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Inicio/Opinión/Cuando la tendencia no eran las vistas sino la independencia

Opinión
Cuando la tendencia no eran las vistas sino la independencia

lunes 13 julio, 2026

Carlos Luis Barrios / 05/07/2026

A 250 años de la independencia de Estados Unidos y 215 de la venezolana, la pregunta sigue abierta: ¿somos realmente libres?

Hoy vivo entre dos países. Con el cuerpo en Estados Unidos y el corazón inevitablemente anclado a Venezuela. No conozco otra forma de mirar estas fechas. Ayer 4 de julio, Estados Unidos conmemoró 250 años de su independencia; hoy 5 de julio, Venezuela recuerda 215 años de la firma de su propia Acta de Independencia. Dos aniversarios separados por un océano de circunstancias, pero unidos por una palabra que ha sobrevivido a guerras, imperios, dictaduras, migraciones y generaciones enteras: libertad.

Hubo un tiempo en que la gran tendencia del mundo no era un video viral, una fotografía perfecta ni una frase diseñada para alimentar el algoritmo. Hubo un tiempo en que la tendencia era la independencia. No porque existieran redes sociales, sino porque una idea comenzó a recorrer el mundo con una fuerza que ningún imperio pudo contener: ningún ser humano había nacido para obedecer eternamente a otro. Aquella conversación transformó la historia mucho antes de que existieran los celulares, las plataformas digitales o la obsesión contemporánea por las vistas. La libertad fue, durante un instante decisivo de la humanidad, la noticia más importante del planeta.

El 4 de julio de 1776, los representantes de las trece colonias británicas aprobaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El documento, redactado principalmente por Thomas Jefferson, no solo anunciaba una ruptura política con la Corona británica; redefinía el origen del poder. Allí se afirma que todos los hombres son creados iguales y que poseen derechos inalienables como «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». También se establece que los gobiernos derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados y que, cuando destruyen esos fines, el pueblo tiene derecho a alterarlos o abolirlos.

Aquellas palabras no describían un mundo perfecto. Estados Unidos seguía tolerando la esclavitud y la igualdad estaba lejos de ser una práctica universal. Precisamente por eso el documento fue tan poderoso: no retrataba únicamente lo que existía, sino el mundo al que se aspiraba. Esa es la fuerza de las declaraciones fundacionales. No son fotografías del presente; son compromisos con el futuro. Y cuando una sociedad las olvida, no pierde solamente memoria histórica. Pierde brújula moral.

La idea que cruzó el Atlántico

La independencia de Estados Unidos no ocurrió en aislamiento. Contó con apoyos internacionales decisivos, incluida la participación de potencias europeas que vieron en aquella guerra una oportunidad para debilitar al Imperio británico. España, por intereses geopolíticos propios, terminó formando parte de ese tablero. La paradoja histórica es evidente: al contribuir al debilitamiento británico, también ayudó a demostrar que una colonia podía desafiar a una potencia imperial y vencer. La acción produjo una reacción en cadena. Lo que comenzó en Norteamérica terminó encendiendo preguntas en el Caribe, en Caracas y en buena parte de Hispanoamérica. Gracias a esta idea, años más tarde fue abolida la esclavitud, las mujeres y las minorías obtienen mayores derechos.

Francisco de Miranda entendió esa grieta antes que muchos. No fue únicamente un precursor romántico ni un viajero ilustrado. era un hombre que vio cómo las ideas cambiaban el mapa del mundo. Participó en procesos militares y políticos de enorme impacto, conoció la experiencia estadounidense, vivió la Revolución Francesa y comprendió que Hispanoamérica no estaba condenada a obedecer para siempre. Las revoluciones comienzan cuando una idea deja de parecer imposible. Miranda vio esa posibilidad y la convirtió en proyecto.

