Opinión
El altar ya no está en casa
viernes 19 junio, 2026
Viena Zamudio Valero *
En 2026, Deep Nostalgia, la herramienta de inteligencia artificial desarrollada por MyHeritage, generó más de 119 millones de animaciones capaces de animar rostros en fotografías de familiares fallecidos, haciéndolos sonreír, parpadear y mover la cabeza. La cifra no registra una moda pasajera, sino la consolidación de un fenómeno cultural reciente cuyas implicaciones antropológicas y filosóficas apenas comienzan a vislumbrarse. Para algunos usuarios, estas recreaciones producen lo que en distintos espacios digitales se ha denominado the illusion: la sensación momentánea de que la ausencia puede suspenderse y que la tecnología permite recuperar, aunque sea por unos segundos, la presencia perdida.
Detrás de cada una de estas imágenes existe una decisión profundamente humana: alguien seleccionó una fotografía, la entregó a un algoritmo y decidió compartir el resultado con otros. No es la inteligencia artificial la que recuerda a nuestros muertos. Son las personas quienes recurren a nuevas herramientas tecnológicas para mantener vivos vínculos que consideran significativos. La necesidad de recordar permanece; lo que cambia son las formas mediante las cuales expresamos esa memoria.
Durante siglos, las sociedades construyeron espacios específicos para honrar a sus difuntos. El altar doméstico ocupaba un lugar reservado dentro del hogar, donde las familias encendían velas, colocaban flores y preservaban el recuerdo íntimo de quienes ya no estaban. Paralelamente, el altar eclesiástico reunía a la comunidad en momentos determinados, como el cabo de año, para compartir la oración y la memoria colectiva. Ambos rituales otorgaban un lugar y un tiempo específicos al duelo.
Hoy parece emerger un tercer espacio para la memoria: el post en redes sociales. Al publicar una fotografía animada de un ser querido fallecido, el usuario traslada el recuerdo desde la intimidad del hogar o el ámbito religioso hacia escenarios digitales donde la evocación puede ser observada, comentada y acompañada por otros. El altar no desaparece; cambia de lugar.
Esta transformación recuerda, en cierta medida, el mensaje de la película animada Coco de Pixar (2017), donde la permanencia de los muertos dependía de ser recordados por quienes los amaron. Durante generaciones, las familias fueron las custodias de esa memoria a través de rituales y tradiciones compartidas. Sin embargo, en la actualidad, los entornos digitales comienzan a reconfigurar las formas mediante las cuales esas prácticas se expresan, se comparten y se preservan.
Existe, además, una diferencia fundamental. Los rituales tradicionales estaban asociados a tiempos específicos: aniversarios, misas y conmemoraciones familiares que otorgaban significado al acto de recordar. En cambio, los entornos digitales introducen nuevas temporalidades. Una aplicación novedosa, un desafío viral o una tendencia pueden convertirse en detonantes para evocar a quienes han fallecido. La memoria comienza así a coexistir con una temporalidad mediada por la lógica digital.
No obstante, surge una pregunta inquietante: ¿puede un post convertirse realmente en un altar? Los altares tradicionales se caracterizan por el recogimiento, el respeto y la separación entre lo cotidiano y lo sagrado. Byung-Chul Han ha advertido que la sociedad contemporánea tiende a diluir los espacios de contemplación en favor de la exposición constante. Cuando el recuerdo de nuestros muertos aparece entre mensajes laborales, promociones comerciales y videos virales, resulta inevitable preguntarse qué sucede con la experiencia de lo sagrado.
Los comentarios, reacciones y mensajes de apoyo que acompañan estas publicaciones revelan nuevas formas de acompañamiento simbólico. Los “me gusta”, los emojis y las expresiones de afecto no reemplazan completamente la presencia física ni los rituales tradicionales, pero sí parecen constituir formas emergentes de acompañamiento simbólico mediante las cuales las comunidades digitales participan del recuerdo y ofrecen consuelo frente a la ausencia. Hay, no obstante, una diferencia inquietante: el doliente ya no solo vive su pérdida, la pública. Y el dolor, sin que nadie lo haya dispuesto, se convierte en contenido.
Honrar y recordar a nuestros muertos ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. No obstante, los entornos digitales donde hoy se desarrollan parte de estos rituales operan bajo la lógica de la economía de la atención. Las plataformas no son espacios neutrales: diseñadas para captar interés y favorecer determinadas formas de participación, sus algoritmos pueden amplificar, modelar e incluso redefinir la manera en que expresamos nuestros rituales frente a la pérdida.
El verdadero desafío consiste en comprender qué sucede con lo sagrado cuando prácticas tradicionalmente vinculadas al recogimiento, la oración y la comunidad comienzan a desarrollarse en entornos digitales. El altar ya no requiere un rincón de la casa ni una nave de iglesia. Requiere una conexión a internet y un feed.
*Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.
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