La atención al paciente mental en el Táchira parece un vía crucis: el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica “Raúl Castillo” labora con déficit presupuestario y a su máxima capacidad: 230 cupos. Allí internan los casos crónicos pero, por esta misma realidad de escasez y altos costos, también los están recibiendo en la Unidad de Pacientes Agudos del Hospital Central. Como las 30 camas operativas de la UPA igualmente están llenas, algunos enfermos psiquiátricos se quedan en la emergencia general. Quienes no ameritan estancia clínica, sufren por la alta escasez de psicotrópicos. La consecuencia: retroceso en sus enfermedades.

Daniel Pabón

Marina Sánchez conoce la realidad del Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica de Peribeca desde el primer día. En 43 años y medio, no recuerda una situación tan fuerte. “En ningún momento habíamos tenido una crisis tan acentuada como la de ahora, de la magnitud de la que tenemos ahora”, expresó la directora general de la institución.

Con el epónimo de Raúl Castillo, un psiquiatra rubiense que trabajó mucho tiempo allí, en alianza con los fundadores, los médicos Arellano y Alvarado, el del Táchira es uno de los únicos nueve establecimientos psiquiátricos de larga estancia que funcionan a escala nacional. Mantenerlo, últimamente se está pareciendo a una misión imposible.

Alimentos y medicación son las dos necesidades que priorizan integrantes del equipo administrativo. Todo parte del tema presupuestario. El Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica “Dr. Raúl Castillo” opera como una institución privada, que contrata la atención de los pacientes con el Ministerio de Salud.

Esa contratación, en primer lugar, no ha sido renovada desde su vencimiento hace cuatro años y, en segunda instancia, lo que la cartera sanitaria cancela es insuficiente: el aporte equivale a 800 bolívares diarios por paciente, cuando el gasto real actual oscila entre 3.000 y 4.000 bolívares diarios por paciente. La estadal Corporación de Salud aporta un pequeño subsidio que cubre alrededor de 30 bolívares al día por paciente.

Además de resultar insuficiente, el aporte llega con retardo. “Ahora tenemos tres meses que no pagan, tres meses de atraso”, reveló Sánchez el martes pasado. “Hemos acudido a todas las instancias: Ministerio, Asamblea Nacional, Defensoría del Pueblo, mesas de trabajo. Estamos esperando respuestas, pero hasta ahora no hay nada concreto”.

La sede: para 230 habitantes

Sembrado en una colina de Bella Vista, una entrada sin asfalto da acceso al psiquiátrico. Detrás del portón negro se abren unas dos hectáreas, que son la casa, por tiempo indefinido, de 230 pacientes mentales. El viento corre ágil por los jardines, entre los árboles.

Están más o menos repartidos en igual proporción entre hombres y mujeres. Sus edades promedio oscilan entre 30 y 60 años. La mayoría son nativos del Táchira, pero también los hay provenientes de Mérida y Barinas. Las enfermedades más frecuentes que padecen son esquizofrenia, psicosis bipolar y epilepsia.

Más o menos 50% de ellos están organizados en cuadrillas de trabajo y colaboran en las actividades de limpieza en el comedor o de manualidades en el taller. Otros, por su situación médica, viven el día absortos, o leyendo, o deambulando, o literalmente en su mundo. Muy pocos, de mayor edad, reciben tratamiento en cama.

Los atiende un equipo de tres psiquiatras, un médico de familia y un psicólogo. También una docena de enfermeros, así como cocineros y guías. En total son 56 los empleados.

Ha disminuido la cantidad de pacientes. A mediados del año pasado eran 300; y ahora, 70 menos. Muchos egresaron porque tienen familia y pudieron adaptarse nuevamente a ese medio. La institución procura no pasar del cupo máximo de 230, porque no dan para más.

La comida: alto consumo

Alimentar adecuadamente a 230 pacientes es todo un reto para el personal de salud del instituto. Primero, porque no consiguen los productos y, segundo, por los exorbitantes precios de la espiral inflacionaria nacional.

