sábado 2 julio, 2022
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Pionero de los promotores de lectura

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Freddy Omar Durán

Cierto es que el libro, como objeto, y la lectura, como encuentro que lo activa, que lo humaniza sin mayores costes energéticos, no han pasado de moda. Y ello ha sido así gracias a personas e instituciones, como José Antonio Guerrero Lossada.

Siempre labor social objeto de los más encendidos elogios, en realidad la defensa del libro y la lectura ha sido una tarea asumida por la iniciativa personal de cierto grupo de figuras, a quienes injusto sería asociar a una élite intelectual en específica, pues han estado dispersadas por todos los estratos sociales, unidas en el común propósito de enaltecer la edificación del espíritu.

En una cultura “institucionalizada”, como la tachirense, los esfuerzos particulares y hasta individuales en el pregonar un mismo credo, han quedado entre sombras. Un credo que es amigo incondicional de todas las visiones e ideologías, pues muy pocas pueden negar en la palabra escrita una aliada permanente.

Salvar del anonimato esa gestión, hacerle justicia histórica, por supuesto, que no es tarea nada fácil, porque implica un rastrear escuelas, liceos, universidades, bibliotecas, librerías, centros culturales y sociales públicos y privados. Un reto aún mayor cuando el intento de “ubicar” la promoción del libro y la lectura resulta insuficiente, en tanto, la misma se ha pregonado por calles, plazas, y se ha ejercido en los hogares, bajo la responsabilidad de padres, familiares y amigos, sin importar la suntuosidad de sus bibliotecas o estantes de diarios y revistas.

Considerar a José Antonio Guerrero Lossada, pionero de la promoción de lectura en el Táchira, a partir de aquellas reuniones de estudiantes en el Café La Francia, de su propiedad, a principio del siglo XX, resultaría aventurado  pero justo.

Precisamente este 17 de junio se cumplen 75 años de su fallecimiento en medio de una solemne pobreza, y sin el reconocimiento que el mundo de la cultura le debió en vida, a este trujillano, quien por los avatares políticos de la época terminó siendo adoptado por nuestro estado.

Algo de historia

Como cuenta el Cronista de San Cristóbal Luis Hernández Contreras, con la contribución de sus amigos, José Antonio Guerrero Lossada, logró constituir un “sitio para leer” a partir de  una humilde biblioteca, dentro de la cual se formaron las más animadas y fraternas tertulias, en las que participaban sobre todo alumnos del Colegio Nacional de Varones, semillero de la intelectualidad a principios del siglo XX. Al final, la idea fue un poco más  lejos, y se planteó la gestación de  una “sociedad”, concretada en 1907, modo muy común en esa época de congregar a un colectivo de personas  alrededor de oficios, aficiones o filosofías: ese término ha sobrevivido, especialmente en el área científica.

En la exposición de motivos para la creación del Salón de Lectura, cuando estaba cumpliendo las formalidades pertinentes, gracias a la asesoría de Abel Santos, su primer presidente y hombre de mucha influencia,  se nombra las enormes debilidades del sistema educativo tachirense, y el atraso en todos los órdenes que éste arrastraba. Para compensar esta rémora, la lectura cobraría un papel de primer orden en el progreso general. No obstante asentar  este reclamo, no puede hacernos pensar en una sociedad  tachirense de ese entonces  como “inculta”; por el contrario, era de un nivel que apenas si las metrópolis latinoamericanas superaban: a nuestra región llegaba lo mejor de dos mundos, las últimas ediciones literarias y periodísticas provenientes de Caracas, Bogotá e incluso de otras partes del mundo.

Era una época en la que el Táchira albergó a sabios como Pedro María Morantes, y acogió a colombianos en el exilio de alto nivel como Teodocio Sánchez, y sacerdotes destacados como Jesús Manuel Jáuregui. Un brillo cultural que data de las últimas tres décadas del siglo XIX, cuando el auge económico del café atrajo a extranjeros de diversas partes. Concentrar toda esa prestancia intelectual en un lugar, hizo que el Salón de Lectura surgiera como una consecuencia de lo que estaba pasando, en un país en el que los tachirenses solidificaban su hegemonía en el panorama político nacional.

Leer hasta con velas

Aunque los créditos le fueron negados por un tiempo, Lossada fue más que un fundador a la sombra, se mantuvo como un custodio de la institución, incluso en momentos de amenaza.

“Durante cuatro décadas estuvo al frente del Salón de Lectura, abriendo y cerrando puertas, atendiendo sus socios, sus visitantes, los muchachos en la biblioteca, amén de organizar las conferencias, los actos, dando presencia pública al primer centro cultural de San Cristóbal sin escatimar esfuerzos. Durante la dictadura de Eustoquio Gómez, éste ordenó que le cortaran el suministro eléctrico a la institución. Guerrero Lossada, estoico, buscó velas de cebo, manteniendo en su jardín un pequeño huerto, cuyo provento serviría para comprar algunos libros. Fue el eficiente servidor del primer ateneo de Venezuela”, anotó Hernández.

Su excéntrica personalidad le granjearía no pocos desprecios, pero por otra parte admiradores no le faltaron como  el historiador Ramón J. Velásquez quien le otorgó el título de “el motivador perpetuo de la institución; su más meritorio socio y su más austero mantenedor”, y propendería a que la biblioteca del Ateneo del Táchira, llevara su nombre, algo que sigue siendo así hasta la actualidad.

