Bajo lluvia y con la algarabía de los graduandos se vivió la jornada final.
Bajo lluvia y con la algarabía de los graduandos se vivió la jornada final.
Bajo lluvia y con la algarabía de los graduandos se vivió la jornada final.

Llovía, pero en los rostros de los estudiantes por fin salía el sol. “Ya uno ni se acuerda de cuándo fue el primer día de clase”, intenta evocar Oswaldo Chacón. Escarbando, regresa a ese 26 de mayo de 2015 desde el cual el estudiante de Ingeniería Ambiental se identifica como del noveno semestre. Debía durar 16 semanas y, por la crisis nacional, se extendió hasta 51.

El pasado viernes terminó otro semestre de un año en la Universidad Nacional Experimental del Táchira, la casa de estudios superiores con la mayor matrícula del estado. Si las protestas de encapuchados y los paros por salarios y presupuesto resultan difíciles para todos, lo son más para quienes acarician la recta final. “Fue un semestre muy golpeado”, lo evalúa Chacón, quien perdió las propuestas de pasantías que contactó el año pasado.

Su compañera Carolina Montero ya fue pasante y, como en una carrera de 100 metros, no ve la hora por coronar la meta. “Debí graduarme en diciembre, ahora espero acto para agosto”, le complementa. Sin título en mano, ha rechazado varias ofertas de trabajo en el exterior.

Mientras en el hall del edificio A los muchachos en “promo” celebran a ritmo de samba, del B salen de clase Fabián Higuera, Yamit Contreras y el resto del grupo del primer semestre de Ingeniería Mecánica. Salen unos 28 pero, contrastan, el mayo pasado comenzaron 40. “Muchos se fueron, se decepcionaron o abandonaron al ver que reprobaron los parciales”, describe Higuera.

Contreras, que es de Apure, pagó arriendo por una habitación vacía durante más de seis meses. Pisará el segundo semestre con expectación porque, si este año el Gobierno nacional no transfiere presupuesto a las universidades y se repite la medida de un paro, tendrá que buscar trabajo. “No motiva tanto estudiar, uno se gradúa de ingeniero y no encuentra nada”.

Edificio adentro, repasando la última evaluación, está Carmen Porras junto a los demás cursantes del séptimo semestre de Ingeniería Civil. Para ocupar el tiempo perdido, se inscribió en una universidad privada y empezó a probar otra carrera. “Entiendo y comparto que estamos mal, pero creo que los paros no están llevando a nada”, opina con solidez.

Junto a una amiga, pierden la cuenta de los compañeros que en los últimos meses emigraron, decidieron trabajar o se mudaron de pupitre. Los que se quedaron admiten que tuvieron discontinuidad en las materias y que debieron ver los contenidos de forma más acelerada. Así es la estampa del pregrado. Sin embargo, formación permanente y posgrado son esas válvulas que nunca dejaron de bombear conocimientos en un contexto de paros y protestas.

Del otro lado del salón, guapean los profesores. Ricardo Chacón, jefe del departamento académico de Ciencias de la Salud, analiza el panorama desde el punto de vista de la rentabilidad: “El semestre no fue nada rentable. Hubo un uso extremo de recursos, tanto materiales como físicos, se tuvo que repetir conceptos en muchas oportunidades, se tuvo que reevaluar y hubo mucha deserción de los estudiantes, al ver que no cumplen con las metas y objetivos previstos”.

Con salarios desajustados a la realidad nacional, los profesores universitarios son tal vez la cara más visible de la problemática del sector. Pero no la única. Siguen el viernes, la samba y la lluvia. Mientras más de 9.000 estudiantes le ponen punto final al cuaderno, el rector Raúl Casanova inspecciona parte de la planta física del edificio A. Diagnóstico: muchos bombillos quemados, no hay fondos para sustituirlos.

Bajísimos sueldos, presupuesto deficitario, mermada investigación, cero recursos para funcionamiento y mantenimiento. La crisis de las universidades parece tan amplia como los ejercicios de Termodinámica que intentan resolver, al mismo tiempo, en otra aula. Desde el año 2012, los semestres han sido más o menos así de traumáticos porque el Gobierno nacional se niega a escuchar, reconocer y conciliar, insisten desde los gremios.

La deserción no solo toca a la UNET sino a todas las universidades nacionales e incluso privadas; es un problema globalizado, aclara Casanova. De la universidad que dirige se fueron alrededor de 2.500 estudiantes entre 2012 y 2015. Imagine 62 aulas de 40 pupitres, todas vacías.

“El deterioro de las instituciones es lo más complicado, producto de la situación presupuestaria que viven nuestras universidades”, engloba el rector. El próximo semestre en la UNET, dice el papel, arranca la última semana de mayo. El tiempo ya dirá cuánto dura; si sale el sol o sigue lloviendo.

(Daniel Pabón)