Dos bultos de harina, uno de arroz y otro de pasta, son algunos de los requerimientos diarios, estimó Luis Cárdenas, jefe de Logística. “El caso específico del paciente psiquiátrico es que, por su misma condición, queman demasiadas calorías porque deambulan mucho, tienen hiperactividad y, por lo tanto, hay que mantenerlos nutridos y en buen estado”.

Carne de res no se les puede dejar de suministrar, a pesar de que, según datos de Fedenaga, el consumo per cápita nacional ha bajado y los precios siguen disparados. Platos como el tradicional pescado de Semana Santa no pudo ser servido este año, apuntó Cárdenas. Otro tema álgido son los víveres, por la poca disponibilidad de los mayoristas.

María Alvarado, jefa de Administración y Presupuesto, aclaró que a pesar de los inconvenientes, los pacientes comen todos los días, y que el personal está atento para que no bajen de peso y mantengan una dieta balanceada. “Es una lucha diaria”, resumió.

El déficit presupuestario y el retraso en los pagos conllevan a la acumulación de deudas con algunos proveedores alimentarios.

La medicación: desaparecida

En el psiquiátrico no solo hay compartimientos vacíos en las despensas de alimentos y de verduras y hortalizas. También en el almacén. En un solo estante, bien resguardado, cabe toda la provisión de los medicamentos más especializados con los que cuentan.

“Estamos en crisis absoluta”, evaluó Sánchez, al repasar el abastecimiento de insumos y medicamentos. Como en todo el país, no hay psicofármacos, ni antipsicóticos, ni anticonvulsivantes. Los psiquiatras han debido cambiar las medicaciones y las dosis. “Tratamos de subsistir con los fármacos que medio se consiguen”.

La escasez de remedios hace que el proceso de recuperación del paciente se detenga o incluso empeore. Y que, además, aparezcan enfermedades adjuntas al proceso psiquiátrico, como diabetes, problemas cardíacos o parasitosis, explicó la directora. Para procesos infecciosos, tampoco disponen de suficientes antibióticos, ni antiparasitarios, ni antimicóticos.

Los familiares de los pacientes, ¿colaboran? Salvo excepciones puntuales, la participación de los parientes no es generalizada porque, como indicó Sánchez, ocho de cada diez internos corresponden a los llamados casos sociales; esto es, que no tienen familia.

En el caso de quienes sí poseen núcleo familiar conocido, los médicos -previa evaluación del estado del paciente- le pueden autorizar la permanencia con los suyos durante un tiempo. Pero, si presenta alguna recaída, vuelve a Peribeca.

El mantenimiento: cuesta arriba

Si bien alimentos y medicación priorizan la lista de necesidades, el psiquiátrico vive otros muchos pequeños vía crucis. Cárdenas señaló que ahora presentan deficiencias de alumbrado, así como de cauchos para la única camioneta: el martes no habían podido buscar el pollo con un proveedor en la vía al Llano, por falta de neumáticos.

Alvarado acotó la importancia de contar con insumos de limpieza (también escasos) para seguir garantizando las condiciones de aseo. Sufren para conseguir  cloro jabonoso, jabón y champú, papel higiénico y toallín. Imagine las necesidades de este tipo en una casa, pero multiplicadas por 230.

La institución cuenta con una única ambulancia, del año 1976, que funciona más como un vehículo de traslado con una sola camilla, porque carece de equipamiento. No tiene sirena ni luces, señaló Cárdenas.

El jefe de Logística elevó un llamado que “mueva el corazón” de proveedores de comida con acceso a los alimentos, para que consideren la posibilidad de venderles de manera más fácil los productos, y a precios justos.

La directora Sánchez instó al Ministerio de Salud a que actualice los pagos y sincere el verdadero costo de atención del paciente en un tipo de institución que, como se lee en un mensaje a la entrada, acoge a quienes otros olvidan.

