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Inicio/Opinión/Cuando se ama a un perro, se ama aun con las pulgas

Opinión
Cuando se ama a un perro, se ama aun con las pulgas

lunes 11 mayo, 2026

Cuando se ama a un perro, se ama aun con las pulgas

Hogan Vega y Dorli Silva

Hablar de la metáfora “cuando se ama a un perro, se ama aun con las pulgas” es una reflexión en el plano emocional, conocida como “la mochila que traes no está vacía”. De ahí que sea fácil entender que nadie llega a una relación como una hoja en blanco; todos somos el resultado de historias previas: La “Bolsa de Heridas.”

Asimismo, a la luz del trabajo del amor, para ser más claro, no es el trabajo del sudor, es el amor, es decidir estar contigo hoy, ya que decidí estar contigo hoy, tal vez, no sé si mañana, motivado a que siempre y cuando no ponga en riesgo mi integridad física, emocional y espiritual. Además, la analogía de la pulga: Las “pulgas” emocionales son las inseguridades, los celos infundados o la reactividad ante el conflicto. Son molestas, pican y a veces causan irritación en el otro.

Sin embargo, el “Hoy decido”: Al reconocer que el mañana es incierto, el compromiso se vuelve más real. No amas un potencial futuro, amas a la persona con su equipaje actual. Aceptar las “pulgas” emocionales no significa ignorarlas, sino reconocer que forman parte del ser que tienes frente a ti y decidir que, por hoy, el vínculo es más valioso que la incomodidad que esas heridas provocan.

Al mismo tiempo, esta metáfora es profundamente honesta porque rompe con la visión romántica e idealizada del amor, centrándose en la aceptación radical. Mientras que la “pulga” en el animal es un parásito externo, en la analogía de pareja representa aquello que es difícil de erradicar: Traumas, miedos y comportamientos defensivos. Es decir, en la analogía “amar al perro con sus pulgas” implica aceptar que el cuerpo del otro no es solo estética, sino también historia, donde las heridas físicas: Pueden ser enfermedades, el paso del tiempo o limitaciones biológicas. Decidir estar con alguien “hoy” es aceptar su fragilidad física y correr el riesgo: La falta de energía o el dolor físico pueden limitar la convivencia. Sin embargo, la metáfora sugiere que el amor no se retira cuando la “bolsa de heridas” se manifiesta en el cansancio o la enfermedad; se adapta a la realidad del cuerpo presente, el plano físico.

Al igual que desde lo espiritual, esta metáfora habla de la compasión, y el reconocimiento mutuo: Al aceptar las pulgas del otro, admitimos implícitamente que nosotros también cargamos con nuestra propia “bolsa”. Es un ejercicio de humildad donde dos seres heridos intentan sanar o, al menos, no lastimarse más, y correr el riesgo de la relación: El mayor peligro espiritual es permitir que las heridas (el ego, el orgullo, el rencor) se vuelvan el centro de la relación. La metáfora invita a mirar más allá del parásito (el defecto) para seguir viendo al ser (el amor).

En otras palabras, decir “te amo con tus pulgas” es una declaración de realismo existencial. Es admitir que la relación es un organismo vivo que requiere limpieza y cuidado constante, pero que no se desecha ante la primera molestia. Siempre hay una diferencia entre amar una idea de pareja y amar a una persona real. Las heridas pueden poner en riesgo la relación, pero la decisión consciente de “estar hoy” a pesar de ellas es, precisamente, lo que constituye el acto de amar.

Por consiguiente, crear un buen ambiente para vivir en pareja, es completamente natural que, con el paso del tiempo, esa “bolsa” se sienta más pesada. Lo que ocurre es una paradoja propia de la madurez: tenemos más sabiduría para identificar las señales de alerta, pero menos paciencia para tolerar el daño. Del mismo modo, ese peso que sientes se divide en dos fuerzas que suelen entrar en conflicto: La primera, el filtro de la experiencia, a diferencia de la juventud, donde uno se lanza al amor con una venda en los ojos, en esta etapa el aprendizaje actúa como un mecanismo de protección; ya no confundes el “ruido” con la “música”. Sabes identificar cuándo una “pulga” es simplemente un defecto manejable y cuándo es una señal de algo más profundo que no estás dispuesta a permitir; el aprendizaje te da herramientas para poner límites, pero también hace que el análisis sea constante, lo que a veces impide disfrutar el “hoy” por estar evaluando los riesgos.

