Cote y su esposa esperan a la morocha mientras asiste a clases.

Se puede haber sido padre muy joven, a los 18, como Rafael Sánchez, o con más edad, a los 35, como Yovanny Cote. La edad no importa ni es impedimento. Se puede haber nacido y cultivado la tierra en La Florida, como Abel Sánchez, para después bajar a San Cristóbal a emprender el sueño de la vida. Las coordenadas geográficas tampoco son obstáculos.

Para amar a los hijos y darlo todo por ellos, el primer requisito es la disposición. “El padre debe ser igualito que la mamá, no dejarle toda la responsabilidad y la carga a ella”, advierte Cote, padre de unas jóvenes morochas, una de ellas con condición autista y talento musical.

“El trabajo y el estudio son la mejor herencia que uno les puede dejar a ellos”, considera Sánchez, panadero que trabajó 38 años para tener su propio establecimiento y enseñar el oficio a su hijo. “Si tienes un talento y eres disciplinado y constante, te comes el mundo”, dice a sus hijos Rafael Sánchez, el padre de uno de los muchachos subcampeones del mundo en la categoría Sub 20. En las historias de cada uno, aunque diferentes en piel, se halla sólido el sentimiento del amor.

Inseparables desde antes de nacer y hasta después de la clase musical

Cote y su esposa esperan a la morocha mientras asiste a clases.

La conexión de Yovanny Cote con sus hijas morochas empezó incluso antes de que ellas nacieran. Cuando se acostaban a dormir, en los meses del embarazo, la barriga de su esposa Helen siempre se iba hacia el lado de la cama donde estaba él.

Se convirtió en padre a los 35. Aunque han transcurrido 18 años, todavía recuerda con emoción la expectativa de verlas a las dos, si eran idénticas o diferentes, o a quién se parecían. Cuando el médico se las presentó, le correspondió decidir cuál sería Geraldine y cuál Desiree, los nombres que ya habían acordado.

Como una niña aventajaba a la otra en cuestiones como el habla y el gateo, fueron a los médicos. Con dos añitos, a Geraldine le detectaron la condición de autismo. Tantos años de docencia rural en los que ambos esposos atendieron a niños con condiciones especiales, sin saber que desde entonces les tocaba a ellos asumir esta responsabilidad.

Cote se propuso y logró estar muy atento de sus dos hijas, en especial de Geraldine. Mientras enseñaba en zonas rurales sin telefonía, no dejaba de pensarla. Cuántas veces le tocó a la pareja, que daba clases en aulas contiguas, salir corriendo a un hospital, porque la niña con frecuencia sufría de asma. “Se aleja uno de muchas cosas para dedicarle tiempo a ellas”, dice.

El padre se volvió acompañante predilecto de la hija al Centro de Atención Integral para Personas con Autismo (Caipa) y a la escuela de música: “Cuando comenzó, los primeros meses entrábamos con ella para que se adaptara. Participamos en todo: nos tocaba cantar, bailar y tocar los instrumentos”.

Desde hace cuatro años, la joven forma parte del Ensamble de Campanas y Ensamble de Percusión del Programa de Educación Especial adscrito al Sistema de Orquestas. Afuera de las instalaciones, Cote y su esposa esperan pacientes todo el tiempo que dure cada clase.

“El padre debe ser igualito que la mamá, no dejarle toda la responsabilidad y la carga a ella sino compartir todas las obligaciones”, opina Cote, quien conoce muchos casos de papás que se han distanciado del hogar por tener hijos con condición de autismo.

Cuando sale de casa, en el barrio Libertador, a Cote los vecinos lo ven “todo el tiempo para arriba y para abajo” con sus morochas. “A mí siempre me ven con ellas, salimos y Geraldine va al lado mío, yo voy a la esquina y ella de una vez sale a ver dónde estoy yo”. Y la madre lo confirma: “En la calle él tiene sus guardaespaldas: las dos hijas”.

A sus 52 años, Cote y su esposa -ahora maestros jubilados- han retomado la actividad docente, sin fines de lucro: dan clases gratuitas dos veces por semana a niños y jóvenes de la Fundación “Una luz para el autismo”, a la que también se han integrado muchachos con Síndrome de Down. “Hemos vivido de cerca y hemos sido víctimas de la discriminación, por eso ayudamos a otros”.

Mientras Desiree cursa estudios de sexto año en la Normal y Geraldine se recrea con la música, y acompañando a su padre en la reparación y mantenimiento de computadoras, Cote responde lo que, para él, es lo mejor de ser papá: “El amor que ellas me tienen a mí y que yo siento por ellas”.

Amasó sus sueños sin descanso para hornear la mejor herencia

El hijo estudia y también colabora en la panadería de Sánchez.

Trabajar duro también es una forma de demostrar amor a los hijos. Desde el 20 de enero de 1975, cuando amasó la primera harina en una cocina de tipo industrial, Abel Sánchez se dedicó como empleado de panaderías durante 38 años de su vida hasta que pudo constituir la suya propia, de carácter familiar. “Prácticamente yo no pedía vacaciones, porque mi meta era tener mi negocio. Creo que si saqué tres, en contra de la ley o de los patronos, fue mucho”, evoca.

Esa fue su idea desde el principio: que sus dos hijos, Jéssica, de 30 años, y Marcos, de 22, no pasaran por lo que él. “A medida que fueron avanzando los años me iba comprando, poco a poco, las máquinas. Fui ahorrando como podía para también adquirir la casita hasta que se me hizo realidad el sueño”, celebra, desde una cocina que huele a tradición horneada.

