Opinión
El Holodomor y el Pulitzer de la Vergüenza
domingo 1 febrero, 2026
Luis F. Ibarra*
La historia suele escribirse con la sangre de las víctimas, pero a veces se borra con la tinta de los cómplices. Entre 1932 y 1933, mientras Ucrania se convertía en un cementerio a cielo abierto, el mundo miraba hacia otro lado, anestesiado por una de las campañas de desinformación más eficaces del siglo XX; tan efectiva como la operación de negación negra divulgada por Inglaterra, Holanda y Francia contra la España virreinal que construyó España en América. Hoy el Holodomor, que significa matar de hambre, no solo nos recuerda el horror del hambre como arma política, sino también la responsabilidad ética del periodismo. En el centro de esta infamia se encuentra Walter Duranty, el corresponsal del diario The New York Times en Moscú. Duranty no era un ignorante; era mucho más que un cínico. En privado, admitía ante diplomáticos que la población ucraniana estaba siendo diezmada. En público escribía crónicas edulcoradas que le valieron el premio Pulitzer en 1932. Su frase más célebre, “no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos”, se convirtió en su justificación intelectual del asesinato de millones de campesinos. Lo erróneo estuvo en que los huevos eran los ciudadanos ucranianos.
A diferencia de otras hambrunas en la historia causadas por sequías o plagas, el Holodomor fue una catástrofe provocada por el hombre, diseñada y ejecutada por el régimen soviético bajo el mando del líder comunista Iósif Stalin entre los años 1932 y 1933, dentro del contexto del plan denominado, “La Gran Transformación de Stalin”. A finales de la década de 1920, la Unión Soviética inició un proceso de industrialización acelerada. Para financiar la compra de maquinaria extranjera, Stalin necesitaba exportar grano. La solución fue la colectivización forzosa: eliminar la propiedad privada de la tierra y obligar a los campesinos a someterse a granjas estatales.
Con tal propósito, el gobierno identificó a los campesinos con tierras y los señaló como enemigos de clase. Se inició una campaña de arresto, ejecución o deportación de cientos de miles de agricultores a la región castigo de Siberia, lo cual redujo la productividad del campo ucraniano. Al principio no hubo falta de alimentos, aunque si una confiscación total de los mismos. El gobierno fijó cuotas de entrega de grano que los campesinos no podían cumplir. Como parte de su estrategia, en agosto de 1932, se aprobó un decreto que castigaba con la muerte o 10 años de prisión el “robo de propiedad socialista”. Esto incluía como delito muy grave recoger un puñado de granos sobrantes de un campo ya cosechado. Las comunidades campesinas que no cumplían con las cuotas de producción eran perseguidas. Se les prohibía el comercio, se retiraban los suministros de las tiendas y se confiscaba todo el alimento disponible como multa. Para evitar que los hambrientos buscaran comida en las ciudades o en otras repúblicas como Rusia, se instauró un sistema de pasaportes internos y se desplegaron tropas para bloquear las fronteras de Ucrania.
El objetivo del soviet fue imponer la colectivización de la agricultura y someterla al más férreo control gubernamental. Los campesinos de la república reconocida como el granero de Europa, llevaban una década resistiendo la presión del estado sobre sus tierras. Esta política acabó convirtiéndose en una guerra contra toda la población, a la que se le confiscaba el trigo, el pan y todos los productos comestibles, bajo amenaza de tortura, deportación o muerte. Durante años, el pueblo ruso padeció de escasas libertades, aunado a hambre y frío. El Gobierno bolchevique oprimió y arrebató el trigo y otros productos, que envió al extranjero porque necesitaba dinero, no sólo para comprar maquinarias, sino para hacer propaganda pro comunista en el mundo entero. Si los campesinos intentaban protestar u ocultar el trigo para sus familias hambrientas, se les exhibía como traidores y se les fusilaba. Aunque imprescindible es de reconocer que, a largo plazo, las repúblicas soviéticas alcanzaron su industrialización, además de derrotar a la Alemania nazi en la segunda guerra mundial. Logros que convierten a Stalin en héroe conductor del posicionamiento de la Unión Soviética como potencia mundial.
