Opinión
Repelencias 592
sábado 29 noviembre, 2025
Carlos Orozco Carrero
Hace unos añitos ya, entrevistaron a mi compadre Teofilito Ramírez Méndez sobre lo más bonito de la navidad en Pregonero: -Señor Teófilo, ¿qué es lo que más le gusta de diciembre en este pueblo hermoso? Todos los oyentes del programa radial esperaban que él hiciera comentarios sobre lo hermoso de los diciembres en este poblado lleno de manifestaciones religiosas y fiestas populares, donde el reencuentro familiar se produce entre tanta gente de bien. Algo sobre las misas de madrugada con la presencia de propios y visitantes. Pero, qué va. Mi amigo del alma respondió con la rapidez de un rayo: -Cuando pagan los aguinaldos, señorita. Es cuestión de prioridades, caballeros.
Hay que ir amontonando periódicos viejos para encenderlos dentro de los tambores y furrucos y darle fuerza al sonido navideño por estos días de villancicos, gaitas y parrandas. Los pellejos resisten y recogen los sonidos para amplificarlos hasta que el frio los escurre y hay que recurrir a la potencia de las manos para que todos escuchen la alegría de la llegada del niño Dios. Hoy día es más fácil que los muchachos ejecuten los repiques con manos suaves debido a tanta tecnología en los equipos de última generación en materia de sonido musical. Recuerdo la tumbadora asesina que teníamos en el combo de Marcelino Avellaneda, excelente saxofonista del pueblo uribantino. También le dicen conga a este instrumento de percusión caribe y tenía una cabilla tripa de pollo en la orilla del cuero y producía un sonido opaco y seco, muy parecido a golpear una vaca en la barriga en horas de madrugada rumbera. Al otro día del baile teníamos que reposar la mano derecha en una poncherita con agua tibia y manzanilla para desinflamar lo que parecía un guante de béisbol. Suerte para las nuevas generaciones, digo.
Aceptar consejos de los más experimentados en un don que casi nadie muestra por estos días, cariños. Puede que un pelotero sea el mejor de un equipo de Grandes Ligas. A pesar de eso, el manager es el que dirige su accionar a la hora del play ball. Así es la vida en todo. El muchacho que intenta poner el correaje al motor del trapiche debe seguir las instrucciones del viejo panelero del lugar. La experiencia no está en los libros. Son jerarquías que marcan los saberes de los mayores. Y no digan que ya me volví viejo con esto que digo, señores.
Estos sonidos macabros se escuchaban por las calles empedradas y húmedas de Hallstatt, Austria. Después que callaban los instrumentos musicales de los ensayos orquestales y las noches arropaban los techos desnivelados del pueblo, empezaban los escalofríos para los que escuchaban el chirriar de cadenas arrastrándose por esas calles oscuras del pueblo que duerme en noches sin luna. Las quejas de los vecinos obligaron a la policía del lugar a investigar a profundidad el origen de tanto temor por lo desconocido. Al tiempo, encontraron a los protagonistas del pánico popular. Unos muchachos de San José de Bolívar de Venezuela, quienes fueron hasta ese país a llevar unas cargas de frijol tierno y a buscar nuevos rumbos, decidieron alborotar la quietud europea y amarraron unas cadenas en las colas de varios perros para que, al correr, dejaran oír tanto escándalo para espantar al más pintao. Nunca se supo cómo llegaron hasta esa ciudad tan bonita y los deportaron a Venezuela. Ese cuento me lo echaron en días pasados en la plaza de San José bajo influencia de un kerosene venteao. A mí me dan ganas de no creerles nada de eso, pero ese miche estaba muy sabroso. En cada esquina una historia.
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