Skip to main content Skip to footer
  • Inicio
  • Política
  • Regional
  • Frontera
  • Nacional
  • Internacional
  • Opinión
  • Legales
  • Obituarios
  • Sucesos
  • Deportes
  • +Sec
    • Clasificados
    • Cosas del Mundo
    • Compilado Musical
    • Cultura
    • Economía
    • Farándula y Espectáculos
    • Flash
    • Infogeneral
    • Noche de Ronda
    • Reportajes y Especiales
    • Tecnología
    • Salud
    • Tachirenses en el mundo
    • Noche de Ronda
    • Obituarios
    • _________
Diario La Nación - Inicio

Buscar en Diario La Nación

La Nación RadioPublicidad
Set Of Black Circle Social Media Logos With New X logo-ai
Set Of Black Circle Social Media Logos With New X logo-ai
Set Of Black Circle Social Media Logos With New X logo-ai
Set Of Black Circle Social Media Logos With New X logo-ai
ImpresoMiniavisos
  • Inicio
  • Política
  • Regional
  • Frontera
  • Nacional
  • Internacional
  • Opinión
  • Legales
  • Obituarios
  • Sucesos
  • Deportes
  • + sec
    • Clasificados
    • Compilado Musiacal
    • Cosas del Mundo
    • Cultura
    • Economía
    • Farándula y espectáculos
    • Infogeneral
    • Marcas y negocios
    • Noche de Ronda
    • Reportajes y Especiales
    • Salud
    • Tachirenses e el mundo
    • Tecnología
Inicio/Opinión/Corresponsabilidad en una Metástasis Social

Opinión
Corresponsabilidad en una Metástasis Social

miércoles 18 marzo, 2026

Corresponsabilidad en una Metástasis Social

Luis F. Ibarra*

Venezuela, un país que durante décadas navegó en la embriaguez de la abundancia petrolera, hoy se enfrenta a una dura realidad: más de ocho millones de sus ciudadanos deambulan por continentes ajenos, poblando plazas y aceras con el estigma del desterrado. En medio de este desgarrador éxodo, la dignidad ha pasado a convertirse en una moneda de cambio. Sin embargo, más allá de la tragedia humanitaria y el colapso de sus instituciones, subyace una patología ética que se debe diagnosticar: el facilismo criollo. Como sociedad, hemos agotado el análisis de nuestra crisis desde la óptica del PIB, la hiperinflación y las luchas políticas. Pero más allá de los números y las estadísticas macroeconómicas, existe una corresponsabilidad colectiva que ha germinado en una cultura de importación parásita, destructora de nuestro aparato productivo mucho antes de que las cifras oficiales tocaran fondo. Entre diversas causas, los moradores de esta tierra pagan hoy el precio de haber hipotecado su futuro a cambio de los espejismos del control cambiario.

Es imperativo reconocer que muchos de quienes hoy claman contra el autoritarismo fueron quienes, en una orgía de corrupción doméstica, “rasparon” tarjetas y mercadearon divisas en las fronteras, simulando viajes de turismo que jamás ocurrieron para estafar a un Estado negligente que se dejó timar. Esta “viveza criolla” se elevó a la categoría de política económica, y la connivencia con el delito de cuello blanco se transformó en un componente devastador de validación social. Durante años, la sociedad no solo toleró al corrupto, sino que se complació en retratarse con él, buscando el brillo de su riqueza mal habida para validar el propio estatus. Mirar hacia otro lado mientras el vecino, el socio, el familiar o el funcionario “coronaba” un guiso se convirtió en tertulia de admiración nacional. Aunque a corto plazo pueda parecer lucrativo o incluso “divertido” por la adrenalina del dinero fácil, no entendimos que congraciarse con la corrupción es un préstamo con intereses impagables que la historia siempre termina cobrando con sangre, hambre y migración.

La nación fue testigo de una casta de “empresarios” depredadores que, en lugar de fundar industrias, fletaban aviones a las Antillas para vaciar los cupos de crédito de sus empleados a cambio de un fin de semana de sol. Vimos universidades que, lejos de ser baluartes de pensamientos críticos o de “vencedores de sombras”, dilapidaron presupuestos en burocracias nepotistas y clientelares, languideciendo hoy sin renovación en una penitencia de escasez absoluta. Este “emprendimiento” parasitario descubrió que era más rentable la sobrefacturación subsidiada en dólares fáciles, que el sudor de la producción. Al capitalista de maletín, le bastaba presentar facturas infladas para desviar millones de dólares hacia cuentas en paraísos fiscales, mientras el país se inundaba de bienes suntuarios. Entre autos de lujo, whiskies de malta y electrónicos de alta gama subvalorados a un dólar regalado, se gestó una riqueza sin esfuerzo. Los que decían “tá barato, dame dos”, saborearon las mieles de un oro negro que creían inagotable, mientras que, desde sus exilios dorados, comerciantes multimillonarios inescrupulosos desmantelaban nuestro futuro.