Con el avance del invierno de 1932 y la primavera de 1933, la situación alcanzó niveles inhumanos. Al no haber grano, la gente consumía mascotas, ratas, corteza de árboles y en los casos más extremos documentados por historiadores, se llegó al canibalismo. Las brigadas del partido comunista recorrían las casas con varas de hierro para pinchar la tierra y las paredes buscando granos escondidos. No buscaban solo el excedente; buscaban las semillas necesarias para la siguiente siembra.
Uno de los aspectos más crueles del Holodomor fue la campaña de desinformación, además del silencio y la negación. Mientras millones morían, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) seguía exportando millones de toneladas de grano a Europa para mantener su propagandística imagen de potencia industrial en ascenso. En medio de los pomposos discursos oficiales dirigidos a destacar las bondades de crecimiento del modelo socialista, necesario es mencionar el comportamiento canallesco de un periodista cómplice, ganador del codiciado premio Pulitzer. Toda una vergüenza para el cuarto poder, el descarado Walter Duranty, corresponsal del diario más prestigioso del mundo, The New York Times, destacado en Rusia, negó la hambruna en sus crónicas, llegando a ganar incluso un premio Pulitzer que años después fue y sigue siendo muy cuestionado. El periodista Duranty, debió dar a conocer uno de los periodos más sangrientos de la historia, pero no lo hizo, prefiriendo agradar a su patrón. En Estados Unidos, sus lectores recibían los reportes ofrecidos con titulares como: “En Rusia no hay hambre o muertes por inanición”, o comentarios como: “Cualquier informe de hambruna en Rusia es hoy una exageración o propaganda maligna”. Más aún, en el acto de recepción del galardonado Pulitzer, aseguraba que: “en Rusia la comida era abundante y nadie se acostaba sin degustar varias suculentas comidas diarias”.
No cabe duda de que la postura adoptada por Duranty, convertido ya entonces en uno de los periodistas más influyentes de su tiempo, y cuyas crónicas eran publicadas también en España, fue enormemente útil para el régimen soviético. Para consolar las preocupaciones de Stalin sobre su desempeño gubernamental socialista, los reportes del palangrista neoyorkino fueron una herramienta perfecta destinada a mejorar la imagen exterior del gobierno rojo. Numerosos fueron los casos de pueblos y granjas colectivas montadas como teatros, incluso con actores, para engañar por completo a ilustres visitantes extranjeros. Entre otros, el primer ministro francés Edouard Herriot, así como el arzobispo de Canterbury y del mismo Bernard Shaw, el famoso y polémico dramaturgo irlandés que visitó la URSS durante una de sus peores hambrunas. El muy adulador Shaw, luego de su visita a Rusia, desconoció la existencia de hambrusia roja, con un comentario de lo más frívolo: “Nunca he comido tan bien como durante mi viaje a Rusia”. Por su parte, el arrastrado corresponsal del New York Times no mostraba el más mínimo pudor en anunciar alegremente a sus lectores, que había visto lo suficiente como para afirmar categóricamente que los rumores sobre el hambre eran ridículos. En conocimiento que los humanos son muy dóciles y codiciosos ante el poder, Stalin supo ganarse al reportero del New York Times, haciendo todo lo posible para garantizar que tuviera una calidad de vida muy alta en Moscú, y perdiera el interés por contar la tragedia que vivía la población soviética. Le proporcionaron una vivienda enorme y un lujoso automóvil con chófer para que paseara a su despampanante amante rusa. Le concedieron el mejor acceso a la información del Estado, obviamente la que interesaba ser difundida por