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Inicio/Opinión/Domingo de Ramos: el amor que carga la cruz del trabajador y el pensionado

Opinión
Domingo de Ramos: el amor que carga la cruz del trabajador y el pensionado

domingo 29 marzo, 2026

Domingo de Ramos: el amor que carga la cruz del trabajador y el pensionado

Pedro Morales

Hay una imagen que recorre Venezuela cada mañana con una elocuencia silenciosa: la de un trabajador o una trabajadora que, antes del amanecer, sale de su casa con la certeza de que al final de la quincena no recibirá lo suficiente para cubrir ni una parte de lo que su familia necesita. O la de un pensionado que, después de décadas de servicio, llega al banco con la esperanza de que su pensión —esa promesa sagrada— alcance para algo más que un paquete de harina precocida, un poco de arroz o unas medicinas esenciales que le permitan mantener su salud. A ello se suma la incertidumbre de acceder a una atención de HCM que, en muchos casos, ya no cubre los gastos médicos más básicos. Esa escena, tan venezolana y tan humana, no está lejos del misterio que la Iglesia celebra en el Domingo de Ramos. Es, en realidad, su versión más contemporánea y desgarradora.

El Domingo de Ramos no es solo una fecha del calendario litúrgico. Es una invitación a mirar de frente el amor, el sacrificio y la entrega no como ideas abstractas, sino como realidades concretas que se viven en la piel, en el bolsillo vacío y en el silencio orgulloso de quien trabaja sin recibir aplausos. Es un día que recuerda que el amor verdadero no es una emoción pasajera ni un gesto decorativo: es una acción concreta, transformadora y, muchas veces, dolorosa. En ese sentido, el “Himno al amor” de san Pablo, en 1 Corintios 13, no suena como un ideal inalcanzable, sino como la descripción exacta del amor que millones de venezolanos practican cada día, muchas veces sin saberlo y sin que nadie se los reconozca.

Cuando Jesús entra en Jerusalén montado en un burrito —no en un caballo de guerra, sino en el animal más humilde del camino— está diciendo algo que los trabajadores venezolanos entienden muy bien: la verdadera grandeza no llega con estruendo de trompetas. Llega en silencio, como el obrero que enciende su moto a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo a una fábrica que le pagará en moneda devaluada; como la maestra que, aunque su salario no le alcanza ni para sus propios materiales, sigue de pie frente al pizarrón porque sabe que esos niños la esperan; como el pensionado que cobra su beneficio y, con una dignidad que conmueve, distribuye su escaso dinero para que no falte lo indispensable en casa. San Pablo dice que el amor es paciente y bondadoso. No hay mayor paciencia que la de quien espera, año tras año, que las instituciones cumplan lo prometido. No hay mayor bondad que la de quien, pese a haber sido defraudado una y otra vez, sigue dando lo mejor de sí.

Del mismo modo, la multitud que aclama a Jesús con hosannas es la misma que, días después, pedirá su crucifixión. Los trabajadores venezolanos conocen bien esa oscilación: han sido llamados “la columna vertebral de la nación” en los discursos oficiales y han sido ignorados o aplastados en la realidad cotidiana. Han escuchado promesas de reivindicación salarial con el mismo fervor con que la gente agitaba palmas en Jerusalén, y han visto cómo esas promesas se diluyen antes de que la tinta del decreto se seque. Jesús, sin embargo, no entra en Jerusalén sin saber lo que vendrá. Sabe. Y aun así entra.

Por su parte, san Pablo añade que el amor no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia; que no busca sobresalir ni compararse, sino que se entrega con humildad, incluso cuando recibe ingratitud a cambio. Ese es, precisamente, el amor con el que el trabajador venezolano va a su puesto cada día: sin pedir aplausos, sin exigir reconocimiento, cargando la cruz de una economía que lo ha traicionado, pero sin dejar de cumplir con su deber. Ese amor no lleva cuentas del mal recibido; perdona y sigue adelante.

Además, hay un silencio que habita en el corazón del que ama y sufre, y ese silencio es uno de los grandes misterios que el Domingo de Ramos ilumina. Jesús, al entrar en Jerusalén, no solo veía las palmas ni escuchaba los vítores. Veía los corazones. Sabía que muchos de aquellos rostros que lo aclamaban lo abandonarían en la primera señal de peligro. Y, sin embargo, no se detuvo ni retrocedió. Su amor no era egoísta ni calculador; no buscaba su propio beneficio, sino el bien de todos.

Ese mismo silencio lo viven el pensionado venezolano que, con una pensión equivalente a unos pocos dólares al mes, todavía consigue compartir un plato de comida con un vecino más necesitado; la enfermera que hace doble turno porque en el hospital faltan colegas que emigraron; el obrero de la construcción que sube igual al andamio porque tiene hijos que alimentar, aun sabiendo que las leyes no siempre lo protegerán si algo sale mal. En todos ellos hay un amor que no se alegra de la injusticia —y hay demasiada injusticia en su situación—, pero que se regocija en la verdad de que su trabajo vale, de que su vida importa, de que lo que hacen tiene sentido, aunque nadie lo vea.

