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Inicio/Opinión/Cuando la mirada dejó de pertenecernos

Opinión
Cuando la mirada dejó de pertenecernos

viernes 17 julio, 2026

Cuando la mirada dejó de pertenecernos

“…no sé en qué tiempo estoy, pero la única manera de saber si estoy cerca o lejos de ti, es mirándote a los ojos…”

Viena Zamudio Valero

Hay frases que nacen para una sola conversación, pero en realidad ya existían —como posibilidades del lenguaje, como verdades emocionales de la humanidad— y lo que hace el encuentro es darles voz; y sin proponérselo, terminan describiendo transformaciones mucho más amplias. Leí la cita y me pregunté: ¿qué ocurre cuando una mirada deja de pertenecer exclusivamente a quienes participan del encuentro?

La mirada es un vehículo de sentido relacional, cultural y político, y por eso carece de neutralidad, a través de ella se expresa reconocimiento, rechazo, afecto, autoridad o poder. Su fundamento reside en ese poder de comunicar. En el encuentro de miradas no solo se intercambia información, sino que se constituye la identidad del otro, se le otorga o se le niega un lugar en el mundo. Así, una mirada concedida reconoce y legitima la presencia del otro; una negada o indiferente, en cambio, es una forma sutil de menosprecio que excluye y desintegra el vínculo social.

Este acto ocupa un lugar privilegiado en la comunicación no verbal. Allí donde las palabras no alcanzan, el ojo sostiene, interroga, elude, reconoce o anula sin necesidad de traducción. Su fuerza reside en esa inmediatez que lo convierte en uno de los marcadores intersubjetivos más poderosos de la experiencia humana.

Ahora bien, en los entornos digitales, la mirada deja de ser un acto privado al hibridarse con el ecosistema digital, diseñado para registrar lo observado y condicionar lo que puede ser visto y cómo debe ser mirado. Si la plataforma nos devuelve una mirada filtrada, ¿quién mira a quién al final? ¿Miramos nosotros o somos mirados por el sistema que nos ha anticipado?

El ecosistema digital ya no solo facilita el encuentro; ahora registra cada acto. Es decir, no mira, no siente, no interpreta; solo conserva información donde antes existía experiencia. Alguien publica una historia, otro la mira; un usuario revisa un perfil, otro vuelve sobre él sin comentar. Sin palabras, el sistema ya produce datos: quién, cuánto, cuántas veces, qué vio antes. La curiosidad —antes íntima— se vuelve rastreable y comercializable.

Registrar no es comunicar. Los millones de huellas que se almacenan a diario no producen significado por sí mismas. La transformación ocurre cuando ese registro condiciona la relación, saber que alguien vio su historia modifica su conducta; el dato, al volver a usted como información, abandona el silencio de la plataforma y se convierte en un estímulo que condiciona sus próximos movimientos, en un nuevo acto comunicativo. La plataforma ya no media, ahora participa.

La transformación no reside únicamente en que la mirada deje huella, sino en que la propia experiencia adquiere una segunda existencia. Lo que antes se agotaba en el encuentro entre quienes compartían ese instante comienza a integrarse a procesos de clasificación, análisis y valorización económica. Como advierte Zuboff (2020), la experiencia humana se convierte en materia prima de nuevos modelos de extracción de datos. En esa misma dirección, Han (2014) observa que la comunicación digital favorece el desplazamiento de la interioridad hacia la exposición. Nunca antes la mirada fue tan efímera para quien mira y tan permanente para quien la almacena.

La pregunta persiste: si el sistema devuelve nuestra mirada convertida en información, ¿quién mira realmente a quién? Miramos, pero nuestra mirada ya no nos pertenece por completo; es registrada, clasificada y utilizada para anticipar comportamientos. El sistema no nos mira, nos predice.

Quizá el verdadero desafío no consista en aprender a convivir con plataformas capaces de registrarlo todo. El desafío consiste en preservar el encuentro, el derecho al misterio y esa mirada improductiva que solo existe por el deseo profundamente humano de conectar con otro. Las plataformas pueden registrarlo todo, pero todavía no pueden vivir el encuentro.

*Comunicadora social. Profesora en la Universidad de Los Andes, Táchira.

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