el régimen, y hasta pudo entrevistar a Stalin en dos ocasiones. Un privilegio que no estaba al alcance de ningún periodista del mundo. La última entrevista, realizada en diciembre de 1933, fue recogida en España por el diario La Nación, sin que en ella se atisbara la más mínima crítica al gobierno bolchevique, ni rastro de sus atrocidades. La cobertura que primero hizo Duranty sobre aquella gigantesca carestía de alimentos, y después sobre el periodo conocido como el “Gran Terror”, convirtió a la Unión Soviética en un país paradisiaco, apoyado en testimonios ofrecidos a los lectores del diario más influyente de la democracia más representativa del mundo. Resulta increíble que se escondiera o maquillara la información sobre el genocidio por hambre y trato cruel cometido en contra de entre 3 y 4 millones de ucranianos. Las cifras varían debido al secretismo soviético y la destrucción de archivos, pero los estudios demográficos del Instituto de Memoria Nacional de Ucrania posicionan la cifra de muertes directas en 3.9 millones. Aunque la hambruna afectó a otras regiones de la URSS, como Kazajistán y el Cáucaso norte, en Ucrania tuvo un componente de persecución política que hace a muchos historiadores calificarla como genocidio. Se debe conocer que en 1937 se realizó un censo en toda la URSS. Sin embargo, la dirigencia soviética no lo aceptó, porque los resultados mostraban un descenso poblacional catastrófico que Stalin no quiso admitir. Tristemente, por ello, sus organizadores fueron detenidos y algunos ejecutados. El resultado evidenció el fracaso de las políticas oficiales de persecución y colectivización. Por otro lado, las cifras institucionales de muertes fueron manipuladas. En muchos registros locales, se prohibió anotar “hambre” como causa de muerte, sustituyéndola por “vejez” o “fallo cardíaco”. Si se incluye las víctimas por inanición en toda la URSS, la cifra sube a entre 7 y 8 millones de seres humanos. Una cifra cercana a la del denominado holocausto nazi, pero en menos tiempo.
Frente a la opulencia y el prestigio del entregado periodista Duranty, se alzaron voces de una integridad inquebrantable que el Kremlin intentó silenciar. Una de ellas fue la de Alexandra Tolstoy. La hija del autor de “Guerra y Paz” y de “Ana Karenina”, León Tolstoy. No solo heredó el talento literario de su padre, sino su precisa brújula moral. Desde Estados Unidos, Alexandra denunció que lo que ocurría en Ucrania no era una crisis económica, sino una masacre. Sus cartas y declaraciones eran gritos en el desierto, frente a la maquinaria de propaganda soviética que Duranty y el New York Times ayudaban a lubricar.
La historia registra el 26 de abril de 1933, una carta exclusiva al periódico español ABC. La firmaba Alexandra Tolstoi, quien había abandonado Moscú por la persecución a la que fue sometida por sus opositoras ideas políticas. Aquel año había sido uno de los más sangrientos de la historia de la Unión Soviética y Alexandra no pudo callar. Cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso eran fusilados o desterrados, sintió la necesidad de elevar su voz contra las ferocidades bolcheviques con interrogantes como las siguientes: “¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo? Desde hace quince años el pueblo ruso padece esclavitud, hambre y frío. El Gobierno bolchevique sigue oprimiéndole y le arrebata su trigo y otros productos que envía al extranjero porque necesita dinero. Lo hace no sólo para comprar maquinaria, sino para hacer la propaganda comunista en el mundo entero. Y si los campesinos protestan y ocultan trigo para sus familias hambrientas, se les fusila. ¿Puede llamarse socialista esta asesina dictadura?”.
