Internacional

Sanar bajo los aplausos en el hospital de campaña de Madrid

4 de abril de 2020

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Madrid, España | AFP | Cuando los sanitarios interrumpen su trabajo para aplaudir, significa que un paciente se ha curado de coronavirus en el pabellón de congresos de Madrid, transformado en hospital de campaña con más de 1.000 enfermos ingresados.

Ubicado a pocos minutos del aeropuerto, el recinto del Ifema acoge habitualmente congresos, conciertos y otros grandes eventos.

Pero desde el 21 de marzo es un hospital provisional habilitado con prisas por el ejército y las autoridades de la región de Madrid, la más golpeada de España con cerca de 5.000 fallecidos sobre un total de unos 11.000 en el conjunto del país.

Bajo la cruda luz de los neones del pabellón 9, una enfermera protegida apenas por una mascarilla se para en seco al llegar a una de las líneas amarillas que delimitan la llamada zona «sucia», es decir contaminada, donde sólo entra personal protegido de pies a cabeza.

Paneles amovibles delimitan unidades compuestas por 12 camas blancas, separadas unas de otras por una distancia de dos metros, y algunas de ellas equipadas con botellas de oxígeno. Una paciente duerme profundamente, otra teclea en su teléfono y una tercera pela una naranja.

Tres pacientes con mascarilla esperan, sentados. Han sido declarados como sanados y los aplausos resuenan cuando se levantan para marcharse.

«Ya hay 900 personas que se han curado en este hospital, por el que han pasado más de 2.000 pacientes» y ocho han muerto, resume a la AFP Fernando Prados, coordinador general de esta estructura montada para aliviar a los desbordados hospitales de Madrid.

Su capacidad máxima es de 5.500 camas, pero de momento la tarea se ha parado al llegar a las 1.500, explica Fernando Prados, ya que poco a poco ha ido disminuyendo la afluencia de pacientes a los hospitales de la región.

– Tres guantes por cada mano –

Cada día, la enfermera María Sánchez Fernández, de 29 años, desinfecta escrupulosamente la pantalla facial de protección, hecha de plástico, en la que ha escrito su nombre.

«Al principio nos daban cuatro guantes (para colocárselos superpuestos), ahora dicen que con dos es suficiente», explica. Pero ella y otras compañeras se ponen tres. «Mi salud es lo primero», dice esta enfermera que trabaja normalmente en un centro de salud y vino a este hospital como voluntaria.

María Luisa Prados Jiménez, también de 29 años, forma parte de un batallón de residentes de último año de medicina movilizado en el Ifema. Al mismo tiempo continúan con sus guardias en hospitales de la ciudad.

 

La estructura sanitaria del Ifema ha sido concebida para los casos menos graves, para «los pacientes bastante estables», destaca.

Aun así, recuerda a «un paciente de 63 años que no tenía antecedentes importantes y tuvo que ser derivado rápidamente el jueves» a la UCI del hospital Gregorio Marañón de la capital. Según ha podido saber, su pronóstico es «muy malo».

Sesenta y tres años «a mí me parece joven. Es la edad de mi padre», médico en Córdoba (sur), dice esta residente, sin ocultar su preocupación.

María Luisa reconoce que «al principio era un poco caos» la organizacion en el Ifema, lo cual mereció críticas. Desde el lunes, en cambio, «ha mejorado un montón».

Ahora, se puede pedir un análisis o una radiografía de los pulmones y además ha empezado a funcionar una pequeña unidad de cuidados intensivos, cita.

En un inmenso almacén vecino, donde se entra después de haberse desinfectado los zapatos, unos militares de uniforme ordenan material sanitario, en parte procedente de China.

– «Ternura» y «humanidad» –

A la entrada de este pabellón de congresos, Eduardo López, empleado de la construcción de 59 años, respira a pleno pulmón sin ocultar su alivio. Forma parte de los pacientes declarados como sanados y se dispone a subirse en un taxi.

Con mucha emoción, dice que da «un 10» sobre 10 a todos aquellos que lo han tratado «con ternura y una enorme dosis de humanidad».

«He visto sufrimiento. Hay mucho. Es el sufrimiento de la enfermedad y de la incertidumbre; te debilita psicológicamente saber que la gente se muere y que es real y no la serie de ficción que mirarías en la tele», explica.

 

Compilación: María Teresa Amaya/Diario La Nación

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