Debemos comprender que la corrupción no es un evento aislado de las élites, sino un ecosistema que prospera gracias a la ceguera voluntaria de la ciudadanía. Tolerar la podredumbre ajena con la esperanza de que nos salpique un poco de su opulencia es una receta perfecta para calamidades. Una sociedad que celebra la astucia del tramposo y desprecia el rigor del honesto está condenada a ver cómo sus puentes se caen, sus hospitales colapsan, su educación y universidades se arruinan, y sus hijos se marchan. La factura del intercambio de complicidades siempre llega, y esa exigencia de pago suele ser más alta de lo que cualquier dádiva pueda cubrir. Y como siempre, los más débiles son quienes pagan el mayor precio.

Venezuela fue, quizás, el único rincón del mundo donde un sueldo mínimo permitía vivir la ilusión de estrenar un auto cada año. Esa economía, la más subsidiada del planeta, corrió ciega hacia el precipicio. En menos de un cuarto de siglo, la alquimia del poder evaporó el valor de la moneda: el bolívar de 1999 sufrió la amputación de catorce ceros, una cifra astronómica que convirtió al antiguo signo monetario en un residuo histórico devaluado en 100 billones de veces su valor original. Hay que entenderlo con la lucidez del náufrago: los actuales gobernantes no son invasores de otra galaxia ni accidentes de la historia. Son la expresión milimétrica de una sociedad que los gestó a su imagen y semejanza. Son el resultado de una cultura que prefirió la dádiva al mérito, la trampa al derecho y el clientelismo a la ciudadanía.

Hoy corresponde sobrevivir y resignarse al castigo con la sobriedad del que sabe que el banquete terminó y la cuenta pendiente hay que pagarla. No esperemos rescates divinos ni intervenciones providenciales. El espejo no miente, y lo que vemos en él es nuestra propia indiferencia ante la destrucción de una nación de recursos inigualables. La reconstrucción no comienza con un nuevo decreto, sino con la aceptación de una verdad amarga: Venezuela no se destruyó sola; la deshicimos entre la viveza, los cupos CADIVI, los títulos de pacotilla y la ilusión de que el petróleo era una herencia divina sin fecha de vencimiento. Es tiempo de despedirnos de la fantasía petrolera y edificar, sobre las cenizas del facilismo, una sociedad donde solo quepan el esfuerzo, la disciplina y la integridad. Una ciudadanía que entienda, de una vez por siempre, que el silencio y aceptación complaciente del corrupto es el primer paso hacia la propia esclavitud.

La bondad de una democracia no depende solo de quienes la dirigen, sino de la vigilancia activa de quienes los eligen; por ello, cuando una sociedad permite por acción u omisión que individuos carentes de mérito y preparación ocupen las altas esferas del poder, el colectivo incurre en una responsabilidad inexcusable. Al priorizar el carisma vacío, el amiguismo o el resentimiento por encima de la competencia técnica y la integridad ética, los ciudadanos erosionan los cimientos institucionales que los protegen, convirtiéndose en cómplices silenciosos de la decadencia funcional de su propio Estado. En última instancia, un gobierno que desprecia la meritocracia no solo evidencia un fallo de liderazgo, sino el reflejo de una comunidad que ha renunciado a la excelencia como requisito para decidir su destino común. Es fundamental reconocer que durante la perversa congelación anti renovación de sus autoridades, las universidades públicas de Venezuela, otrora faros de pensamiento crítico y excelencia académica, lentamente pudieran estar convirtiéndose en espejo nítido de la descomposición social que las rodea. Urge evitar que los espacios destinados a forjar los indiscutibles conductores del futuro del país, terminen reproduciendo los mismos vicios de impunidad, mediocridad y tráfico de influencias que asfixian a la nación. Imprescindible es cuidar que la erosión moral no comprometa la disminuida reserva ética e intelectual de la sociedad venezolana. Sin rendición de cuentas, la degradación universitaria solo perpetuará el ciclo de corrupción del resto de las instituciones nacionales.

*Ingeniero de Sistemas. Profesor de Simulación e Investigación de Operaciones de la UNET

Destacados

Detenido en Panamericano por presunto abuso sexual contra un menor de edad

Más 30 eventos y varias sorpresas en el Cumpleaños de San Cristóbal

Inameh pronostica que abril será un mes de mucho calor

Lamentan exclusión de la frontera del Táchira en encuentro presidencial

Central Bolivariana de Trabajadores propone aumento de $ 50 trimestral

Gobierno eleva a 150 dólares el Bono de Guerra Económica para trabajadores públicos

Detienen a venezolana en España por ahogar a su hija en el mar

¿Qué significan tus pesadillas recurrentes? soñar con dientes caídos,ver a un familiar fallecido

«Esperamos que la canciller regrese de Venezuela con los colombianos»

Diario La Nación

Editorial Torbes CA
J-070059680

Miniavisos

Edición Impresa

Mapa del sitio

Política de privacidad

Sobre Nosotros