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Inicio/Opinión/El espejismo de las guerras pequeñas

Opinión
El espejismo de las guerras pequeñas

lunes 23 marzo, 2026

El espejismo de las guerras pequeñas

 Antonio Sánchez Alarcón

En la política internacional, como en la vida, no todo lo que arde merece ser apagado. Algunas llamas, por incómodas que resulten, no son más que distracciones frente a incendios mucho más vastos que avanzan, silenciosos, por otros frentes.

Estados Unidos parece haber olvidado esa distinción elemental. Desde hace al menos tres lustros, su dirigencia reconoce —al menos en el plano discursivo— que el centro de gravedad del poder global se ha desplazado. La competencia tecnológica, la reindustrialización y el ascenso de China figuran, con insistencia, en los documentos estratégicos y en los discursos presidenciales. Sin embargo, a la hora de actuar, Washington reincide en un reflejo casi automático: intervenir en conflictos periféricos, particularmente en el Medio Oriente, con la esperanza de ordenar sociedades que, por definición, resisten cualquier intento de ingeniería externa.

La historia ofrece un precedente incómodo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la principal potencia global de entonces se encontró atrapada en una secuencia interminable de crisis en territorios lejanos. Cada intervención parecía justificada en su momento: estabilizar una región, contener una amenaza, proteger intereses. Pero en conjunto, aquellas decisiones configuraron una trampa. Mientras destinaba recursos, atención política y capital militar a conflictos locales, descuidaba transformaciones mucho más profundas que estaban redefiniendo el equilibrio mundial.

El problema no era la intervención en sí, sino la incapacidad de jerarquizar. Las potencias no disponen de recursos infinitos, aunque a menudo actúen como si los tuvieran. Cada despliegue militar, cada debate interno absorbido por una crisis externa, implica necesariamente un costo de oportunidad. Y esos costos, acumulados en el tiempo, terminan siendo decisivos.

Hoy, el contraste es evidente. Mientras Estados Unidos vuelve a concentrar esfuerzos en conflictos de difícil resolución en el Medio Oriente, otras potencias avanzan con una disciplina casi metódica en los terrenos que definirán el poder en el siglo XXI: inteligencia artificial, energía, automatización, capacidades industriales. No hay en ello épica ni espectacularidad, pero sí una comprensión clara de lo que está en juego.

Las llamadas “guerras pequeñas” ofrecen una ventaja engañosa: son políticamente rentables en el corto plazo. Permiten exhibir determinación, responder a presiones inmediatas y construir narrativas de acción. Pero rara vez producen beneficios estratégicos duraderos. Más bien, tienden a generar compromisos crecientes, dependencias difíciles de revertir y una progresiva dispersión de esfuerzos.

El verdadero desafío, en cambio, es menos visible y mucho más exigente. Requiere inversión sostenida, coherencia interna y una visión de largo plazo que no siempre es compatible con los ciclos políticos de las democracias contemporáneas. Competir en ese terreno implica aceptar que no todas las crisis merecen la misma atención y que, en ocasiones, la inacción selectiva es una forma superior de estrategia.

Las grandes potencias no suelen colapsar de manera abrupta. Su declive, cuando ocurre, es el resultado de una acumulación de decisiones que, individualmente, parecían razonables. El problema surge cuando esas decisiones, tomadas en los márgenes, terminan desplazando lo esencial.

Quizás la cuestión de fondo no sea si intervenir o no en tal o cual conflicto, sino si existe la lucidez —y la disciplina— para distinguir entre lo urgente y lo verdaderamente decisivo. Porque en esa distinción, más que en cualquier campo de batalla, es donde se juega el destino de las potencias.

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