos años sin consumir  bebidas alcohólicas, está viviendo su cuarto matrimonio.  Cuenta satisfecha que su esposo, a quien conoció en los últimos cuatro años de su alcoholismo, le da equilibrio, es amoroso, comprensivo y le manifiesta que si ella hubiese seguido en esos pasos no estarían juntos.

Su hijo también sigue integrando uno de esos  grupos y ha superado gran parte de ese trauma; le quedaron secuelas de la enfermedad, sufre de vértigo, él tomaba todos los días y ya había comenzado a sentir temblores en todo su cuerpo. Todavía  asiste a chequeos médicos en Caracas para su completa rehabilitación.

La decisión de superación de Lisbeth ha sido un proceso muy difícil para ella. Asegura que le  ha funcionado porque  aceptó su enfermedad desde el momento en que entró al grupo de A.A.  Hoy día es  representante de los servicios generales del grupo al que pertenece y dice que sí se puede ser feliz y salir del abismo del alcoholismo.

El problema del alcohol va mucho más allá de una botella

No es normal que se consuman tragos todos los fines de semana. Cada persona debe analizarse o escuchar a quien  de alguna manera llamamos impertinente, y es ese citado ángel que aparece y te dice: ¡Oye, no estás haciendo las cosas bien!.  No es normal tener lagunas mentales. No es normal que pelees con todo el mundo cuando consumes alguna bebida alcohólica. No es normal que te reúnas con amigos y si no bebes para ti no es igual,  eso no es normal, cuenta firmemente.

“Cuando yo entro a la comunidad de Alcohólicos Anónimos, ingreso con  tres divorcios en mi vida, no me podía comunicar de una manera sana con las parejas que yo tenía, me convertí en una mujer controladora, soberbia,  autosuficiente.  Todas  las cosas tenían que hacerse a mi manera y entonces nadie se aguantaba una situación de estas”.

Deja muy claro con la frase, el problema del alcohol va mucho más allá de una botella, porque es  una  enfermedad  que acaba  y envuelve el círculo social en el que se desenvuelve esa persona.

82 años salvando vidas en un programa espiritual

“El programa de Alcohólicos Anónimos es un programa de valientes, para mujeres y hombres,  en el cual te empiezas a despojar, como una cebolla te vas  quitando capas y capas; pero esas capas cada vez que te las quitas te van doliendo y es cuando comienzas a conocerte. Este es un esquema que te enseña a perdonarte; en AA no te dicen que dejes de beber, no te prohíben nada. AA no te lleva por la senda de Dios, pero es un programa espiritual”, dijo esta mujer  que cumplió un poco más de 730 días sin tomar alguna bebida etílica.

“Yo comencé a buscar también a ese Dios que me está llenando aún más ese vacío que queda, ese Dios  al que yo me le arrodille y le diga que yo soy impotente ante el alcohol, que soy una mujer que necesita de él y que se haga su voluntad y no la mía”.

Insistió en que el único requisito para ser miembro de A.A es dejar la bebida,  el programa es gratuito, recibe a la persona sin tarjetas de presentación. No ve religión, ni partido político. El programa cumplió este 10 de junio,  82 años salvando vidas a nivel mundial, tampoco sus miembros dicen que son los únicos para solucionar el problema.

“Estoy sumamente agradecida. No tengo manera de pagarle, creo que con ser obediente, asistiendo a las reuniones, prestando mi servicio, llevando mi mensaje de A.A a las comunidades y ayudando a quien lo necesite para seguir salvando más vidas”.

Aquellas personas interesadas en recibir información pueden acercarse hasta la sede de A.A más cercana a su hogar o llamar a los  siguientes números: 0276-3444172/0501-SOBRIOS / 0501-762.74.67.

(María Teresa Amaya)