miércoles 30 noviembre, 2022
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Las otras facetas de las fronteras

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Mario Valero Martínez

En torno al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Colombia han proliferado variopintas especulaciones que incluyen las propuestas de reabrir las fronteras y el intercambio comercial, debatidas en escenarios nacionales y binacionales. Algunas opiniones banalizan veintitrés  años del complicado panorama bilateral y de manera particular la compleja situación de los habitantes en las fronteras. Unos en el empeño de proyectar la imagen de normalidad en Venezuela y a propósito del nuevo gobierno del vecino país, sentencian “si a Colombia le va bien, a Venezuela le va bien”, una afirmación engañosa pues, bien se sabe, no ocurre siempre así entre vecinos. En las historias comparativas de muchos países limítrofes sobran los ejemplos, las de Venezuela y Colombia lo corroboran. Bastaría con explorar las causas de la emigración colombiana a Venezuela en el siglo pasado y en el presente siglo el éxodo de venezolanos que ha tenido como destino mayoritario a Colombia.

Otros actores asumen el discurso del borrón y cuentas nuevas, insinuando que no ha pasado y nada pasa en las fronteras, solo hay potencialidades comerciales. Y desde la vocería del régimen cívico-militar bolivariano de Venezuela, con eco en el nuevo gobierno del vecino país, se trasmite la versión que apunta al origen de la conflictividad bilateral, incluido cierre de fronteras y cese comercial, a la ruptura de relaciones con el gobierno del expresidente Iván Duque en el año 2019. En cualquier caso se pretende suprimir la reciente historia de conflictos y desaciertos que han marcado las relaciones colombo-venezolanas, así como otras acciones, decisiones, reacciones, omisiones y complicidades que durante las dos décadas del presente siglo han causado un fuerte y negativo impacto no sólo a la actividad comercial, también y fundamentalmente en los habitantes de fronteras en Venezuela, en sus derechos ciudadanos  y en sus interacciones transfronterizas.

En estos veintitrés años las fronteras venezolanas, especialmente las del estado Táchira, se  han utilizado como escenarios geopolíticos para imaginarias amenazas de guerra vecinal, como ocurrió en el en la presidencia de Hugo Chávez. Se han militarizado. Se han cerrado en varias ocasiones esgrimiendo como coartada el contrabando, en el intento de justificar la crisis económica nacional. En la historia fronteriza del estado Táchira quedan registrados los repudiables sucesos del mes de agosto del año 2015, fecha en que el gobierno decretó el estado de excepción y el cierre de las fronteras con Colombia, la represión desatada en las ciudades de San Antonio y Ureña, especialmente el ensañamiento contra inmigrantes colombianos en el barrio La Invasión, su bárbara expulsión, el marcaje y derribo de sus casas; no fueron pocos las acciones de violación de los derechos humanos.

Aunque un año después se anunció la reapertura de las fronteras en el contexto de los intereses geopolíticos del gobierno de Colombia presidido por Juan Manuel Santos, asociado al proceso de paz en su país y la garantía de la continua participación de gobierno de Venezuela, solo se autorizó la movilidad peatonal restringida por laberínticas barreras instaladas en los puentes internacionales; desde entonces, la frontera abierta como históricamente había funcionado entre ambos países, se suprimió y la nueva frontera prometida, derivó en trochas y más pobreza.

Las fronteras se han utilizado permanentemente  como territorios de confrontación, poco han importado sus habitantes. Basta recordar el uso incalificable de la relación entre la pandemia del COVID-19 y las fronteras  como argumento para la fantasía bélica del gobierno cívico-militar bolivariano. Los vecinos Colombia y Brasil se etiquetaron como amenazas contaminantes, las fronteras como focos de contaminación y en vil actitud los voceros de la alta jerarquía gubernamental y sus presentantes locales disfrazados de protectores, estigmatizaron a los inmigrantes venezolanos en retorno, impusieron trabas para su reingreso al país, los tildaron de bioterroristas y armas biológicas. Este sólo un ejemplo de los vejámenes a que han sido sometidos  los que habitan y transitan por estos espacios.

La situación de las fronteras es compleja, complicada, aunque algunos la quieren simplificar al reacomodo de las barreras en el puente Internacional Simón Bolívar y en el probable intercambio comercial bilateral; por cierto, los demás pasos fronterizos ni siquiera se presta atención a sus fachadas.  Lo cierto es que las condiciones y la calidad de vida en ciudades y ruralidades fronterizas son muy precarias.  Con la política gubernamental de combinar, militarización, cierre de fronteras y restricción de la movilidad ciudadanía por los pasos legales de interconexión binacional, se expandió el uso masivo de las peligrosas trochas; se consolidaron y aumentaron las redes de tráfico ilícito en escalas nacionales y binacionales; se agudizaron los conflictos y las violencia entre bandas armadas, guerrilleros, paramilitares, pandillas delincuenciales emergentes en la disputas del control territorial fronterizo;  se ampliaron las redes de corrupción y soborno; se afectaron considerablemente las actividades económicas locales con la quiebra de gran parte de las pequeñas y medianas empresas.  Estas son las otras facetas de las fronteras habitadas que hoy se pretenden ocultar. Ahora, sin rubor y como por arte de magia, el régimen venezolano ofrece fronteras felices y seguras.

Entre tanto, el presidente el presidente de Colombia marca la agenda a su homólogo vecino, nombra un operador político y de negocios comerciales como embajador y el nuevo juego geopolítico ya muestra su derrotero. Las fronteras, una vez más, solo serán una parte marginal de otro escenario bilateral, su reapertura, como se ha señalado, será parcial y simbólica. @mariovalerom

 

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