Durante la gestión de Henry Matteus, al frente  del Ateneo del Táchira,  por los años ochenta, la memoria de Lossada se resarció, encomendándose al maestro de la plástica tachirense Jorge Balandria, un retrato que aún hoy conserva la institución.

Lectura en diversidad de tiempos

El criterio progresista en favor de la lectura con el tiempo se iba rezagando, ya que también la instauración de las diversas tecnologías de la comunicación, por los años 40 en la región,  establecería otros modos de difundir cultura; pero también de distorsionarla según algunos criterios. Ya con una sede suntuosa, aún en día en pie, el Salón de Lectura era  además el Ateneo del Táchira, y en paralelo nuestra región bordaba un nivel de escolarización más alto, con el liceo Simón Bolívar, como uno de sus mayores símbolos, cuyos egresados alimentarían con su pluma una producción literaria local a la búsqueda de lectores, naciendo así grupos, talleres y peñas literarias.

Los cuarenta fue época propicia para el auge de las librerías, y la aparición del Grupo Yunque y Signo, así como la Peña Literaria Luis López Méndez con su correspondiente programa radial, y confluencia de los más connotados escritores de la época. Otro hito importante marcado por el Ateneo del Táchira lo constituyó  el nacimiento de la revista Logos. Honrarían a la hoy sala María Santos Stela la visita de  escritores venezolanos y de otros lares hispanoamericanos cuando una primera etapa democrática padecería una muerte prematura.

Y nació una nueva peña…

Con el renacer de la democracia en el país, cobran bríos las inquietudes intelectuales tachirenses que eclosionarían con la creación de la Peña Literaria Manuel Felipe Rúgeles, que desde hace más de 60 años, ha fomentado un espacio para que el escritor tachirense tenga un contacto directo con el lector local, que a su vez atestigua el enorme potencial literario existente por estos lares.

A medida que la peña gana seguidores, las universidades crecían, y al interior de ellas la lectura fue materia de investigación a nivel de licenciaturas y postgrados, relacionados con la lectoescritura y la literatura latinoamericana y del Caribe, en la Universidad de los Andes Núcleo Táchira.

Carmen Teresa Alcalde fue su presidenta durante varios periodos,  y una de las más constantes participantes. Para ella la labor de promotora de la lectura de la Peña Manuel Felipe Rúgeles, aún sigue vigente, debido en parte, a que a pesar de que el escritor y su contraparte lectora, dispone de las tecnologías como soporte de sentimientos e ideas, el “libro físico” no pierde preferencias. En este sentido, Justo es decir que en la peña los formatos digitales han sido bienvenidos y objeto de su correspondiente bautizo.

–El libro es algo que nunca pasa de moda, y no hay como tenerlo a la mano. Sin embargo, aunque La juventud  tal vez no haya tenido  la oportunidad de saborear el libro como lo saboreamos nosotros;  la tecnología ha traído cosas positivas y ha servido para promoverlos. Por ejemplo y he tenido la fortuna que muchas amigas me hayan compartido muchos textos en digital, y yo hacer lo mismo—dijo Alcalde.

Nacida inicialmente para rescatar la memoria del poeta homónimo, luego se fue diversificando su programación siempre teniendo al Club Tenis como epicentro. Durante años sus reuniones ocurrían esporádicamente para eventos especiales; no obstante desde los años noventa, tomó una frecuencia de una por mes, que por motivos de pandemias y otros, ya no se da.

–La peña literaria que en principio nació en honor y homenaje a Manuel Felipe Rúgeles, para divulgar su obra, luego poco a poco le dimos el sentido y el camino que debía tener: dar a conocer los autores y sus respectivas obras, y no solo los tachirenses sino de otras partes de Venezuela y el mundo. Aunque no estuvo explícitamente escrito, sí fue un propósito, el que estuviéramos ahí no solo para comentar sino para que se presentará las últimas producciones editoriales—acotó Alcalde.

No cabe la menor duda para Alcalde que la Peña Literaria Manuel Felipe Rúgeles ha ejercido un rol importante en la promoción del libro y la lectura en la región, y esta se ha dado con especial incidencia en los jóvenes, que de una manera simbólica, desde esa actividad, han tomado en sus manos el relevo generacional.

–Creo que la peña  tomó la  misión de promotora de lectura, y también logramos que jóvenes escritores se mantuviesen firmes en el desarrollo de sus virtudes literarias, y se sintieran estimulados al ver que contaban con un espacio para darse a conocer. Aunque el término “promoción de lectura” comenzó a ser más usado cuando la Ula Táchira desarrolló una especialidad, antes lo hacíamos en nuestras escuelas y liceos cuando éramos profesores, sobre todo en el área de humanidades, siguiendo el ejemplo de nuestros propios maestros en literatura en el bachillerato como Pedro Pablo Paredes y Julio Suarez  que nos incentivaron a leer, a conocer el libro en profundidad y a que termináramos convirtiéndonos en escritores y publicaramos—puntualizó el alcalde.

Eventos y actividades mantenidas en el tiempo como la Peña Manuel Felipe Rúgeles han hecho del libro acontecimiento y motivo de celebración.

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