Amaya llega antes de la hora de entrada. (Foto/cortesía HC)

Ingrid Ayala y José Edgar Amaya no solo deben ser de los primeros en las nóminas, por orden alfabético, sino también de los más destacados en sus instituciones. Son dos ejemplos de mística en los que se pueden reflejar muchísimas mujeres y hombres del Táchira productivo

Llega un nuevo Día Internacional del Trabajador, la fecha que siempre recuerda a los llamados “mártires de Chicago”: un grupo de sindicalistas ejecutados en los Estados Unidos por participar en jornadas de huelga que reclamaban que los días se repartieran en una jornada laboral de ocho horas, otras ocho horas para el ocio y ocho más para el descanso.
En Venezuela, el presidente y sancristobalense Isaías Medina Angarita decretó por primera vez un Día del Trabajador, pero fue hasta el gobierno de Rómulo Betancourt cuando la efeméride sería fijada en el calendario como feriado, con derecho a remuneración por parte de los empleados.
El derecho laboral venezolano nació a partir de la promulgación de la primera Ley del Trabajo, el 23 de julio de 1928. Este instrumento permitió superar las disposiciones del Código Civil sobre Arrendamiento de Servicios que regía las relaciones laborales. Se afianzó con la promulgación de la Ley del Trabajo del 16 de julio de 1936, que estableció un conjunto de normas para regular los derechos y obligaciones derivados del trabajo.
Lo anterior lo refiere la exposición de motivos de la actual Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras. Este preámbulo también explica que, a partir de entonces, la evolución de la legislación laboral venezolana ha marchado en paralelo a la historia de las luchas sociales de los trabajadores, “produciéndose una relación de mutua influencia que ha legado importantes páginas a la historia contemporánea del país”.
En el Táchira habita una altísima fuerza productiva. No por casualidad, incluso en el resto del país, el tachirense suele ser bien ponderado en su desempeño laboral. Las siguientes dos historias pueden ser apenas una representación, un espejo en el cual se pueden mirar todos quienes este lunes festejan su día.

Daniel Pabón

 

“No me considero jefe,
sino un compañero más”

Amaya llega antes de la hora de entrada. (Foto/cortesía HC)

El miércoles pasado José Edgar Amaya salió de casa, como de costumbre, a eso de las 5:20 de la mañana. Ya entonces les había hecho las arepas a dos nietos. El transporte público, que tomó en la vía a Rubio, lo dejó frente al Hospital Central de San Cristóbal, la que considera su segunda casa, a las 6:00 de la mañana. Esto, aunque la hora formal de entrada sean las 7:30.
“A las 6:15 me llamaron y de una vez empecé a trabajar. Nunca llego después”, alecciona, quien tiene 22 años laborando en el primer centro asistencial de la región. Llegó como pintor, y ahora se desempeña como coordinador general de infraestructura.
Amaya calcula que a diario camina unos 10 kilómetros subiendo, bajando, yendo a pabellón, UCI, sótano, emergencia y los pisos a hacer reparaciones junto a plomeros, carpinteros, pintores y herreros. “Mis compañeros de trabajo colaboran todos conmigo, tengo buen trato con ellos y, al sitio que vayan, yo los acompaño. No me considero jefe de ellos, sino un compañero más”. Esa, dicen los entendidos, es una de las claves del liderazgo.
Es técnico en artes gráficas. Un tiempo atrás, en Caracas, también empezó como ayudante general y 17 años después se fue como prensista de una empresa. Padre de cuatro hijos, Amaya igualmente ha limpiado caña y sigue labrando en el campo, con pequeños cultivos para consumo propio.
“El trabajo para mí ha significado mucho, he aprendido más”, observa quien ve su día a día como una escuela, donde él es alumno de unos y profesor de otros. A sus 69 años, no tiene previsto el retiro, en una institución estatal donde se nota que lo quieren y donde todos, desde el médico hasta el que repara una tubería, son importantes.

“Lo mejor de lo que hago
es el trato con el público”

Ayala tiene alto sentido de pertenencia. (Foto/Daniel Pabón)

El cargo de Ingrid Ayala es, en palabras técnicas, repartidor postal telegráfico. Con 21 años de servicio, es cartera de Ipostel. “Es una labor muy encomiable”, valora quien, gracias a este trabajo, crió a sus dos hijos y formó su hogar. “Amo la institución porque aquí llegué muy jovencita y aquí me formé. Tenemos un alto sentido de pertenencia”, considera.
Su jornada formal empieza a las 7:30 de la mañana, con los procesos de parado, picado y embarriado, que es como ellos acomodan la correspondencia para distribuirla. La separan por formatos, si son impresos o cartas. Tienen las modalidades de envíos certificados, en cuyos casos el cliente debe firmar, y tradicionales, que generalmente dejan por debajo de la puerta. Así, y aunque son cantidades que varían, en una jornada bien puede repartir entre seis y siete paquetes y entre dos y tres kilos de correspondencia.
¿Alguna dirección que nunca se encontró? No. pero, ¿anécdotas? Muchas. Entre risas, Ayala recuerda que estaba más jovencita cuando, hace tiempo, un hombre en paños menores le abrió la puerta, o también recuerda las tantas veces que los perros la han perseguido. Tocando tantas puertas, los carteros se encuentran con gente amable, aunque también con personas groseras. Porque, como describe ella, al advertir la presencia de estos trabajadores unos se alegran y otros se desagradan, según la noticia o lo que reciban en la carta o la encomienda.
“Para mí lo mejor de mi trabajo es precisamente el trato con el público”, sostiene la trabajadora que, a diario, se levanta a las 5:00 de la mañana para asistir a la sede, en el histórico Edificio Nacional, donde Ipostel labora desde hace 39 años. Sin conocerla, seguramente muchos usuarios esperan por ella.