Nieto también de una panadera artesanal, Sánchez explica que siempre ha buscado educar a los muchachos con cariño y con amor, pero sobre todo enseñándoles a trabajar. “El trabajo y el estudio son la mejor herencia que uno les puede dejar a ellos”, sostiene el hombre de trato amable y voz calmada.

Él apenas terminó el bachillerato, pero Jéssica ya es ingeniero y Marcos estudia la misma carrera en la especialidad de Producción Animal. “El padre que pueda y que tenga como ayudar y apoyar a los muchachos, debe hacerlo. Como está la situación, muchos jóvenes lo que piensan es en irse y eso a veces a uno le da como tristeza y lástima, porque si hay un país bonito, hermoso, es Venezuela, y sobre todo el Táchira”, afirma.

Sobre la base de aquella premisa, la idea de Sánchez es que, una vez titulado, su muchacho se encargue de un pequeño terreno en el campo para que ponga en práctica lo que estudió, “pero que no se vaya de la panadería”, le advierte. Lo mismo hizo él en otro tiempo: siempre alternó la vida cotidiana con el trabajo agrícola en La Florida, de donde es oriundo.

Marcos, que desde los primeros años del liceo aprendió las cosas más sencillas del oficio del pan, agradece a Sánchez el también haberle enseñado de respeto y ética laboral. “Él siempre ha sido muy correcto, una persona tranquila”, dice el hijo, que -como su mamá, Olga- se desempeña en todas las áreas del establecimiento en La Concordia, desde sobar harina en la máquina, pasando por hornear los panes, hasta vender frente al mostrador.

A padre e hijo igualmente los une el amor por la música: graduado de la Miguel Ángel Espinel, “porque el tiempo nunca lo he perdido”, Sánchez es un virtuoso en el piano, la guitarra y el cuatro. “Le he estado enseñando a tocar guitarra y cuatro, y él también estudió violín y piano”, revela el señor de 57 años, mientras el joven asiente.

Al calor del horno que dora el pan, y luego de confesar que también él ha aprendido mucho de su hijo, como el manejo de las computadoras y los celulares nuevos, Sánchez instruye la clave de la paternidad: “Comprender a los hijos, saber bien cuáles son sus necesidades y estar atentos de que no les falte el amor y los consejos. Por eso, creo yo, que mis dos hijos son ejemplares. De verdad que sí”.

Cuando la constancia y la disciplina estremecen la portería de la vida

La hermana menor de los Sánchez enseña la camiseta que usó Rafa en Corea y que ahora el padre atesora.

“La formación de un padre debe tener principios. A mis hijos les aconsejo que la constancia y la disciplina siempre terminan venciendo el talento. Y, si tienes un talento y eres disciplinado y constante, te comes el mundo”. Así piensa Rafael Sánchez, un ingeniero en sistemas, de 42 años. ¿Quién pone en duda que esta receta no ha funcionado? Su hijo del mismo nombre es uno de los subcampeones del mundo en la categoría Sub 20.

Rafael es el segundo de tres hijos; Carlos, el mayor, de 23 años, también está vinculado a este mundo, pues se forma en la carrera de Entrenamiento Deportivo, y la menor, de 14 años, además de estudiante es bailarina. Si tendrán genes de fútbol: el abuelo materno de los muchachos es el uruguayo Ricardo Islas, campeón con el Atlético San Cristóbal en la década de los ochenta.

Fue Sánchez quien tuvo la iniciativa de llevarlos a entrenamientos de fútbol desde que los dos varones estaban pequeñitos, aunque en esta familia, la madre, Erika, también es una fanática del deporte rey. En casa, una gran foto de los niños en un portarretrato inmortaliza aquellos momentos.

Se convirtió en padre muy joven, cuando él tenía 18 y su esposa, 19. Dejaron de vivir algunas cosas propias de aquella época de la vida, pero también empezaron tempranamente a forjar valores para que, cuando los hijos salieran a eso, a comerse el mundo, lo hicieran bien.

Con gritos de euforia -que tal vez pudieron despertar a algún vecino- se vivieron las madrugadas del Mundial de Corea en la casa familiar, en Las Vegas de Táriba. Saber que Rafael, arquero suplente de la Vinotinto Sub 20, hacía parte de la plantilla que dejó tan en alto el nombre de Venezuela, se convirtió en una emoción todavía indescriptible. “Yo creo que ni él como jugador ni nosotros como familia hemos dimensionado la magnitud de la grandeza que hicieron”, observa Sánchez, a pocas horas de regresar de Caracas, donde asistieron al recibimiento y homenaje a la selección en el Estadio Olímpico Universitario.

“Me queda la experiencia de vivir un Mundial y llegar a la final. Ahora, a seguir trabajando. El cielo no es techo”, dijo ‘el catire’ Rafa frente a un estadio lleno que lo ovacionó.

Sus padres, orgullosos, atesoran esa camiseta que vistió el dorsal 21 con las insignias de Corea 2017. La autografiaron, entre otros jóvenes talentos, los también tachirenses Eduin Quero y Ronaldo Chacón, así como su par Wuilker Faríñez.

Con las medallas del tercer lugar de la Conmebol y del segundo lugar de la FIFA en mano, Sánchez, que viene de una familia de profesionales, quiere que su hijo guardameta también se cuelgue pronto la presea de un bachillerato que, de momento, tuvo que suspender debido a las intensas convocatorias del equipo para los entrenamientos.

El jugador no pudo estar en esta entrevista, por motivos de viaje. Volverá pronto a entrenar con Deportivo Táchira, a cuyo Templo Sagrado asiste amorosamente esta familia de aficionados cada vez que el joven de 19 años está entre los convocados. Con 1,88 de estatura, Rafael también es grande en futuro.

(Daniel Pabón)