Adicionalmente a la valentía de Alexandra, el periodista galés del diario “Manchester Guardian” y el “New York Evening Post”, Gareth Jones, viajó a Ucrania y luego decidió informar sobre lo que otros callaban. Jones logró burlar la vigilancia rusa, caminó por las aldeas ucranianas y contó al mundo la verdad. Aunque fue desprestigiado por el Kremlin y sus aliados occidentales, reportó: “He caminado a través de pueblos y granjas colectivas. Por todos lados oí el mismo grito: “No hay pan. Nos estamos muriendo”, explicando que los comunistas negaban esta situación o culpaban a los campesinos por la falta de alimentos. El tarifado Duranty, del New York Times, no tardó en publicar nuevos artículos en los que calificaba la historia de Jones de “exagerada y de propaganda malintencionada contra el soviet supremo”. A consecuencia de sus denuncias Jones fue expulsado de Rusia, mientras su contraparte Duranty siguió con su lucrativa tarea de desinformación. En septiembre de 1933, el reportero defensor de Stalin, Duranty, fue el primer corresponsal en visitar el norte del Cáucaso, región también afectada por aquella terrible política de control estatal. El maledicente mercenario del cuarto poder, Duranty reportó insistiendo: “El uso de la palabra “hambruna” en relación con esta zona es un verdadero absurdo. Las historias que circulan en Berlín, Riga, Viena y otras ciudades acerca de las supuestas hambrunas son un intento de última hora de elementos hostiles a la Unión Soviética para impedir su reconocimiento por parte de Estados Unidos”. El encubridor estadounidense obviaba el hecho de que Stalin ordenó incrementar la producción de las granjas colectivas de Ucrania, para disponer de más grano que exportar, sin importar las necesidades alimentarias de la población. Además de esconder el hecho de que, el régimen estalinista bloqueó las fronteras para que no llegase a Ucrania comida desde el exterior. La consecuencia contra la población ucraniana, calificada por Stalin como enemiga del estado socialista, se estima en 25 mil muertos diarios, sobre todo niños. Vale recordar que en 1935, el liderazgo soviético comenzó la “Gran Purga” en la que cerca de 700 mil exmiembros del partido comunista fueron ejecutados. La condición inherente de agresividad humana se muestra infinita. Un episodio de demostración adicional que señala lo inhumanos y crueles que suelen ser los humanos.
En junio de 2003, 80 años después, el diario español ABC, informó que la organización del premio Pulitzer estaba examinando una demanda del Comité del Congreso Ucraniano de Estados Unidos para retirar el galardón al vendido Duranty. Consideraban que todos sus reportajes sobre la Unión Soviética eran enaltecedores de la figura de Stalin, y con sobrada razón, le criticaban por haber negado la gran hambruna que acabó con millones de ucranianos. La acción no prosperó y aún en la sede del The New York Times se exhibe con gala el premio de su estelar reportero.
Como muchas veces en la historia, el resto del mundo calló o miró al vacío, demostrando que en el planeta los intereses económicos son superiores y de mayor valor que la vida de millones de seres, quienes fueron desterrados, muertos en cárceles y campos de concentración, o simplemente fusilados. Paralelo al hambre, Stalin ordenó purgas masivas. Los bolcheviques la emprendieron primero contra clases opositoras: creyentes, religiosos, profesores e intelectuales ucranianos. Luego les tocó a los obreros y a campesinos. El pueblo ucraniano quedó inerte sin fuerza para soportar sus padecimientos. La rebeldía se acumulaba por todas partes: en fábricas, talleres y pueblos. Millares de campesinos moribundos de hambre se fugaban de Ucrania. Desde la época de Iván el Terrible, Rusia no había contemplado mayores atrocidades. Familias enteras eran fusiladas o desterradas a Siberia para morir abandonadas. El objetivo era destruir la columna vertebral de la nación ucraniana para que nunca intentara separarse de la URSS.
