Opinión
¡A la basura!
domingo 29 marzo, 2026
Ricardo Escalante
Prisma
Es verdad que la soberanía es un concepto dinámico, cambiante con el paso del tiempo, nada estático o petrificado, pero a la vez es un asunto con límites inevitables según el uso de que se trate. Como debe ser.
En el mundo actual se habla de soberanía alimentaria, digital, y de otras formas que van más allá de lo militar, dependiendo de los escenarios de discusión, que en términos académicos llegan hasta lo fascinante. Hasta aquí todo el mundo pareciera estar de acuerdo, sí, pero hay un área de discusión más reducida, complicada y delicada: cuando se trata del Estado.
No es lo mismo discutir el concepto en mundos tan cerrados como, por ejemplo, los de Rusia o en Cuba, que en países en los cuales impera el respeto a la libertad de expresión, como en Francia, Gran Bretaña o Noruega. Y eso es así porque en Rusia y Cuba los límites del Estado son definidos por el leal saber y entender de Vladimir Putin y Díaz Canel.
Sin embargo, es imposible pensar de democracias sin identidad nacional, que dependan de la voluntad del hermano mayor para todo –como lo llamaba el bien recordado George Orwell–, en las cuales sea ese hermano quien ejerza el control total o parcial del territorio nacional y de sus recursos naturales, sin que los súbditos tengan nada que decir. En esos casos no podría hablarse de democracia.
Solo los imperios y los imperialistas entienden que la soberanía llega hasta los confines de su dominio militar. Ah, claro, aquí no podemos pasar por alto que este criterio es aceptado por los sumisos infaltables de los países dominados, que hasta se vanaglorian de la insensatez en que incurren sin medir las consecuencias. Ellos creen que la constitución y la soberanía pueden echarse a la basura. ¡Qué barbaridad!
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