Simón Bolívar sería luego el gran ejecutor político y militar de esa ambición continental. Su mérito no consistió solo en empuñar una espada, sino en comprender que la independencia debía convertirse en una arquitectura republicana. Bolívar no luchó para adornar plazas ni para terminar inmóvil sobre un pedestal. Luchó porque entendía que una nación sin libertad política es apenas una administración del miedo. George Washington, Thomas Jefferson, Francisco de Miranda y Simón Bolívar pertenecieron a contextos distintos, pero compartieron una convicción: el poder no puede sostenerse eternamente sobre la obediencia ciega.

Cuando Venezuela declaró su independencia el 5 de julio de 1811, afirmó ante el mundo que sus provincias eran y debían ser «Estados libres, soberanos e independientes». El Acta venezolana no fue un gesto menor. Fue la decisión de un pueblo de romper con la tutela de una metrópoli y reclamar el derecho de gobernarse a sí mismo. El documento fue aprobado por el Congreso en 1811 y forma parte del nacimiento jurídico de la Primera República.

La libertad dentro de una maleta

250 años después de Jefferson, la búsqueda de la felicidad continúa empujando a millones de personas a cruzar fronteras. Para algunos, significa estudiar, emprender, comprar una casa, cambiar de empleo o mejorar el futuro de sus hijos. Para otros empieza mucho antes: comienza con la necesidad de vivir sin miedo, de pensar sin ser vigilado, de hablar sin medir cada palabra, de trabajar con la esperanza de que el esfuerzo pueda convertirse en oportunidad y no en resignación.

Los venezolanos conocemos demasiado bien esa diferencia. No hemos cruzado fronteras únicamente por hambre o por salario. También hemos cruzado fronteras buscando libertad de pensamiento, libertad de expresión, independencia personal y la posibilidad de vivir sin sentirnos controlados por el poder. Hemos caminado hacia países hermanos, atravesado carreteras, terminales, montañas y selvas. Muchos venezolanos cruzaron el Tapón del Darién, cargaron niños, documentos, medicinas, fotos familiares y un pedazo de país en la memoria. No lo hicieron detrás de una comodidad superficial. Iban, en el sentido más profundo de Jefferson, detrás de la búsqueda de la felicidad.

Según ACNUR, cerca de 7,9 millones de refugiados y migrantes venezolanos se encuentran fuera del país, una de las crisis de desplazamiento más grandes del mundo reciente. Esa cifra no es una abstracción. Son padres que conocieron a sus nietos por videollamada, profesionales que comenzaron de cero, jóvenes que dejaron universidades inconclusas, madres que caminaron con sus hijos en brazos y familias que aprendieron a dividirse entre husos horarios.

Reducir el éxodo venezolano a una simple estadística migratoria sería un error histórico. Las migraciones masivas no ocurren en el vacío. Son consecuencia de decisiones políticas, económicas e institucionales acumuladas durante años. La política decide si hay hospitales capaces de atender, escuelas capaces de formar, instituciones capaces de proteger, tribunales dignas de hacer justicia y economías capaces de ofrecer oportunidades. Incluso quien dice no interesarse por la política termina viviendo las consecuencias de la política. La política define si un joven se queda, si una familia resiste o si una generación entera aprende a despedirse.

La democracia no funciona sola

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que la política es sucia, que nada cambia y que involucrarse no vale la pena. Esa idea beneficia únicamente a quienes prefieren ciudadanos cansados, distraídos o resignados. La democracia no se conserva por inercia. Votar importa, pero no basta. Una República necesita instituciones que funcionen, periodistas que pregunten, jóvenes que incomoden, jueces independientes, universidades libres, ciudadanos críticos y una sociedad que entienda que el poder debe rendir cuentas.

Por eso este texto no puede dejar de ser político. No partidista, pero sí político. Porque la independencia fue un acto político. La Constitución es un pacto político. La migración tiene causas políticas. La pobreza se agrava o se combate con decisiones políticas. La libertad de expresión se respeta o se persigue desde el poder político. Las oportunidades no caen del cielo: se construyen o se destruyen desde las instituciones. Quien pretende sacar la política de la conversación sobre la libertad no está siendo neutral; está amputando la causa del problema.

