Opinión
Cuando los titanes se rozan
lunes 16 febrero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
En los manuales escolares, todavía se enseña que el imperialismo es una política agresiva de expansión militar, generalmente del pasado. Una etapa “superada”, o cuando mucho, una práctica residual de potencias con nostalgia colonial. Pero esa mirada es ingenua, o más bien interesada: El imperialismo no es un capítulo cerrado, sino el modo operativo de la política mundial contemporánea.
Y no todo imperialismo es igual. Desde la perspectiva materialista, es clave distinguir entre imperios realmente existentes y formas imperiales degeneradas, frustradas o puramente ideológicas. El imperio no es solo la extensión de fronteras: Es una estructura capaz de organizar políticamente una multiplicidad heterogénea de pueblos, espacios, recursos y saberes bajo un eje de poder central con fuerza para imponerse.
Hoy, el mapa global no está formado por 190 Estados soberanos, sino por un puñado de imperios operativos que estructuran el orden (y el desorden) mundial. En este momento histórico, esos imperios son tres: Estados Unidos, China y Rusia. Cada uno con lógicas diferentes, pero todos con capacidad para proyectar su poder más allá de sus fronteras y absorber, de forma directa o indirecta, zonas periféricas.
El imperio estadounidense articula su poder a través de una red extensa de bases militares, tratados económicos, hegemonía cultural y control financiero. Es un imperio que, más que colonizar territorios, absorbe soberanías funcionales, subordina Estados formales y establece jerarquías globales bajo la retórica de la democracia liberal y los derechos humanos. Su imperialismo es de tipo generador: Fabrica órdenes, exporta instituciones, impone estándares.
El imperio chino, por su parte, despliega un tipo distinto de imperialismo: Silencioso, económico, tecnocrático. Compra infraestructuras, penetra mercados, establece dependencias mediante deuda, puertos, tecnología. No se presenta como amenaza, sino como socio. Pero todo acuerdo con un imperio es una geometría asimétrica: Lo que da, lo cobra.
El imperio ruso, en cambio, ejerce una forma más clásica de imperialismo: Con presencia militar directa, defensa de zonas de influencia históricas, proyección territorial a través del poder duro. No busca encantar, sino resistir. Es un imperialismo defensivo-reactivo, pero igualmente estructural.
Frente a ellos, los demás Estados —incluso los que fingen neutralidad— operan como piezas dentro de estos juegos de fuerza imperial. No son actores soberanos, sino vectores subordinados, a veces conscientes, a veces no. La Unión Europea, por ejemplo, actúa como satélite del imperio atlántico. América Latina oscila entre dependencia, nostalgia y vacilación. África es tablero de disputa. Y el Medio Oriente, campo minado de imperialismos cruzados.
El materialismo filosófico desmonta las ilusiones moralistas. No se trata de elegir buenos o malos, sino de entender qué estructuras reales se enfrentan y qué tipo de mundo producen. El imperialismo no es una opción política: Es la forma inevitable de organización del poder cuando se supera el marco del Estado-nación.
Los imperios son los únicos agentes capaces de alterar la estructura del presente. Lo que está en juego no es quién gobierna, sino quién da forma al mundo. Y cuando los titanes se rozan, el resto tiembla.











