Opinión
El péndulo que nunca se detiene
lunes 2 febrero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
En Venezuela —esa gran herida viva de nuestra historia reciente— el ánimo colectivo oscila como un péndulo: De la desesperanza al júbilo repentino, de la apatía al entusiasmo febril, de la convicción profunda de que no hay salida al estallido de un optimismo casi instantáneo por un cambio político abrupto. Como si el vaivén fuera la única constante en un país donde la realidad parece siempre más compleja que las esperanzas que se le atribuyen.
¿Cómo entender este péndulo desde una filosofía que no caiga en sentimentalismos ni en simplificaciones romantizadas? El materialismo filosófico ofrece una clave: Las disposiciones colectivas no son estados mentales individuales aislados, sino expresiones de condiciones materiales, estructuras sociales y relaciones de fuerza concretas. No hay entusiasmo ni desesperanza en abstracto: Hay condiciones históricas que producen esos afectos y que, a su vez, son transformadas por ellos.
La desesperanza que ha marcado largos periodos en la vida venezolana no fue una invención de la imaginación, sino un efecto directo de una crisis que combina colapso económico, escasez de bienes esenciales, erosión de las instituciones y migración masiva de millones de compatriotas. El tejido social se deshilachó no por capricho, sino por causas materiales palpables: Hiperinflación, pérdida de empleo, servicios públicos inexistentes y una dramática inseguridad alimentaria. Esa realidad brutal actúa como un ancla que tira hacia abajo el ánimo colectivo y limita las expectativas de cambio inmediato.
Pero entonces viene la otra fase del péndulo: Un súbito optimismo ante la posibilidad de un cambio político inmediato. Noticias recientes como la captura del expresidente y la asunción de un nuevo gobierno generaron oleadas emocionales intensas, incluso euforia: ¿Finalmente el desenlace que tantas veces se prometió? Este salto del ánimo no es fruto de la abstracción, sino de la percepción —correcta o no— de un cambio en las condiciones de fuerza. Las expectativas de transformaciones políticas profundas funcionan como motor para recomponer la energía social que la mera supervivencia había consumido.
Pero el materialismo filosófico nos obliga a frenar la historia emocional. No todo lo que se percibe como cambio es realmente estructural. La salida de una figura no garantiza la reconfiguración de los mecanismos que sostienen la crisis: Los aparatos estatales, las relaciones económicas, el tejido social, las redes internacionales. Es peligroso confundir esperanza con certeza, intención con efecto material. El péndulo del ánimo no se detiene porque la condición objetiva del país sigue siendo compleja: Hay reconfiguraciones políticas, sí, pero también persistencia de relaciones de poder que trascienden una sola persona o gobierno.
El optimismo nos puede dar aliento, la esperanza nos puede movilizar, pero la filosofía invita a pensar más allá del relato emotivo inmediato. Nos insta a ver que el cambio —si va a ser sostenible— no surge de un solo acontecimiento espectacular, sino de transformaciones materiales profundas: Reconstrucción económica, reconstrucción institucional, reparación social. Solo así —y no meramente con la salida de un líder— se puede romper el ciclo pendular que oscila entre el vértigo del optimismo y la caída en la desesperanza.
Pensar no anestesia, pero ayuda a comprender la trama compleja que nos toca vivir. Y desde esa comprensión, imaginar cómo se puede construir algo distinto sin caer en ilusiones ni resignaciones.
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