Opinión
El Manifiesto comunero de San Antonio: El Asalto al Estanco y el Grito de las Capitaneas
martes 14 julio, 2026
Alexis Balza
Centro de Estudios Históricos de San Antonio del Táchira
La emancipación de un pueblo no se improvisa; se razona desde el ultraje y se ejecuta con dignidad. El 1 de julio de 1781 no representa un simple motín aislado en las crónicas coloniales, sino el instante exacto en que San Antonio del Táchira articuló el primer soplo de libertad y el ensayo colectivo de soberanía civil más maduro en el suelo de la naciente Venezuela. Aquella mañana, la sumisión formal ante el absolutismo monárquico se quebró bajo el peso de una lógica elemental: si el gobierno asfixia el sustento, la obediencia pierde su legitimidad. Con una audacia estrictamente planificada, el Alcalde Pedáneo Pedro Díaz de Aranda y un decidido grupo de vecinos cruzaron el río Táchira hacia El Trapiche para estrechar lazos con los comuneros granadinos. Al regresar, no traían promesas vacías, sino la chispa de una rebelión transfronteriza que encendió de inmediato los ánimos de todo el Valle.
Este estallido histórico debe analizarse como la repulsa consciente de los criollos frente a un sistema tributario devorador que pretendía confiscar de forma desmedida el fruto de su esfuerzo diario. Sería un profundo error historiográfico despachar este movimiento como un desorden de plaza pública o un acto de barbarie. Por el contrario, la insurrección se revistió de una honda hidalguía institucional. Los habitantes del Valle asumieron con orgullo el nombre de Comuneros, conectando su justa causa con las históricas luchas de las Comunidades de Castilla del siglo XVI contra el autoritarismo real. Bajo la proclama de “¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!”, el tumulto razonó su posición política: la lealtad al monarca lejano no justificaba tolerar el despotismo ciego y la codicia de sus funcionarios e instituciones locales.
El aspecto más conmovedor y vanguardista de este manifiesto en la frontera fue, sin duda, la irrupción del coraje femenino en la primera línea de la resistencia civil. Seis valerosas mujeres de nuestro suelo —Jordania González, Rafaela Pineda, Bernardina Alarcón, Salvadora Chacón, Ignacia Chacón y Antonia González— abandonaron la supuesta seguridad de sus hogares para ponerse al frente del combate material, capitaneadas por el vecino Luis Gutiérrez. Su presencia transformó la queja en una contundente lección de dignidad. En un acto de absoluta rebeldía formal, la multitud asaltó las dependencias del aborrecido Estanco Real, derramando el aguardiente monopolizado y recuperando el tabaco almacenado. Cada tinaja rota y cada fardo liberado constituían un alegato directo por la abolición definitiva de las gabelas abusivas.
A pesar de que el rebelde granadino Joaquín Medina levantó una horca intimidante en medio de la plaza mayor, la razón imperó sobre la barbarie: ni una sola gota de sangre fue derramada durante la jornada. Los comuneros sanantonienses demostraron una madurez estratégica superior al emplear el cadalso como una herramienta de pura guerra psicológica, orientada exclusivamente a sacudir la indiferencia de los remisos y dejar en claro que el verdadero poder residía en la cohesión indivisible de la vecindad. La toma del Estanco demostró que un pueblo consciente de sus derechos es capaz de hacer tambalear al imperio más poderoso utilizando la ley de la unión como su mejor escudo.
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