En consecuencia, ¿puede imaginarse lo que sintió Jesús en aquel momento? Montado en ese burrito, viendo desfilar los rostros de una multitud que en pocos días le daría la espalda, sabiendo con precisión la traición que se acercaba. Amar así, con ese conocimiento y sin dar un paso atrás, es un acto de valentía que solo puede nacer de un amor puro: el amor que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. Y hay algo en la Venezuela obrera y jubilada de hoy que resuena con esa valentía. Porque seguir amando a un país que ha dado tan poco a cambio de tanto; seguir creyendo que ese país puede ser mejor; seguir esperando la justicia que todavía no llega; seguir soportando la precariedad sin perder la humanidad: eso es amor. Amor duro, amor que cuesta, amor que sangra. Pero amor al fin.

El Domingo de Ramos también prepara el corazón para el misterio de la cruz, que es el lugar donde el amor llega a su máxima y más desconcertante expresión. La cruz que Jesús cargó no era solo de madera. Era el peso del pecado del mundo, de las indiferencias acumuladas, de las traiciones repetidas, del egoísmo organizado como sistema. Cada paso hacia el Calvario fue una lección silenciosa: amar significa cargar con el peso del otro, incluso cuando duele. Los trabajadores y pensionados de Venezuela cargan una cruz que no eligieron: la de un país que dilapidó la mayor bonanza petrolera de su historia y dejó a sus ciudadanos más vulnerables sin el escudo que merecían.

Esa cruz tiene nombres y rostros concretos: el ingeniero jubilado que en sus mejores años diseñó puentes y hoy no puede costear sus medicamentos; la costurera que trabajó cuarenta años en la misma empresa y recibe una pensión que no alcanza ni para un kilo de carne; el maestro rural que educó a tres generaciones y hoy sobrevive gracias a la solidaridad de sus exalumnos. No son estadísticas. Son personas reales que cargan, como Jesús, un peso que no les corresponde llevar solos.

Sin embargo —y aquí está el corazón del mensaje del Domingo de Ramos—, el dolor no es el enemigo. Es el camino. Es, muchas veces, el precio de haber amado de verdad, de haberse entregado sin reservas, de haber sido verdaderamente humano en un tiempo que premiaba la inhumanidad. No se trata de glorificar el sufrimiento por el sufrimiento mismo: la pobreza no es virtuosa en sí misma, y la injusticia salarial no es una bendición disfrazada.

Se trata de entender que, cuando ese sufrimiento se vive con dignidad y amor, deja de ser una condena y comienza a convertirse en una puerta hacia la luz. Jesús no abrazó la cruz porque disfrutara del dolor. La abrazó porque sabía que a través de ella redimiría a la humanidad. Ese es el poder transformador del amor que san Pablo proclama: la capacidad de tomar lo más oscuro de la vida —la explotación, el olvido, la precariedad— y convertirlo en testimonio, en resistencia, en semilla de un mundo más justo. El amor, dice el apóstol, todo lo soporta. Y los trabajadores y pensionados venezolanos, con cada día que persisten en su dignidad a pesar de todo, demuestran que ese amor es posible.

Por otra parte, el Domingo de Ramos no es solo un recuerdo de lo que Jesús hizo hace veinte siglos. Es una invitación urgente, dirigida a cada persona que hoy contempla las palmas, los cantos y las procesiones, a preguntarse con honestidad: ¿a quién se está siguiendo? ¿Se está dispuesto a caminar con Jesús hasta el final, hasta el Calvario, o se prefiere permanecer en la comodidad de la multitud que aplaude desde las gradas y desaparece cuando comienza la persecución? Jesús no pide que se cargue su cruz; pide que cada quien cargue la propia. Que se ame sin miedo, que se abracen las heridas en lugar de esconderlas, que esas heridas se conviertan en caminos de esperanza para otros.

En este sentido, para los trabajadores y pensionados venezolanos cargar la propia cruz significa no rendirse ante la desesperanza; significa organizarse, alzar la voz con dignidad, exigir justicia sin odio, protegerse mutuamente como lo hicieron los primeros cristianos en las catacumbas. Significa seguir siendo luz en medio de la oscuridad, sin que la oscuridad los apague.

Finalmente, hoy más que nunca, Venezuela necesita personas que amen como Jesús amó. No el amor de los discursos vacíos ni el de las promesas que se evaporan antes del próximo ajuste económico. Necesita el amor concreto, audaz y transformador que san Pablo describe: paciente en la espera, bondadoso en el trato, libre de envidia, ajeno al orgullo, incapaz de la grosería, desinteresado, sereno, capaz de perdonar, que no celebra la injusticia, pero se regocija en la verdad, que todo lo aguanta, todo lo confía, todo lo espera y todo lo resiste.

Ese amor existe. Lo practican a diario los trabajadores que no abandonan su puesto a pesar de los salarios indignos; los pensionados que no abandonan su alegría a pesar de las pensiones miserables; los gremios que siguen negociando cuando todo parece perdido; las familias que siguen creyendo en este país cuando muchos ya han dejado de creer. Que cada palma que se levante este domingo sea un símbolo de ese compromiso: no el compromiso con el aplauso fácil, sino con el amor que se entrega hasta el último instante.

¡Al final, el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará!

Referencia:

Morales, P. (2024, 24 de marzo). Domingo de Ramos: el amor que carga la cruz del trabajador y el pensionado [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=5qXr4eTUkuQ

Economista (ULA). Profesor Titular de la ULA y la UNET. Expresidente de APUNET. Misión eucarística para la liberación espiritual: «Salve, María Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera».

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