 

Prácticas de solidaridad

Donativo de parte de la UNET. (Foto/Jorge Castellanos)
Donativo de parte de la UNET. (Foto/Jorge Castellanos)

En tiempos de crisis, la solidaridad también enseña su cara. El pasado martes llegó al Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica un grupo de voluntarios de la parroquia universitaria de la Universidad Nacional Experimental del Táchira para donar alimentos, oficiar una misa y desarrollar una jornada de corte de cabello, que los pacientes agradecieron.

La Fundación Hechos 29 emprendió el año pasado el plan “Suma de amor”, a través del cual recolectaron recursos materiales, medicinas y alimentos para llevar a Peribeca. Yanix Torrealba, su director, indicó que desplegaron puntos de recolección en los principales supermercados del Táchira. Lo que más recabaron fue ropa y lencería. Quieren repetir la buena experiencia este año, movidos por el servicio al prójimo.

Personas que reciben como sentencia judicial la realización de labor social, también eligen el psiquiátrico. A finales del año pasado, personal de tribunales desarrolló una jornada que consistió en pintar parte de las instalaciones. Igualmente, estudiantes de Enfermería cumplen allí sus pasantías.

En la institución esperan que, a pesar de la crisis económica, no merme la colaboración desinteresada. “El año pasado duramos como tres meses viviendo de donaciones”, recordó el jefe de Logística, Luis Cárdenas. (DP)

 

Los problemas se resienten en el Central

Por déficit de personal, en la UPA no pueden habilitar más camas. (Foto/Tulia Buriticá)
Por déficit de personal, en la UPA no pueden habilitar más camas. (Foto/Tulia Buriticá)

La crisis del psiquiátrico “Dr. Raúl Castillo” deja secuelas en la Unidad de Pacientes Agudos del Hospital Central. Como en Peribeca mantienen un tope máximo de atención, la UPA de San Cristóbal (indicada para casos menos graves) se está llenando de pacientes crónicos (los más graves), que idealmente no deberían ocupar esos espacios.

“Ahora tenemos llena la capacidad de UPA con pacientes que, o no evolucionan favorablemente debido a la carencia de medicamentos, o que lo hacen de manera muy lenta”, englobó Lorena Novoa, jefa del servicio de Psiquiatría.

Existe, incluso, una consecuencia adicional de que Peribeca y UPA operen al máximo: ahora también hay pacientes psiquiátricos en la emergencia general de adultos del primer centro asistencial de la región. No es, indudablemente, el lugar natural para ellos.

Aunque se han acometido reparaciones, todavía en la planta física de UPA persisten filtraciones. Otro déficit importante es el de personal: la unidad tiene capacidad para 70 camas, pero a la fecha no pueden usar más de 30.

Mientras tanto, la consulta de psiquiatría ha aumentado de forma notable. Son más de 2.500 usuarios mensuales y cada día la estadística tiende a subir.

El paciente de la consulta suele estar descompensado, en primer lugar, por la escasez de psicofármacos. Esto hace que deje de tomar la medicación. La poca que se consigue tiene un alto costo y el tratamiento suele ser prolongado o indefinido. “Si no toman la medicación, recaen constantemente”, confirmó Novoa.

Los psiquiatras recetan hasta tres o cuatro medicamentos equivalentes, para que el paciente tenga más opciones. Pero hay problemas, incluso, hasta en el momento de la prescripción: debe indicarse un psicotrópico por cada récipe y no pueden trabajar con papelería reciclada. La demanda de papel, escaso y costoso, complica la elaboración de historias e informes. Con estos es que el paciente puede viajar a Colombia a adquirirlos.

Sin embargo, y como aclaró Novoa, se sigue garantizando la atención a los pacientes, a través no solo de UPA sino de las consultas de control y de emergencia diarias. “Pedimos que nos tomen en cuenta”, emplazó la médica.

En el Táchira las patologías psiquiátricas más comunes son los problemas afectivos, trastornos bipolares, estados depresivos, ansiedad y trastornos del sueño. (DP)