viernes 9 diciembre, 2022
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El lector-hembra y otros lectores

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Por Porfirio Parada

¿Cómo cuidar los libros? ¿Cómo conservarlos? ¿Cómo leerlos? Preguntas para varias hipótesis. Al final las decisiones y comportamientos con respecto a esto pasan por lo que somos en las diferentes épocas, etapas y momentos de nuestras vidas cuando nos encontramos con autores y libros que nos van acompañando durante los años y circunstancias. Los escritores más conocidos en los diferentes países han compartido su posición en torno al roce, conservación y manera de leer libros. Confiesan su lectura sistematizada, estructurada o por el contrario, lecturas desordenadas, ganando el afán de digerir libros en el menor tiempo posible, y sin ningún tipo de ordenamiento ni cuidado con ellos.

Es más que reconocida la teoría del escritor argentino Julio Cortázar sobre los tipos de lectores. El lector-hembra el que no se compromete ni se vincula ni ahonda sobre el autor del libro ni mucho menos sobre la trama ni con sus personajes, lee con placer sí, pero sin compromisos. Y el lector-cómplice que sí hay una vinculación y profundización entre la obra y el lector. Y siguiendo y complementado la teoría del argentino, también debería existir ese lector-mixto, que tiene esa libertad de escoger, de vincularse o desvincularse con una obra, siendo lector-hembra y lector-cómplice en tiempos largos o cortos, practicar ambas lecturas, entre una lectura y la otra.

Hay personas lectoras que buscan lo pulcro, la higiene y la pureza de los libros hasta sus últimas consecuencias. Es decir, siente aversión cuando ven libros marcados, tachados, subrayados entre líneas, con lapiceros y demás. Hojas arrugadas, hojas dobladas por otros lectores que lo hacen como separador de libros. Personas ordenadas y limpias que no les gusta ver libros en malas condiciones, con hojas sueltas, páginas que eran blancas ahora están marrones por el uso y desuso de las mismas. Se sienten mal cuando ven libros con el uso incorrecto por parte de otros lectores, en situaciones y lugares. Se afligen al ver libros desamparados, olvidados. Generalmente estas personas suelen leer sentadas en buena postura, acomodando el espacio y la situación para ello, buena luz, buen momento, en el descanso y también en algún agite. Si se acuestan para leer no buscan quedarse dormidos en la lectura.

En cambio están ese otro tipo de lectores que leen sin protocolo alguno. Leen en las mañanas, al mediodía, en la noche o madrugada. Cuando van al baño, en el transporte público, entre el movimiento del tránsito y pasajeros. Leen parados sosteniéndose de una mano y con la otra sujetando el libro. Leen en la oscuridad, buscando la luz de la luna o una vela para leer. Tienen libros golpeados, muy manoseados, y manipulados, sucios, sin la pasta en la portada, libros mutilados, con tachaduras, rayados resaltando frases que encuentran importantes e interesantes en sus páginas. Los separadores de libros que recurren estos lectores pueden ser una servilleta, una hoja de árbol, una hoja rota de un cuaderno, un documento inservible que lo dobló para dividir el libro, un recibo de luz, una vieja factura, basura, cualquier cosa. Los libros los tienen no en la biblioteca sino en el piso, debajo de la cama, entre la ropa, en un carro, en partes donde otros lectores les pueden parecer insólito.

Lectores que confiesan no ser ladrones pero han robado libros, lectores que prestan libros pero luego saben que ya son del otro. Lectores que han durado años por conseguir la novela que anhelaban y la encuentran, lectores que no eran lectores pero se convierten en personas que leen libros por necesidad, porque la vida les mostró esa manera de vivir con ellos, lectores ya acostumbrados a la obra digital, descargando la obra en PDF. Lectores fieles al libro en físico, continuando su admiración a la estética del mismo, romántico desde la observación hasta la textura en cada una de sus páginas. Lectores que se convierten en investigadores del autor, detectives, indagando su vida, siguiendo algunas de sus huellas, buscando formas de conocerlo de manera más cercana y personal. Lectores que buscan la intelectualidad en sus lecturas para luego compartirla y crear espacios para el diálogo con las demás personas, o lectores solitarios, para rellenar el vacío, lectores marginados y anónimos, que leen con una filosofía existencialista del estar, mientras leen, sin más.

El profesor venezolano Luis Beltrán Pietro Figueroa escribió en 1955 un libro llamado: La magia de los libros. Obra poco difundida, que debería ser lectura clave en nuestro país. Este libro que es una declaración de amor al libro como objeto y a la vez es un manual, lleno de sugerencias y recomendaciones de cómo leer un libro, cuáles obras consultar, la importancia de leer, las posiciones correctas e incorrectas de leer, el espacio que debería tener un lector. El ex Ministro de Educación en Venezuela incluso escribe al final del libro una lista de obras literarias, por estilos y géneros, que según él son necesarias y vitales para las personas interesadas en leer. Historia, aventuras, viajes, ficción, realismo y más. Pietro Figueroa escribió ese libro como educador pero también como poeta, como persona que sabe el poder y la libertad que encierra las páginas de un libro.

¿Cómo cuidar los libros? ¿Cómo conservarlos? ¿Cómo leerlos? Esas preguntas las responderán también ustedes que leen esta columna, cada cual a su manera, a su contexto, en su tiempo de vivir y leer. No me considero un gran lector ni busco serlo, he sido de todo un poco: Lector-hembra, lector-cómplice, y lector-mixto y otros tipos de lectores más. Lo que sí puedo afirmar y reafirmar  es que la lectura me ha salvado en diferentes circunstancias y situaciones en mi vida. Leer para mí es sinónimo de oxigenación y alimento. También una manera de estar, quizás por leer es que hoy puedo escribir estas líneas que ustedes gentilmente me leen. Nos seguimos leyendo.

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