A los jóvenes hay que decirles esto sin anestesia: si ustedes abandonan la conversación pública, otros decidirán por ustedes. Decidirán qué educación reciben, qué oportunidades tendrán, qué derechos podrán ejercer, qué país heredarán y qué libertades les parecerán negociables. La independencia no es una fecha para memorizar en la escuela. Es una advertencia. Cada generación recibe una República incompleta y debe decidir si la fortalece, la traiciona o la mira deshacerse desde la comodidad de una pantalla.

La pregunta, entonces, no es solamente si somos libres. ¿Puede llamarse libre una persona que huye del lugar donde quería vivir para construir su futuro en otra tierra? ¿Puede ser soberana una nación cuyos ciudadanos por causa de un régimen siente que sus oportunidades están fuera de sus fronteras? ¿Puede una democracia sobrevivir si sus ciudadanos solo la recuerdan durante los aniversarios patrios?

La conversación pendiente

Este 5 de julio, Venezuela recuerda su independencia en medio de una tragedia provocada por un terremoto que golpeó a miles de familias. El desastre natural era inevitable. La desidia, no. En cualquier país, una catástrofe pone a prueba algo más que la resistencia de sus edificios: la capacidad del Estado para prevenir, proteger, coordinar, informar, atender y reconstruir. Politizar el dolor sería miserable. Pero exigir responsabilidad institucional ante el dolor no es politizar una tragedia; es ejercer el derecho ciudadano.

En ese contexto, y gracias a que alguna vez fuimos independientes del entonces llamado yugo español, y que somos una república, que tenemos una Carta Magna que incluye derechos y deberes, y atendiendo a ello, el régimen que encabeza Delcy Rodríguez vio vencido, el pasado 3 de julio, el plazo máximo previsto para ejercer como presidenta interina del país. Por ello, se ha vuelto a evocar en las noticias el artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que establece: «El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos». Ese artículo no es una consigna. Es una cláusula de defensa democrática escrita dentro de la propia Constitución.

Habrá quien diga que estas fechas no deben mezclarse con la crisis actual. Yo pienso lo contrario. Las fechas patrias no sirven de nada si no iluminan el presente. Celebrar la independencia mientras se evita hablar de libertad es convertir la historia en decoración. Las actas de independencia no fueron escritas para tranquilizar conciencias, sino para desafiar al poder. Fueron documentos incómodos. Nacieron contra la obediencia automática. Para recordarle a todo gobernante que ningún pueblo pertenece a quien lo gobierna.

Yo, no escribo para imponer respuestas definitivas. Lo hago cumpliendo con mi derecho a la libertad de expresión y ejercer mi función como periodista y dejar preguntas abiertas. Si la Declaración de Independencia de Estados Unidos consagró la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, ¿cómo medimos hoy esos principios? Si el Acta venezolana proclamó el derecho de un pueblo a gobernarse libremente, ¿qué significa esa promesa para quienes han tenido que marcharse? Si hace 250 años la independencia fue capaz de convertirse en la gran conversación del mundo, ¿por qué hoy nos cuesta tanto volver a poner la libertad en el centro?

Hace 250 años la tendencia era la independencia. No porque existieran redes sociales, sino porque millones de personas entendieron que ninguna tecnología, ningún progreso y ninguna riqueza tienen sentido si antes no se reconoce la dignidad humana. Hoy hablamos de inteligencia artificial, de algoritmos y de un futuro que parece llegar demasiado rápido. Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma que atravesó a Jefferson, Washington, Miranda y Bolívar: ¿qué estamos dispuestos a hacer para seguir siendo libres?

Las independencias no fracasan el día en que un ejército pierde una batalla. Fracasan el día en que una sociedad deja de creer que vale la pena defenderla. Y si algo deberían recordarnos estas fechas es que la libertad nunca está garantizada. Se piensa, se discute, se protege y se defiende. Todos los días.

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