La hija de Tolstoy reclamaba en sus proclamas: “¿Es posible que, ante esto, siga callando el universo? ¿Es posible que aun haya gobiernos capaces de mantener relaciones con esos asesinos, prestándoles ayuda en perjuicio de sus propios países? La descendiente del escritor Tolstoy, uno de los escritores más importantes de la literatura mundial, cuestionó que existiesen escritores como Romain Rolland, Bernard Shaw o Henri Barbusse, quienes entonaban himnos a la dicha del paraíso comunista; además de responsabilizarlos de difundir teorías de falsa bondad bolchevique, y alertó considerando al movimiento comunista como peligrosa amenaza y ruina segura para el mundo entero. Alexandra Tolstoy reclamaba a todos: ¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo? ¿Dónde estáis, cristianos, verdaderos pacifistas, escritores y trabajadores? ¿Por qué os calláis? ¿Aún os hacen falta pruebas, testimonios o cifras? ¿No oís las voces pidiendo socorro? ¿O pensáis que se puede procurar la felicidad de los hombres por la fuerza bruta, las matanzas y la esclavitud de todo un pueblo? No me dirijo a aquellos cuyas simpatías comunistas se han comprado con dinero extraído al pueblo ruso. Me dirijo a cuantos todavía creen en la fraternidad e igualdad de los hombres: a los cristianos, a los socialistas, a los escritores, a los trabajadores, a los políticos, a las mujeres, a las madres. ¡Abrid los ojos! ¡Uníos todos en una protesta unánime contra los verdugos de un pueblo sin defensa!”.
El contraste es desgarrador: mientras Duranty ganaba premios por mentir, periodistas como el galés Gareth Jones, quien caminó por las aldeas hambrientas y contó la verdad, eran desprestigiados y acabaron muriendo en circunstancias sospechosas. El silencio asesino en las estepas rusas fue denunciado por Alexandra Tolstoy, una mujer que vio de cerca las fauces de la tiranía. Su denuncia fue enterrada por la jerarquía totalitaria bajo la nieve y el azote a la desamparada nación ucraniana. Las crónicas del corresponsal Duranty en Moscú contribuyeron a lavar crímenes contra la humanidad, cometidos por quienes antes de tomar el poder se erigieron como salvadores y defensores de derechos humanos, pero que luego se transformaron en entes inhumanos. Mientras el falsario periodista neoyorkino disfrutaba de los banquetes que el Kremlin ofrecía a sus invitados útiles, millones de campesinos, cuyo único pecado fue intentar conservar el fruto de su sudor, eran exterminados por hambruna planificada. El prestigiado Duranty llamaba “dificultades de abastecimiento” a lo que en realidad era un asesinato masivo. Entre 1932 y 1933, el público estadounidense ignoró que en Ucrania se fusilaba a niños por recoger cinco espigas de trigo de un suelo que les pertenecía. Sin duda, el Estado socialista soviético convirtió la búsqueda de un pedazo de pan en un crimen contra la revolución. Es innegable que siempre el mal requiere la cooperación de hombres para existir. El silencio cómplice de Occidente para no incomodar al dictador Stalin, potenciado por reportajes que negaron la evidencia, se convirtieron en el apoyo cómplice que la maldad necesitó en ese tiempo de oscuridad soviética.
Necesario es saber que ese abusivo comportamiento gubernamental se apoyó en una plataforma legal denominada la Ley de las Cinco Espigas. Ese es el nombre popular que recibió el decreto soviético del 7 de agosto de 1932. Una de las herramientas legales más crueles utilizadas por el régimen de Stalin para ejecutar el Holodomor. El nombre oficial de esa oprobiosa Ley fue: “Sobre la salvaguardia de la propiedad de las empresas estatales, las granjas colectivas, y la cooperación y el fortalecimiento de la propiedad social”. Una estructura legal promulgada como medida económica que sentenció a muerte por hambre a una población laboriosa.
