Nacional
A dos semanas del terremoto crece desesperación por recuperar personas «vivas o muertas»
viernes 10 julio, 2026
Mientras en las ruinas de Tanaguarena se lucha por un cuerpo, el estado vive una dualidad: a pocos kilómetros, en zonas como Macuto, algunos comercios han vuelto a levantar sus santamarías. En contraste, hay personas que esperan en los refugios improvisados del campo de golf, el polideportivo y el estadio César Nieves, a ser censados o resguardados por autoridades, cuya respuesta ha sido cuestionada y señalada por la misma gente de haber sido tardía
«Los queremos vivos o muertos, pero los queremos», dice Ángela Luciani. Es enfermera, pero hace catorce días dejó los hospitales para permanecer cerca de los escombros de la OPP 33, en la entrada de Tanaguarena, en La Guaira. Busca a su hija, a sus nietos y a su esposo. Cuando no excava, atiende a otros buscadores que colapsan por el agotamiento bajo el sol. «Ayudo a los demás porque, aunque también necesito ver a los míos, sé que alguien con vida me necesita», confiesa a dos semanas del terremoto.
La urgencia de Luciani no es solo emocional, es una demanda de certezas: «Necesitamos recuperar a los nuestros para poder comenzar el duelo. Si eso no se concreta, uno siempre tendrá una interrogante: ¿están vivos?, ¿se salvaron?, ¿se los llevaron?». Recuerda cómo estaban vestidos; asegura que podría identificarlos sin importar el estado en que los encuentre. Pero la ayuda, denuncia, ha sido intermitente y mayormente de delegaciones extranjeras.
A los pies de la edificación, el descontento escala. Un grupo de mujeres, resguardadas bajo mascarillas para filtrar el polvillo, observa el movimiento en la montaña de escombros. Denuncian que no hay equidad. «Ellos sacan al familiar que quieren. Aquí somos una sola familia, una sola gente, deberían sacarlos a todos», reclama una de ellas. En lo alto de las ruinas, un grupo que parece ejercer el liderazgo impone silencio e instruye a quién dejar subir y a quién no.

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La falta de información oficial genera escozor. El 8 de julio, al cumplirse dos semanas del sismo, un protocolo de búsqueda se activó tras presuntas señales de vida en las ruinas del edificio colapsado tras el doble terremoto. Los familiares, sin embargo, fueron mantenidos al margen, sin un canal de comunicación claro que por ejemplo les diera información precisa sobre por qué debían detenerse otros trabajos de búsqueda o al menos por cuanto tiempo.
Ronald Orozco, con un casco rojo y una pala entre las manos, es otro de los que no ha bajado los brazos. Junto a sus primos busca a su tía y a su prima Yureisi y Yusmaira Azocar. «Nos han prestado picos y palas y así excavamos. Lo que pedimos son máquinas, agua, taladros«, relata. Asegura que el apoyo logístico y la presencia de voluntarios disminuyeron a partir del día 12.

En la OPP22 permanece desde pocas horas después del doble terremoto Jimmy Requena. Busca a su madre Milagros Da Fe de 63 años. Asegura sentirse abandonado, al igual que otros, y esperando ayuda de maquinaria, pues no tienen cómo pagar una. «Hemos estado excavando (él y su familia) para ver si encontramos a mi mamá», cuenta sentado junto a otros parientes en un toldo improvisado con palos y cortinas.

Pese al escenario hostil y de devastación, la esperanza por encontrar vida sigue. En la Opp 33, 26, 22 y otras edificiaciones como El Callao o Tahití se han realizado protocolos de llamado y escucha. «Si hay alguien con vida toque dos veces», grita un rescatista nacional en Vistamar pasadas las 6:30 p.m. del 8 de julio. Una médico voluntaria que llegó desde el estado Bolívar detalla que a estas alturas el procedimiento debe ser más riguroso que nunca, pues es prácticamente una hazaña que una persona atrapada pueda gritar e incluso existe la posibilidad de que en el titánico esfuerzo la persona se desmaye.
Talcual ha podido conocer que lo mismo ha ocurrido en otras edificaciones de la zona y hasta al oeste, en Catia La Mar. En Vista Al Mar, en Playa Grande, también se realizan todavía protocolos. El tiempo juega en contra, pero la esperanza se impone, dicen ciudadanos.
Mientras unos excavan, otros peregrinan a Los Silos, la morgue improvisada en el Puerto de La Guaira. El procedimiento forense es crudo: los parientes deben visualizar un álbum fotográfico para que el personal confirme si el cuerpo está allí o si ya fue enviado al cementerio de La Esperanza, en Carayaca, donde se han cavado fosas para inhumar cuerpos no reclamados.
La tragedia por el terremoto, sin embargo, ha creado una geografía desigual. Mientras en las ruinas de Tanaguarena se lucha por un cuerpo, el estado vive una dualidad: a pocos kilómetros, en zonas como Macuto, algunos comercios han vuelto a levantar sus santamarías.
En contraste, hay personas que esperan en los refugios improvisados del campo de golf, el polideportivo y el estadio César Nieves, a ser censados o resguardados por autoridades, cuya respuesta ha sido cuestionada y señalada por la misma gente de haber sido tardía.
Roison Figuera / TAL CUAL
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