Opinión
Aniceto Matute Rubio: El Rábula del Rey y Guardián Realista de San Antonio del Táchira
martes 16 junio, 2026
Alexis Balza
En las crónicas de la Independencia, los nombres de los libertadores suelen opacar a aquellos que, con igual ferocidad, se aferraron a un orden que se desvanecía. Entre esos personajes de claroscuros destaca Aniceto Matute Rubio, una figura cuya vida parece extraída de una novela de contrastes: el abogado que litigaba sin cobrar, el político que servía de escudo a la monarquía en San Antonio del Táchira y el guerrero que desafió al mismísimo Francisco de Paula Santander en los valles fronterizos.
El perfil de un “Abogado por amor al arte”
La historia lo ha definido bajo el término de “rábula” o “tinterillo”, pero Matute Rubio fue mucho más que un simple conocedor empírico de las leyes. En una época donde la justicia se administraba bajo el fragor de la guerra, Matute ocupó el cargo de Teniente de Justicia Mayor de San Antonio del Táchira.
Lo que lo hacía singular no era solo su dominio de la legislación colonial, sino su desinterés económico en favor de su causa. Documentos de 1816 revelan una faceta inusual: Matute solicitaba poderes al vecindario de San Antonio para representarlos en pleitos contra los no realistas, asumiendo él mismo todos los gastos y costas judiciales. En un mundo de intereses mezquinos, Matute Rubio ejercía el derecho como un arma política, relevando a sus clientes de cualquier pago con tal de golpear, a través del papel y la tinta, a los defensores de la República.
El brazo ejecutor en la “Guerra a Muerte”
La figura de Matute Rubio tiene también un matiz sombrío. Su lealtad a la Corona española no conocía matices. Se le asocia con la represión realista en la zona fronteriza, siendo señalado como el responsable del sacrificio de Eulalia Galvis en enero de 1814 por el “crimen” de enviar información a los patriotas de Pamplona.
Incluso en los momentos de mayor tensión, como los juicios de infidencia de 1812 y 1813, Matute aparecía como el asesor jurídico (o el “profesor de derecho” ausente, según la irónica descripción del coronel Ramón Correa) que buscaba dar un marco legal a las ejecuciones y confiscaciones. Para él, la ley española era absoluta, y cualquier insurgencia era una mancha que debía ser borrada, a veces con la pluma y otras con el filo de la espada.
No solo fue un hombre de tribunales; Matute Rubio fue un líder de milicias. Tras la Batalla de Cúcuta en 1813, cuando Bolívar inició su Campaña Admirable, Matute no se rindió. Se internó en las zonas de San Faustino y Capacho, liderando guerrillas realistas que mantuvieron en jaque a las tropas republicanas.
Es aquí donde surge una de las ironías más fascinantes de su historia: mientras combatía militarmente al joven sargento mayor Francisco de Paula Santander, Matute estaba unido a él por lazos familiares indirectos. En 1801, se había casado en San Antonio con María Águeda Maldonado Omaña, pariente de quien más tarde sería el “Hombre de las Leyes”. Este cruce de sangres y lealtades resume la tragedia de la independencia en la frontera, donde la guerra era, literalmente, un asunto entre parientes.
Aniceto Matute Rubio otorgó su testamento el 27 de octubre de 1836 en San Antonio del Táchira, la tierra que defendió con una tenacidad que incluso sus enemigos tuvieron que reconocer. No fue un hombre de términos medios. Su odio a la causa independiente era “irreducible”, y su amor por las “temolinas litigiosas” lo llevó a ser el último gran defensor del orden colonial en la Villa Heroica.
Hoy, su nombre sobrevive en los archivos como el recordatorio de que la historia no solo se escribió con los triunfos patriotas, sino también con la resistencia obstinada de hombres que, como Matute, creyeron ciegamente que el honor y la justicia estaban del lado del Rey.
“Matute Rubio era un abogado que ejercía por amor al arte… un sujeto irreducible en su odio a los independentistas”.
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