Mediante esa Ley se criminalizó la supervivencia. Establecía que toda la producción agrícola era propiedad del Estado. Recoger incluso una cantidad mínima de grano sobrante de un campo ya cosechado, el equivalente a cinco espigas de trigo, se consideraba “robo de propiedad socialista”. Antes de la ley, el espigamiento era una práctica tradicional de los pobres para no morir de hambre, pero con el estalinismo, se convirtió en un crimen capital. El decreto eliminaba cualquier matiz de clemencia. La pena estándar para quien fuera capturado con unas pocas espigas era el fusilamiento y la confiscación de todos sus bienes. En circunstancias atenuantes, la condena se reducía a un mínimo de 10 años de trabajos forzados en los campos de detención Gulag, lo que para una persona desnutrida solía ser una sentencia de muerte lenta. La ley no perdonaba a nadie; se aplicó incluso contra niños y ancianos que buscaban granos en la tierra para no morir. Stalin ordenó la creación de brigadas de vigilancia y torres de control en los campos para disparar a cualquiera que recogiera lo que el Estado consideraba suyo. Solo en el primer año de su aplicación, más de 150 mil personas fueron condenadas bajo este decreto. Esta regulación fue el mecanismo que cerró el círculo del hambre: no bastaba con quitarle el grano a los campesinos mediante cuotas de cosecha imposibles; sino que se les prohibía legalmente buscar cualquier residuo de alimento en su propia tierra, convirtiendo la búsqueda de sustento en un acto de traición al Estado.
La verdad de esa tragedia genocida fue negada por el oficialismo de Moscú y también por la propaganda de los comunicados del partido comunista. Todo un periodo de horror que obtuvo complicidad mediática estadounidense auspiciada por el galardonado periódico The New York Times. Ucrania no solo era el granero de Europa; era el centro del nacionalismo que amenazaba la unidad soviética. Stalin veía en el campesinado ucraniano el alma de la resistencia contra Moscú. Al destruir al campesino, arrasaba la base de la cultura y la identidad ucraniana. El Holodomor fue un ataque quirúrgico contra una nación para someterla definitivamente. Se estima que millones de personas murieron en Ucrania durante este periodo. Por décadas, en la URSS se prohibió mencionar la palabra “hambre”. La magnitud de la tragedia del uso de la hambruna como arma política salió a la luz pública luego de 1991, tras la caída del muro de Berlín que permitió la apertura de algunos archivos soviéticos.
Hoy, más de 30 países incluyendo a Ucrania, Estados Unidos y gran parte de la Unión Europea, reconocen oficialmente el Holodomor como un acto de genocidio. Es curioso cómo la historia a veces se entrelaza a través de los ojos de los testigos y los cómplices. El innombrable es el alcahueta tarifado Walter Duranty, y la heroína, es sin duda, Alexandra Tolstoy, quien añadió una pizca de coraje moral frente a la propaganda oficial del verdugo. Mientras el periodista mercenario Duranty disfrutaba de los lujos que el Kremlin le otorgaba por escribir que no había hambre, sino una alta tasa de mortalidad por enfermedades, Alexandra denunciaba desde el exilio la muerte planificada de un pueblo. A pesar de las constantes peticiones para que sea revocado, el Pulitzer de Duranty permanece colgado en la cartelera de honor del diario neoyorquino. Recordar el Holodomor es un ejercicio de justicia. Es reconocer los millones que fueron silenciados por el hambre, y, sobre todo, es una advertencia a tener siempre presente: cuando el periodismo se arrodilla ante el poder, la verdad es la primera en morir de inanición.
