El amor de madre desafía la distancia. Seis mujeres relatan en primera persona la experiencia de despedir a sus hijos que partieron en busca de nuevas oportunidades, todos profesionales y en edades productivas.

Hoy, cuando se celebra el Día de la Madre, no es el regalo lo que más añoran sino un abrazo cálido. Todas tienen en común la fe del que espera un próximo reencuentro y el echar de menos las reuniones familiares. Por ahora, ejercen su rol sin apego, imponiendo el amor sobre los sacrificios.

María Cruz Carrasquel, ama de casa: “Es un reto hacer ver que la distancia realmente no es distancia”

“Hace un mes despedí a mis dos hijos en el aeropuerto de Maiquetía. El varón de 27 años se fue a España y la hembra de 25 a Argentina, ambos profesionales y bilingües. Uno nunca se prepara para esto, pero te convences de que es lo mejor. Yo lo catalogo como un luto, sientes un hueco en el corazón. Llegar a casa y ver y las habitaciones vacías y el closet lleno de recuerdos. Siento que se fueron obligados, porque estaban perdiendo los mejores años de su vida. Aunque todos los días lloro, me alegro cuando converso con ellos y veo que están bien. Están haciendo cosas que aquí no podían hacer y buscando oportunidades. Es un reto hacer ver que la distancia realmente no es distancia. La tecnología nos ayuda mucho, por WhatsApp hablamos a diario. Nos gusta mucho el deporte y conversamos sobre los partidos. Yo me he dedicado a acomodar mi casa, readaptarme. Entre mi esposo y yo nos animamos.  Apenas se están instalando, no sé cuándo los vuelva a ver, pero me alimento de la esperanza de un próximo encuentro. Este Día de las Madres estaremos unidos en sentimientos”.

Los fines de semana se me hacen eternos, pero no me  importa cambiar mi  vida por mis hijos, asegura Maribel Cabrera.

Miriam Josefina Prado, enfermera: “Los hijos son de la vida y la vida nos exige decidir y hacerlo bien”

“No dejo de llorar, lo hago todos los días, desde el 18 de diciembre cuando Mairim se fue a Chile. No es igual que un hijo se case y se marche, a que se vaya del país. Hablamos todos los días y siempre me repite lo mismo: ‘mamita, no llores’. Pero es imposible no hacerlo. Tiene 32 años. Celebro que le hayan dado la visa, porque aquí no podía vivir como quería, sin la angustia por la inseguridad. Los hijos son de la vida, no de nosotros, y la vida nos exige decidir y hacerlo bien. Vivo todos los días el sueño de irme en septiembre para visitarla. Soy enfermera. Tengo 42 años de ejercicio y me sobrepongo sirviendo en el Hospital Universitario y en el Materno de El Valle. Trabajo todas las noches y he obtenido lo que tengo con sacrificios. No me iría del país porque aquí tengo a mi familia y a mi madre”.

Maribel Cabrera, líder vecinal: “Mi familia más cercana son mis vecinas, nos acompañamos y damos ánimo”

“Qué más podemos hacer las madres sino luchar. Yo vivo sola con dos perros. En 2003 despedí a mi hija mayor (arquitecto), en 2012 se fue la menor (periodista) y en 2015 partió el varón (mecánico aeronáutico). Los tres están en Estados Unidos, para ellos no ha sido fácil, pero allá están mejor. Para comunicarnos dependemos del wifi, que en mi casa falla mucho, pero todas las semanas hablamos. ‘Te llamo para que me escuches’, me dicen. Me cuentan sus problemas. Para asegurarse de que tengo comida, a veces me piden que abra la nevera y les mande una foto. Estar en la asociación de vecinos de la urbanización Terrazas del Ávila me ayuda mucho. Mi familia más cercana son mis vecinas, nos reunimos en el parque y nos damos ánimo. Este Día de las Madres lo celebraré marchando”.

Soy afortunada porque, a diferencia de otras madres, tengo a mi hija que lucha por su futuro, asegura Blanca Martínez

Blanca Martínez, abogada: “Sufro de hipertensión, ella me manda medicamentos y comida”

“Mariajosé es mi única hija y la amo sin apegos, con libertad. El día que se me fue sentí como si se desprendía un pedazo de mi cuerpo. Ella está bien, en EEUU, y eso me alegra porque no está acorralada por la inseguridad ni la escasez. Sufro de hipertensión y ella me manda los medicamentos y comida. Los jóvenes que se van dejan un gran vacío en un país coaccionado. Tengo 68 años, 14 hermanos y todos están en Barquisimeto, estoy sola. El 9 de mayo, cuando cumplió años, compré una torta y lo celebramos por Skype. Ambas comimos pastel, ella en Kendall, Florida, y yo en Caracas. Estuvimos conectadas por varias horas. Ahora hablamos más. Ningún padre debe ser una carga. Dicen que el duelo migratorio dura dos años, pero cuesta superarlo. Venezuela se queda sin capital profesional”.

Solmar Salazar, ingeniera: “Todos los domingos hacemos una videollamada familiar”

“Una está en EEUU, otra en Canadá y otra en Alemania. Se graduaron aquí de Administradora, Contadora e Ingeniera Química y,  afuera, trabajaron de cajeras y niñeras para pagarse sus estudios de postgrado. Ahora la familia crece lejos. Se casaron y ya tengo un nieto. No creo que regresen, allá tienen casa y carro, lo que nunca iban a poder tener aquí, aunque trabajaban en empresas reconocidas. Todos los domingos hacemos una videoconferencia, cuando hay marcha me llaman para que no vaya. A veces mandan comida y productos de higiene personal. Me cuentan sus problemas, si pelearon con el jefe. Cuando me enfermo no les digo nada para que no se preocupen. Siempre que llego a la casa empiezo a cerrar puertas. Antes el apartamento nos quedaba chiquito, ahora me quedó enorme”.


Yubirí Quiñones, ama de casa: “El amor de madre supera todos los sacrificios que haya que hacer”

“Mis dos hijas y tres nietos de 6, 3 y 2 años están en España. La mayor se fue hace tres años y la segunda en diciembre. El menor está preparando todo para irse. Se me hace un nudo en la garganta. Antes, los fines de semana siempre estábamos juntos, ahora se ha perdido la esencia de la familia, pero el amor de madre supera todos los sacrificios que haya que hacer. La diferencia horaria me coarta la comunicación, a veces me quedo despierta hasta las 2 de la mañana para agarrarlas cuando se están levantando.  Mis nietos me dicen: ‘si vienes te presto mi cama’, y les piden a sus mamás: ‘llévame con mi abuela’. Hace tiempo yo estuve viviendo fuera de Venezuela por varios años pero siempre añoré regresar porque como mi país no hay otro. Ahora me veo obligada a emigrar nuevamente”.

Mi familia quedó fracturada pero ahora puedo dormir mejor, sin la angustia de que les pase algo, dice María Cruz Carrasquel