En segundo lugar, el fantasma de la repetición, donde el miedo a que la historia se repita es, en realidad, un intento del cerebro por evitar el dolor. Es el eco de las heridas pasadas que grita: “Ya pasamos por esto, no dejes que ocurra de nuevo”; el riesgo del sesgo: A veces, el miedo nos hace ver “pulgas” donde no las hay, o nos hace reaccionar ante la pareja actual por deudas que dejó alguien del pasado; es aquí donde la frase “hoy decido estar contigo” cobra un valor heroico. Es una victoria sobre el miedo; es decirle a tus fantasmas que, aunque conoces el dolor, confías en tu capacidad actual para manejarlo.

Por lo tanto, llegar con la bolsa llena de heridas no te hace menos capaz de amar; de hecho, te hace amar con mayor consciencia. La clave está en distinguir entre: La herida abierta, aquello que todavía duele y nos hace reaccionar con miedo; la cicatriz, es un recordatorio de lo que vivimos, que ya no duele, pero nos sirve de guía. Es una etapa de “amor con ojos abiertos”. Ya no se ama desde la carencia o la necesidad de ser salvado, sino desde la decisión de compartir el camino, sabiendo que ambos son seres imperfectos y “averiados” en ciertos puntos, pero que deciden sostenerse a pesar del peso de sus bolsas.

En consecuencia, esa es la gran encrucijada de la madurez. Lo que llamas “umbral de tolerancia estrecho” es, en realidad, una forma de economía emocional. Con el tiempo, uno deja de tener energía para las batallas que sabe que no tienen sentido o para los ciclos que ya aprendió a identificar desde el primer síntoma; esta lucidez genera un cambio profundo en la forma de vincularse, que se mueve entre cómo nos castigamos pensando que nos hemos vuelto “difíciles” o intolerantes, pero hay una diferencia vital entre la falta de flexibilidad y la claridad de valores: Antes, intentabas “curar” las pulgas del otro o esperabas que el tiempo lo cambiara todo; ahora, ya sabes que las pulgas vienen con el perro. Si el tipo de herida o “pulga” del otro es incompatible con tu paz, tu sistema de alerta se enciende de inmediato. No es que toleres menos a la persona, es que toleras menos el daño a tu propia estabilidad.

A diferencia, esa bolsa de heridas actúa ahora como un manual de instrucciones, donde seleccionar mejor no significa buscar a alguien perfecto (porque ya aceptamos que todos traemos equipaje), sino buscar a alguien cuyas heridas no entren en conflicto destructivo con las tuyas. Ahora, la selección es consciente, solo buscas a alguien que también sea consciente de su propia “bolsa”. La relación se vuelve más ligera no porque no haya problemas, sino porque ambos saben qué hacer con ellos sin culpar al otro.

Sin duda, el único peligro de que el umbral sea tan estrecho es caer en la hipervigilancia, donde estar tan atenta a que no se repita el pasado que dejas de ver lo que está pasando en el presente; si el miedo a la repetición es muy alto, cualquier gesto mínimo puede ser interpretado como el inicio de una catástrofe antigua; aquí es donde el “hoy decido” funciona como un ancla. Te permite observar la herida sin asumir que es la misma que te lastimó antes.

En síntesis, tener un umbral más estrecho es el precio de la paz; ya no estás para “ver qué pasa”, sino para que “pase lo que tú ya sabes que te hace bien,” donde es preferible una soledad elegida que una compañía que reactive las heridas que tanto te costó sanar. Al final del día, cuando dices “hoy decido estar contigo”, lo dices con una autoridad que no tenías antes. Ya no es un amor ingenuo, sino un amor valiente, porque conoce el peso de la bolsa y, aun así, elige caminar. Por último, cerramos con la frase: “Amarse a uno mismo es el primer paso para amar a los demás”. Implica reconocer el propio valor, tratarse con dignidad y establecer límites, lo que permite amar a los demás desde la plenitud y no desde la necesidad o la carencia.

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