Resulta imposible cerrar el libro del Holodomor ignorando cómo esas heridas sangran en el presente. Esto porque lamentablemente los eventos de 1932 definen la guerra y la política de hoy en la invadida República de Ucrania. Para la Ucrania moderna, el Holodomor es el pilar de su memoria histórica. Tras la independencia en 1991, reconocer el hambre como un genocidio se convirtió en el acto definitivo de ruptura con Moscú. Esto explica la determinación acerada del pueblo ucraniano: perciben la invasión actual, no como una disputa territorial, sino como la continuación del intento de Stalin de borrarlos como nación. El Kremlin actual ha intentado rehabilitar la figura de Stalin y minimizar el Holodomor, calificándolo simplemente como una tragedia común de toda la URSS. Para Moscú, admitir que fue un genocidio contra Ucrania es aceptar que el imperialismo ruso ha sido históricamente opresor. Esta batalla por el pasado es la base ideológica que mueve la agresión en el presente. Existe un eco de similitudes entre 1932 y la actualidad. En el conflicto de hoy, se observa el saqueo de grano en zonas ocupadas, el bloqueo de puertos en el Mar Negro, la destrucción de silos de almacenamiento. El mundo ha vuelto a entender que quien controla el grano ucraniano tiene el poder de causar hambrunas globales, aprendiendo una lección que Stalin aplicó de forma interna y que hoy tiene dimensiones mundiales.
La importancia de desenmascarar periodistas bandidos como Duranty, y el silencio de las potencias del mundo en 1933, alimentan una concepción en Ucrania: la idea de no confiar ciegamente en las promesas de occidente, y además reconocer que su supervivencia depende de su propia resistencia. En esencia, el Holodomor es la prueba de que la geografía no ha cambiado, y las tácticas de asedio tampoco. Para Ucrania, la frase “Nunca más” no es un eslogan, sino una cuestión de supervivencia nacional. No hay que olvidar que en el Cáucaso Norte (Kuban), la hambruna también fue feroz. Curiosamente, esa zona estaba habitada mayoritariamente por personas de etnia ucraniana en aquella época, lo que refuerza la tesis de que el factor étnico jugó un papel crucial en las decisiones de Moscú. Actualmente, más de 30 países, además del parlamento europeo y organizaciones como la OEA, han emitido resoluciones reconociendo el Holodomor como un acto de genocidio contra el pueblo ucraniano. En Hispano América solo Colombia, México, Perú, Brasil, Paraguay y Ecuador. Ese reconocimiento es más que un gesto simbólico. Para Ucrania, representa una pieza clave de su justicia histórica y de su distanciamiento definitivo de la narrativa soviética. El gobierno ruso reconoce que en esos tiempos ocurrió una gran hambruna, pero sostiene que fue una tragedia común, que afectó a todos los pueblos soviéticos por igual, y que nunca hubo intención específica de destruir a los ucranianos como grupo étnico. El término genocidio aceptado por la ONU, fue acuñado por Raphael Lemkin, quien acertadamente consideró el Holodomor como el ejemplo clásico de genocidio soviético. Según Lemkin, la calificación de genocidio requiere demostrar la intención de destruir a un grupo humano. Algunos historiadores prefieren el término “crimen contra la humanidad”. Necesario es decir que los documentos de archivo sugieren cada vez más que Stalin indujo deliberadamente el hambre para castigar a Ucrania.
El Holodomor no fue una catástrofe natural. Fue un proceso de ingeniería social donde se confiscaron semillas, se bloquearon fronteras y se sentenció a muerte a quienes escondieran un puñado de grano. Fue el intento de Iósif Stalin de destruir la identidad nacionalista ucraniana. Los eventos ocurridos en la URSS constituyen un periodo de desvergüenza humana, donde como ha ocurrido muchas veces en la historia del hombre, y se seguirá repitiendo, la ideología se impuso sobre la vida humana con una frialdad matemática. Tan monstruoso comportamiento inhumano, nos debiera recordar la advertencia de Alexandra Tolstoy, y de otros valientes, quienes nos enseñaron hace casi un siglo que, cuando se puede gritar, el silencio ante la tiranía no es neutralidad, es colaboración cómplice.
*Ingeniero de Sistemas. Profesor emérito de la Universidad Nacional Experimental del Táchira. Master of Science in Industrial Engineering. Doctor of Management in Organizational Leadership.











