lunes 15 agosto, 2022
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A una amiga

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La pandemia, con su toque lúgubre, nos castigó con la misma crueldad que al resto del planeta. Vimos morir a muchos, escapar de la muerte a otros, y escuchamos cifras escalofriantes que nos hablaron de una amenaza con dimensión de catástrofe universal. Fue un momento duro, pero lentamente las cifras empezaron a descender y, gracias a las vacunas y medidas restrictivas, aparentemente, la humanidad se ha liberado de la epidemia del covid, enfermedad que quedará para siempre entre nosotros, como una afección respiratoria estacional.

Muchos se fueron sin despedirse, otros lograron hacerlo. Una mañana escuché en un mensaje la voz de una amiga entrañable diciéndonos que se había contagiado, pero que no nos preocupáramos porque estaba en las mejores manos. Su voz, como siempre, sonó alegre, optimista, con la risa entremezclada en cada palabra. Resultaba fácil imaginar su sonrisa grande mientras leía el mensaje. Dos semanas después, ante nuestra insistencia, un familiar nos dijo que ella estaba sobrellevando la enfermedad y que no la llamáramos porque requería tranquilidad. Nos resignamos a esperar que, un día cualquiera, nos dijera que estaba fuera de peligro. Al cabo de tres semanas no resistimos la espera y llamamos. Para nuestra sorpresa, contestó su hija y entre lágrimas dijo: “Mamita se nos murió la semana pasada”.

La estupefacción se mezcló con el dolor y el llanto sin barreras brotó. Lo peor de todo fue la incredulidad. Ella era una mujer joven, profesional experta en salud, absolutamente optimista y sobreviviente de un cáncer de mama muy avanzado. ¿Entonces? Un día, revisando mi teléfono, encontré un mensaje enviado por ella dos semanas antes de morir, en el cual, sin decir de su enfermedad, nos aconsejaba cuidarnos mucho, tratar de ser felices y, sobre todo, vivir la vida a plenitud. Su voz sonaba entrecortada. Sin duda, se estaba despidiendo. Aún no me explico por qué nunca encontré ese mensaje.

Esa era nuestra amiga. A escondidas de su familia, envió una despedida cargada de fe a varios de sus amigos. Esa era Consuelo Vivas, la mujer que sabía escuchar y siempre estaba dispuesta a dar su voz de consuelo, su alegría y su optimismo a quien lo necesitara. Hoy, a un año de su despedida me digo… Consuelo, te fuiste y nos dejaste sin el consuelo de tu sonrisa, pero ese recuerdo siempre iluminará nuestra vida. Gracias amiga.

Liliam Caraballo

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